Luc Ferry: “El transhumanismo se inscribe en la tradición de las Luces”

En La revolución tranhumanista, el pensador francés Luc Ferry advierte que esto no es ciencia ficción. Por eso, al preguntarle al respecto, lamenta que mucha gente todavía piense eso y no le preste la atención que sí le da, por ejemplo, al cambio climático o a los alimentos transgénicos. Una despreocupación que atribuye a la falta de conocimiento

Transhumanism: Pros and Cons (iGyaan.in)

POR Juan Rodríguez M.

En La revolución tranhumanista, el pensador francés Luc Ferry advierte que esto no es ciencia ficción. Por eso, al preguntarle al respecto, lamenta que mucha gente todavía piense eso y no le preste la atención que sí le da, por ejemplo, al cambio climático o a los alimentos transgénicos. Una despreocupación que atribuye a la falta de conocimiento

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del transhumanismo… En 2003 se publicó en Estados Unidos un informe titulado “La convergencia de las tecnologías destinadas a aumentar el rendimiento humano: nanotecnologías, biotecnologías, tecnologías de la información y ciencias cognitivas”, que recomendaba con mucho entusiasmo invertir dinero en dichas áreas.

En 2008, Google creó la Universidad de la Singularidad y en 2013 una filial –Calico— cuyo objetivo es aumentar la duración de la vida humana y luchar contra la vejez y la muerte. En abril de 2015, unos genetistas chinos hicieron un experimento con 83 embriones humanos para “reparar” y hasta “perfeccionar” el genoma de sus células.

Los “progresos de las tecnociencias en este terreno tienen una envergadura y una rapidez inimaginable, son silenciosos, no llaman la atención de los políticos, apenas de los medios de comunicación, de modo que prácticamente ocurren a espaldas del común de los mortales y no son objeto de una regulación mínimamente coercitiva”.

Las palabras son del filósofo francés Luc Ferry (Colombes, 1951), y están en su libro más reciente en español, La revolución transhumanista (Alianza), cuyo subtítulo da luces sobre qué hablamos: “Cómo la tecnociencia y la uberización del mundo van a transformar nuestras vidas”.

Los “transhumanistas militan, con el apoyo de medios científicos y materiales considerables, a favor de las nuevas tecnologías y del uso intensivo de las células madre, la clonación reproductiva, la hibridación hombre/máquina, la ingeniería genética y las manipulaciones germinales, las que podrían modificar nuestra especie de forma irreversible, todo ello con el fin de mejorar la condición humana”, señala quien fuera ministro de Educación de su país.

No sólo terapia

Lo primero que hace Ferry en su libro es advertir que esto no es ciencia ficción. Por eso, al preguntarle al respecto, lamenta que mucha gente todavía piense eso y no le preste la atención que sí le da, por ejemplo, al cambio climático o a los alimentos transgénicos. Una despreocupación que atribuye a la falta de conocimiento: “Jamás han tenido el tiempo de ver lo que está pasando en el este de China y en Silicon Valley, lo que permite a GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) desarrollarse tranquilamente sin que nadie los moleste. Aun así, el movimiento transhumanista ha cobrado una importancia considerable en Estados Unidos y ha suscitado miles de publicaciones, debates apasionados con pensadores de primera línea como Francis Fukuyama, Michael Sandel o Jürgen Habermas. Google ya ha invertido millones de dólares en el proyecto, y BATX (el equivalente chino de GAFA) funciona igualmente bien”, explica.

“El proyecto fundamental del transhumanismo es pasar de una medicina terapéutica clásica –cuya finalidad es, desde hace miles de años, sanar, ‘reparar’— al modelo del ‘aumento’ del potencial humano. No se trata solamente de mejorar la especie a través de drogas o de la cirugía estética, sino de modificar a la especie tal como se hace con los granos de maíz genéticamente modificados”, indica Ferry. “El primer objetivo es combatir el envejecimiento e incluso llegar a aumentar la longevidad humana; no solamente erradicar las muertes precoces, como ha ocurrido desde el siglo XIX, sino que alargar nuestras vidas hasta los 200 o 300 años, o más, recurriendo a la tecnomedicina e incluso a la ingeniería genética”.

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—¿Por qué liga transhumanismo y “economía colaborativa”?

—El transhumanismo y las aplicaciones de la economía colaborativa –como Uber, Airbnb, BlaBlaCar, etcétera— son las mayores expresiones de una misma plataforma tecnológica, aquella de la tercera revolución industrial. Para ser claros: sin el tratamiento informático de los big data y, sobre todo, sin la inteligencia artificial, no habría secuenciación del genoma humano ni ingeniería genética ni economía colaborativa. Pero hay más: el transhumanismo y la economía colaborativa son proyectos filosóficamente cercanos. Se trata de pasar del destino sufrido a la libertad de elección, de la heteronomía a la autonomía. Con Uber o Airbnb, los particulares piensan arreglárselas bien entre ellos, sin intermediarios a los que perciben como parásitos. Lo mismo con el transhumanismo y su eslogan fundador, ‘de la posibilidad a la elección’ (from chance to choice), que dicho de otro modo significa: de la lotería genética ciega e injusta, al dominio de su genoma. Es muy claro. Y en fin, a veces son las mismas empresas, especialmente las GAFA, las que financian los dos movimientos.

Del azar a la elección

Como se ve, el transhumanismo no es pura técnica, detrás hay pensamiento, ideas, hasta compromiso político; “pasar del azar absurdo a la elección informada”, elegir el propio destino, corregir las desigualdades ligadas a la fatalidad genética “que distribuye de manera injusta, insensible y ciega las ventajas y desventajas”.

Por eso Ferry se pone más allá de partidismo. “Hablar de la ‘pesadilla transhumanista’ es tan profundamente estúpido como hablar de la felicidad o de la salvación transhumanistas”, anota en su libro. Es más, al preguntarle sobre las críticas que hace Francis Fukuyama al transhumanismo, quien cree que amenaza la igualdad entre los seres humanos, Ferry dice: “Él es parte de los defensores, creyentes o no, de una sacralización y enaltecimiento de la naturaleza humana (del genoma humano), pues piensa que iniciar la modificación de la naturaleza humana arruinará la moral universal. Ya que esta moral, para los tradicionalistas, no podría echar raíces más que en las características naturales comunes a la humanidad”.

Para Ferry esa no es una posición humanista: “El argumento sólo puede convencer a los ‘naturalistas’, aquellos que piensan que la moral se enraíza en la naturaleza biológica de la especie humana. Todos los humanistas, desde Pico Della Mirandola hasta Sartre, pasando por Kant, Condorcet y Rousseau piensan lo contrario, a saber, que el hombre es por excelencia el único ser capaz de rebelarse contra la naturaleza, de combatirla y corregirla. Desde el punto de vista de un humanista, la argumentación de Fukuyama no tiene ningún sentido…”

El retorno de la tragedia

woman and hologram with robot

Tom Horn on Transhumanism (Charisma Magazine)

Del azar a la elección, heteronomía versus autonomía. Parece que el nuevo mundo no es, como creen algunos, antihumanista. “El transhumanismo ciertamente es un hiperhumanismo que se inscribe en la tradición de las Luces, de Condorcet, Kant y Voltaire”, señala Ferry. “Se trata de trabajar en el perfeccionamiento de la humanidad, de avanzar en el sentido del progreso. Desde luego, las posibilidades ofrecidas por las biotecnologías también podrían permitir monstruosidades. Pero no olvide que estas monstruosidades los humanos ya las han cometido, independientemente de las nuevas tecnologías. La Primera Guerra Mundial mató a 20 millones de personas; la segunda, a 60 millones; el maoísmo, a 70 millones en China; sin contar la masacre de los armenios, los tutsi, los camboyanos, etcétera. Todas son catástrofes humanas que no tienen nada que ver con el transhumanismo. El problema no es la tecnología, es la maldad humana que a veces raya en lo demoníaco…”

De acuerdo con Ferry, el transhumanismo oculta lo peor y lo mejor: por ejemplo, la fabricación de quimeras, de monstruos híbridos, pero también la lucha contra las desigualdades no solamente sociales, sino también naturales, o la erradicación de enfermedades genéticas mortales en el embrión. Por eso aboga por volver a pensar la regulación política: “Vamos a tener que renovarla totalmente por tres grandes razones: el mundo de la técnica es muy rápido, es difícil de comprender y está globalizado, de suerte que escapa largamente a la posibilidades de los líderes políticos y de las opiniones públicas; y, además, las regulaciones nacionales prácticamente no tienen sentido. ¿Qué sentido tiene prohibir en París lo que es lícito en Bruselas o en Londres? La secuenciación del genoma y la posibilidad de ‘cortar y pegar’ pedazos de ADN abren posibilidades de manipulación genética potencialmente ilimitadas”, advierte. “Esto es lo que nos obliga a reflexionar hoy sobre la regulación ética y política del transhumanismo”.

La situación es trágica, pero no porque sea funesta, sino porque nos enfrenta a conflictos en los que nos veremos obligados a elegir entre dos caminos válidos, no entre uno bueno y uno malo. Tal como ocurre en las tragedias griegas, donde, por ejemplo, un individuo debe optar por seguir la ley del hombre o la ley de los dioses.

De ahí que Ferry hable de la necesidad de rehabilitar la antigua categoría de lo trágico. “Si hay una rasgadura tal que no se puede volver a coser, de modo que ningún final feliz es posible, es porque el conflicto trágico pone frente a frente legitimidades que son equivalentes e indisociables”, explica. “Con la economía colaborativa y el transhumanismo vamos a vivir este tipo de conflictos. Por ejemplo, los particulares tienen razón en decirles a los hoteleros, ‘no nos molesten, déjennos organizarnos entre nosotros’. Y los hoteleros tienen razón al decir que ellos tienen asalariados, que pagan cotizaciones sociales, cumplen normas de seguridad, etcétera. La misma cosa con el transhumanismo: ¿en nombre de qué prohibir a los padres modificar el genoma de su hijo el día en que sea posible vivir más tiempo? Es claro que el asunto de la regulación será difícil”.

Ferry recuerda que ya se logró inyectar una enzima en ratones, gracias a la cual lograron vivir 30 por ciento más que sus pares no inyectados. “Evidentemente, los humanos no son ratones y lo que vale para ellos no vale forzosamente para nosotros. Sin embargo, el incremento de la longevidad humana es más que probable en las décadas que vienen, y evidentemente planteará toda suerte de problemas demográficos, económicos, éticos, políticos y espirituales”, explica. Y, de nuevo, no es ciencia ficción: “Como la inmensa mayoría de los humanos no tiene ganas de morir ni de envejecer, estoy bastante seguro de que se irá en esa dirección y se encontrarán soluciones para ello. Como decía Marx, la humanidad no se plantea jamás problemas que no pueda resolver…”

Tomado de: El Mercurio. Julio 16, 2017.