Los secretos literarios de Playboy

Algunos escritores como Henry Miller vieron en Playboy la posibilidad que las editoriales le negaban: la revista fue la única plataforma en la que promocionó sus novelas sexuales. Otros, como Ray Bradbury con Farenheit 451, publicaron sus obras por fascículos. A los que se pueden sumar Haruki Murakami, David Foster Wallace o Ursula K. Le Guin

Henry Miller vio en Playboy la posibilidad que las editoriales le negaban

POR Alberto del Castillo

Algunos escritores como Henry Miller vieron en Playboy la posibilidad que las editoriales le negaban: la revista fue la única plataforma en la que promocionó sus novelas sexuales. Otros, como Ray Bradbury con Farenheit 451, publicaron sus obras por fascículos. A los que se pueden sumar Haruki Murakami, David Foster Wallace o Ursula K. Le Guin

Tomemos el tópico, estirémoslo, apliquemos patrones básicos de pensamiento y planteemos la pregunta casi como un acertijo: ¿en qué sitio te podías encontrar con un texto de Margaret Atwood o de García Márquez acompañado de Marilyn Monroe posando desnuda?

Amy Grace Loyd, quien dice de sí misma que “no es la única mujer que trabajó en Playboy y mantuvo su ropa puesta”, fue una de las culpables de que esta pregunta tuviera respuesta: la revista erótica por antonomasia: Playboy.

Editora de su sección de literatura desde 2005 hasta 2011, Grace Loyd ha escrito un artículo en The Guardian en el que desmonta la creencia generalizada de que Playboy era un medio exclusivamente erótico.

Cuando le contó a una amiga que estaba en la sección de literatura de Playboy, ésta le dijo que “bueno, la ficción erótica tiene que tener su sitio, ¿no?” Como infravalorando su trabajo, como olvidando o como desconociendo que, en sus inicios, Alberto Moravia, Vladimir Nabokov, Hunter S. Thompson o John Updike se hicieron hueco entre las míticas páginas de esta revista.

Algunos escritores como Henry Miller vieron en Playboy la posibilidad que las editoriales le negaban: la revista fue la única plataforma en la que promocionó sus novelas sexuales. Otros, como Ray Bradbury con Farenheit 451, publicaron sus obras por fascículos.

No es raro pensar en Playboy como el prime time literario de los autores ya mencionados –a a los que se pueden sumar Haruki Murakami, David Foster Wallace o Ursula K. Le Guin—, porque se llegaron a imprimir hasta siete millones de copias mensuales.

Entonces, la antesala del Nobel de literatura no era el Man Booker Prize, ni el National Book Award, tampoco salir en Granta como uno de los escritores del año. Qué va. La verdadera circunstancia que aumentaba las posibilidades de ser elegido por la Academia era haber escrito para la revista de Hugh Hefner.

En 2010, Hefner se jactó tras el Nobel del peruano: “Es el decimotercer escritor que ha escrito para nosotros y que se ha llevado el Nobel” (Panamericana TV)

García Márquez con El ahogado más hermoso del mundo, John Steinbeck con algunas de sus columnas de opinión, Mario Vargas Llosa con Muerte en los Andes son testigos y elementos empíricos de lo anterior. Hefner se jactaba en 2010, tras el Nobel del peruano: “Es el decimotercer escritor que ha escrito para nosotros y que se ha llevado el Nobel”.

Esta idea, la de emplear la literatura como caballo de Troya, se puede ver también como la de la madre o el padre que pone jamón en las acelgas a su hijo para que se las coma: la letra con porno entra.

Esa misma premisa se ha distorsionado para que en el argumentario humorístico de la población más casposa de España bastase que alguien mencionara la palabra Interviú para que otra persona dijera con sorna: “Ah, qué buenos reportajes” y lanzara al mismo tiempo una sonrisa socarrona.

Contra la concepción exclusivamente erótica del medio nos habla Alberto Gayo, director adjunto de Interviú, que dice que: “Si por algo se conocía y se conoce Interviú era porque sus articulistas de opinión eran reputados escritores, sus reporteros hacían periodismo de investigación y denuncia, y las chicas de portada eran mitos en cada época”.

Porque, igual que las grandes plumas de Estados Unidos contribuyeron a dar grandeza al epíteto “narrativo” que acompaña al sustantivo periodismo, las firmas masculinas más importantes de la literatura española contemporánea –Francisco Umbral, Camilo José Cela, Juan José Millás, Manuel Vázquez Montalbán…— quedaron impresas entre las páginas del Interviú.

En esa comparación eternamente trazada entre España y Estados Unidos, en esa forma de imitación de poder dúctil, se puede decir sin incurrir en una fruslería: Interviú es (o llegó a ser) el equivalente a Playboy en España.

Claro que, a fin de cuentas, lo que quedan son las evidencias y las palabras, como las que dice Alberto Gayo que dijo Alaska: “Interviú debería tener una caseta en la Feria del Libro”.

Y Playboy tendrá algo similar, porque en vez de “una caseta en la Feria del Libro”, tendrá un tomo en cada una de ellas.

Paroles de Lapin. Les grands entretiens du magazine Playboy es una antología de las mejores entrevistas de la hemeroteca de la revista: Joyce Carol Oates, Salman Rushdie o Stephen King son algunos de los escritores seleccionados.

Que el libro se publique en Francia en estas fechas no es baladí: la muerte de Hefner ha propiciado un torrente de letras sobre todo lo que rodeó al magnate. El ejemplo más inmediato es el ya mencionado artículo de Amy Grace Loyd en The Guardian, que recupera su experiencia como editora en un tono nostálgico.

Y el mejor resumen, lógicamente, lo hace ella: “Fuimos subversivos, un poco sospechosos, un poco incómodos y yo continuo orgullosa de eso”.

Tomado de: PlayGround. Octubre 9, 2017.