Amor y odio contra la vida

Way Wallpaper (pichost.me)

POR Óscar Garduño Nájera

Creo que no hay peores despedidas que las que ocurren poco a poco. Como cuando le colocan suero a un enfermo que morirá y sus familiares sólo cuentan las gotas del suero. Caen lentas. No les importa nada. Ni siquiera la pena de los familiares. Gota a gota. Hay personas que así se despiden. Gota a gota

Para mi tío Federico Nájera.

Hace poco se lo conté a un amigo. Ni siquiera recuerdo por qué salió el tema. Pero lo hice. Creo que fue después de una pregunta suya. Me preguntó si era cierto lo que había escrito de mi tío en el Facebook. Ahora mismo recuerdo. “Yo no me quiero morir”. Lo aseguró mi tío en la mesa del comedor. Una acotación: tiene 85 años y todas las enfermedades posibles. Le contesté a mi amigo que sí. Eso era lo que había dicho mi tío de 85 años, para luego asegurar que si algo le iba a doler luego de morirse era perderse los amaneceres. Nos dijo: disfruto de cada uno. Escuchar el canto de los pájaros. Admirar cómo se ilumina la mañana.

Pensé en la luz de Rembrandt. Y guardé silencio. En ocasiones te sientes tan idiota que lo único que puedes hacer es guardar silencio. Y ni siquiera es un silencio cómodo. Es un silencio que te hace sentir idiota. Punto.

Mi tío aún se aferra a la vida. El verbo “aferrar” es de los más sucios del español. Parece que lo sacaron de un ropero viejo, le dieron una limpiada con un trapo y lo metieron con calzador al diccionario.  Lo suyo, lo de mi tío, es una lucha donde el amor y el odio contra la vida se presentan de manera muy particular. Es decir, te “aferras” a la vida y eso significa un amor imperecedero; por otro lado, la enfermedad y los dolores propios de todas las enfermedades quizás te lleven a odiar la vida. No sé lo he preguntado a mi tío. Y no pienso hacerlo. También hay preguntas idiotas.

Se vive una sola vez. Te lo repiten hasta el cansancio que parece anuncio de papas fritas. Y te aprendes la frase. El ser humano es experto en aprenderse frases sin ni siquiera ponerles mucha atención. Hasta que alguien cercano muere. Hasta que se despide de todo y mueve la mano a la lejos para decirte adiós. Igual alguien más te repite la frase. Ahora no parece anuncio de papas fritas. Es como cuando te acabas la bolsa y te quedas con ganas de un poquito más. Y te preguntas por qué no hacen presentaciones más grandes de papas fritas. Y apachurras la bolsa entre tus manos. Y la tiras a la basura. Da igual. La vida es del tamaño que tú quieras darle. Eso te lo repites cuando repites a los otros la historia de la persona ausente. Si aún conseguimos contar tales historias vencemos un poco a la muerte, quizás una partida, aunque sabemos bien que al final ella habrá de llevarse todas las fichas del juego. Agregas una posdata: se vive una sola vez. Suena ahora hueca la frase.

Los dolores de mi tío se mantienen a flor de piel. Si alguien lo ve a lo lejos parecería que se trata de un hombre que ya sólo espera el final de los días. Si uno lo ve de cerca se entera que no es así: su lucha día con día es contra los dolores y a favor del amor a la vida. Quiero creer que se trata de un amor al cual no estamos acostumbrados. La vida nos enseña a no acostumbrarnos a ese tipo de amores. Y es cuando ocurre que nos sentimos eternos en un tiempo que ni siquiera nos pertenece. Somos sólo sombra de nuestros días finales.

Antenna In the City on Dawn, by Rasur (DeviantArt)

Pienso en los amaneceres. Hasta antes de las palabras de mi tío los amaneceres me parecían justos para que finalizara la noche y precisos para que comenzara un nuevo día. Sea lo que signifique eso de nuevo día. Sin embargo he reflexionado acerca de los amaneceres y del amor y el odio contra la vida. Parece lugar común porque en realidad lo es (la característica de los lugares comunes es hacer creer que son innovadores): un amanecer es totalmente distinto para cada persona. Hay quien desde la cama de un hospital ruega porque la muerte no le permita ver otro amanecer. Hay quien se da por rendido desde la cama de un hospital y entonces le pide un favorcito a la muerte. De esos favorcitos que, aseguran, se pagan con la vida.

Pero el amanecer sigue siendo el mismo. Quiero decir, hemos conseguido predecir a qué hora saldrá el sol y a qué hora se ocultará. Esto sólo nos lleva a una conclusión que también es lugar común, pero que nunca está de más recordar. Es nuestra percepción la que dispone de nuestras emociones. A alguien le pueden gustar todas las películas de Robert De Niro. A alguien más le pueden parecer horrendas todas las películas de Robert De Niro. Especialistas cinematográficos no me jodan, por favor, es la historia de los amaneceres de mi tío, no la de Robert De Niro y sus películas.

Las palabras de mi tío en la mesa del comedor son como las palabras del que va a ser colgado dentro de ocho días. Por eso la premura de disfrutar los amaneceres. Yo me he perdido cientos, quizás miles, de ellos. Si estás parado frente a un cuadro de Rembrandt de alguna manera sabes, o intuyes, que ahí existe la luz. Una luz distinta a todas las demás luces. Lo das por hecho. No te tomas la molestia de averiguar la fuente de la luz. Como tampoco nos tomamos la molestia de detenernos frente a un amanecer y agradecer. En esto de dar las gracias no se tiene que ser forzosamente católico. Hay un millón de cosas antes de llegar a Dios por las que se puede dar las gracias.

Ignoro si mi tío espera a la muerte. Como también ignoro si mi madre, aquejada por una enfermedad crónico-degenerativa, la espera. Aquí no valen las preguntas idiotas, por lo que hacerlas no sólo sería una imprudencia sino una falta de sensibilidad.

El horror llega cuando preguntas al moribundo si ha pensado en morirse. En un absurdo propio de Beckett. Pero un absurdo que no nos corresponde a nosotros representar.

Winter Industrial Dawn In A Large City (Shutterstock)

Mi tío tiene 85 años y se mueve dificultosamente. Se queja cada que lo hace. Son quejidos leves, casi en silencio, como si los quejidos se pudiesen atrapar con una red de murmullos. Ignoro si lo hace porque realmente experimente el odio contra la vida. Ignoro si lo hace porque es una manera de despedirse de la vida. Pase lo que pase los amaneceres van a continuar. La tentación vana de inmortalidad del ser humano termina en la belleza de lo que nos puede ofrecer la vida mortal. Admirar un amanecer. Quiero decir, tomarte el tiempo para verlo con calma. En alguna ocasión me ocurrió. Había bebido varias cervezas con una amiga y, llegada la madrugada, con esos oscuros silencios que la anteceden, decidimos salir de mi departamento y sentarnos en las escaleras para beber las últimas cervezas que por cierto no fueron las últimas sino las primeras del día. Mira, le dije. Se sorprendió cuando señalé el cielo. Estamos frente a un hermoso amanecer. ¿No te parece realmente increíble? En su rostro apareció una sonrisa ebria como de hija de Efraín Huerta. Sí, me dijo. Y guardamos silencio mientras la luz aparecía en el firmamento y nos venía a confesar alguno de sus tantos secretos.

Alguien se encarga de robar los amaneceres a los que van a morir. Me pienso la frase, la reflexiono, y creo que la afirmación es incorrecta. Los amaneceres se encargan de robar a los que van a morir. Morirse sin recordar tu último amanecer debe ser una maldición escrita por el mismo del anuncio de las papas fritas. Cuánto le falta a mi tío lo podríamos contabilizar en amaneceres. Es que a mí me gusta mucho, mucho la vida. Esto también lo aseguró en la mesa. Mi garganta se quebró. Si eres capaz de dar consuelo a alguien que te dice tales palabras has perdido el sentido de humanidad que no nos caracteriza, pero con el que históricamente se nos ha identificado como raza sensible e inteligente. Se llama Federico. Mi tío. Federico Nájera. Un escritor mediamente audaz podría escribir una muy buena biografía de él. Fue tanto lo que hizo que un escritor mediamente mediocre no podría escribir una muy buena biografía de él. Amaneceres. Quizás así la titularía el biógrafo. Si hay una película de título semejante es cosa que no me interesa en estos momentos.

Creo que no hay peores despedidas que las que ocurren poco a poco. Como cuando le colocan suero a un enfermo que morirá y sus familiares sólo cuentan las gotas del suero. Caen lentas. No les importa nada. Ni siquiera la pena de los familiares. Gota a gota. Hay personas que así se despiden. Gota a gota. Y hay amaneceres que son eternos. Si alguien me viene con el cuento de que no es así los mandaría a hablar con mi tío Federico Nájera. Ya verían cómo les va. Dos o tres cachetadas de amaneceres les pondría. Y les sacaría la lengua. Así es él.