El mar de los escritores

The History Reader. A History Blog from St. Martins. Gregorio Fuentes, Hemingway’s model for The Old Man and the Sea smoked cigars right up

POR Alejandro Alva

Muchos escritores disfrutaron alguna vez de un paseo en altamar, contemplaron el poniente, recordaron su infancia entre brisas y amigos, o tuvieron el privilegio de pararse en la tabla hawaiana y dejarse llevar por la ola. A continuación, algunos de los vínculos con el océano de grandes autores

Desde épocas arcaicas, el hombre ha estado en contacto con los enigmas que esconde el mundo de la naturaleza. Es así que el acto de observar vendría a ser el elemento indispensable para concebir el arte y la literatura. Más aún, para los escritores, para quienes la naturaleza no es sólo un conjunto heterogéneo de simples árboles, flores u olas, por ejemplo. Van más allá de la observación del paisaje, hallando y recreando símbolos, experiencias, sentimientos, metáforas y un sinfín de recuerdos.

Muchos escritores disfrutaron alguna vez de un paseo en altamar, contemplaron el poniente, recordaron su infancia entre brisas y amigos, o tuvieron el privilegio de pararse en la tabla hawaiana y dejarse llevar por la ola. A continuación, citaré los vínculos con el océano de grandes autores.

La travesía ultramarina empieza con un verso de Martín Adán: “Si quieres saber de mi vida, vete a mirar el mar”…

Borges y el mar

El poeta habló del mar en una entrevista en la ciudad de Villa Gesell. Tenía temor de acercarse al mar y justo en el balneario, le ofrecieron un tablado que lo llevara más cerca del infinito océano, pero el maestro no aceptó la propuesta. ¿Quién era Borges ante el mar? Como él mismo escribió: “¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día ulterior que sucede a la agonía…

“Felizmente no me acuerdo nada de ese poema del mar que hice. El mar ha sido maltratado por tantos poetas. El color del mar, el azul, fue uno de los primeros colores que dejé de ver. Primero fue el negro y el rojo. Luego el azul y el amarillo. Ahora, para mí es todo vagamente gris y luminoso”.

Hemingway en Cabo Blanco

El autor de El viejo y el mar quedó fascinado con el balneario peruano, considerado en esa época como la meca de la pesca norteña. En los 36 días que estuvo en Cabo Blanco Fishing Club tuvo gratas experiencias, como obtener el record mundial de pesca de atún y atrapar cuatro merlines negros de 300 kilos. Pasó días tranquilos y de paz interior. Pescaba en las mañanas y bebía whisky por las tardes encerrado en el bar del hotel. Como señaló el periodista alemán Wolfgang Stock: “Para Ernest Hemingway, el mar era lo absoluto de la evolución; era vida y muerte, alegría y amenaza”.

El puerto de Blanca Varela

Ese puerto existe fue publicado en 1958 en México, gracias al apoyo de Octavio Paz. La poeta dedica estos versos a su lugar natal, ubicado en el sur de Lima. En Puerto Supe disfrutaba del sol junto a su esposo Fernando de Szyzlo y recordaba su infancia en la costa; aquel lecho ardiente donde Blanca lloraba a solas.

Está mi infancia en esta costa,

bajo el cielo tan alto,

cielo como ninguno, cielo, sombra veloz,

nubes de espanto, oscuro torbellino de alas,

azules casas en el horizonte.

Junto a la gran morada sin ventanas,

junto a las vacas ciegas,

junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.

¡Oh, mar de todos los días,

mar montaña,

boca lluviosa de la costa fría!

La tentación del surfista

Surf fue el último cuento de Julio Ramón Ribeyro. La historia inicia con Bernardo cuando se instala en el sexto piso de un departamento en Barranco y coloca su escritorio frente al mar. Bernardo se dedicaba a contemplar las puestas de sol y a barajar ideas para concluir su último libro. En el invierno, el pequeño departamento era frecuentado por jóvenes escritores y muchachas, mientras que en el exterior se escuchaban las explosiones de las bombas terroristas.

El tiempo avanzaba y Bernardo no encontraba el estímulo para escribir. Un día su atención se enfocó en los surfistas que esperaban la ola y el deslizamiento perfecto. Esas visiones le recordaron los veranos soleados cuando corría pecho con sus amigos de la juventud. La alegría de los surfistas lo motivó a adentrarse en el océano. Compró una tabla y decidió intentar lo que nunca pudo.

Al principio fue un fracaso, ya que las olas eran pequeñas y desordenadas. “¿Estaré condenado a dejar todo a la mitad sin poder concluir lo que emprendo?”. Decidió probar suerte en la playa Punta Rocas. Practicaba de noche, afrontaba los gigantescos tumbos, pero seguía fracasando. Hasta que un atardecer miró desde su terraza la perfección de las olas. Cogió su tabla, entró al océano y después de una larga espera al fin vio venir la ola indicada para cumplir su sueño. Bernardo, remando lentamente con la cabeza vuelta hacia atrás, sintió que la ola lo conducía hacia la eternidad.

Tomado de: Punto y Coma. Julio 2, 2017.