Sueños y misterios del Medio Oriente

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Genios, alfombras voladoras, lámparas maravillosas, sésamos rebosantes de piezas de oro, monstruos marinos, mujeres hermosas en seda y caderas lo mismo cadenciosas que seductoras… ¿Quién puede, siquiera de soslayo, sustraerse a los encantos de una cultura que enervó a Occidente como si se tratase del gentil humo que aspiraban los personajes reales de esa rica mitología persa y árabe.

Las resonancias de la magia de Medio Oriente, Europa las escuchó por vez primera en los labios de los cruzados que regresaron a su hogar con las alforjas cargadas de virulentas enfermedades aún sin cuño, indulgencias papales, cicatrices profundas, físicas y espirituales, y en medio de la bruma del desierto, mujeres dueñas de los movimientos de la cobra real.

La presencia árabe comenzó a documentarse después de las campañas militares realizadas por la Europa latina cristiana y que contaron con la venia del Papa. La zona occidental del Viejo Continente albergó por varios siglos a musulmanes y judíos, hasta que decidió expulsarlos de su territorio, una decisión costosa pues con ellos se iba la vanguardia en la ciencia y en la incipiente banca.

Aun cuando varios grupos étnicos de Medio Oriente eran ya una concurrencia vasta para entonces, a que sus técnicas y conocimiento estaban reflejados en la arquitectura, la medicina y el pensamiento, la fascinación por la cultura sarracena era un asunto pendiente en Europa occidental; de hecho, llegó siglos después, sustituyendo al menos tenuemente, el repudio que socialmente se expresaba contra la gente que tenía sus orígenes en los desiertos del mediodía oriental.

Finalmente, el redescubrimiento de lo árabe –concepto que en un principio abarca no sólo gente de Arabia, sino la musulmana, la persa, la judía, todo aquel que en ese entonces trajera cubierta la cabeza con un turbante— se dio a través de la literatura… bendita literatura.

A principios del siglo XVIII, Antoine Galland publicó la primera traducción al francés de Las mil y una noches. La lectura de esta obra impulsó de forma masiva en Europa una fascinación que sobrevive hasta la fecha, convirtiéndose –como ha apuntado la especialista en literatura de Medio oriente Elizabeth Lowry— “en un paisaje permanente, visual y literario, de Occidente, inspirando numerosas adaptaciones, tributos e imitaciones”.

La princesa Scheherazada, Aladino, Simbad el Marino y Alí Babá aparecieron por vez primera en el horizonte cultural de Occidente abonando un caudal de imaginería colorida, colosal, alucinante, todo con sólo frotar la lámpara maravillosa por las noches y leer –bajo el haz de luz— página tras página de un libro que recuperó para este lado del mundo un misterio de hombres intrépidos y mujeres lo mismo valientes que voluptuosas, tan diferentes de las damas que describieron escritoras como Jane Austen, más bien recatadas y mojigatas, que veían en el matrimonio la salvación que evitaría que se convirtieran en la sirvientita de la casa paterna.

Es cierto, la belly dancer como la conocemos ahora, con el traje de dos piezas: corpiño y caderín, son adecuaciones que Occidente realizó para proveer de mayor sensualidad a unas mujeres ya de por sí de enigmática hermosura. Los trajes verdaderos, que acompañaron en pinturas al óleo y en acuarelas el viaje en el tiempo de Las mil y una noches eran de modesto paño, de algodón, de lino a lo más, con sandalias también de tela y, eso sí, de sortijas y aretes muchos de oro, otros de oropel. Pero no importa, el efecto fue el mismo: hechizó para siempre a hombres y mujeres del Viejo Mundo, que lo transportó al nuevo mundo, compartiendo así el álgebra de los misterios de Medio Oriente que aún no terminamos por descifrar.