Mapas inventados

En su novela Justine (1957) el escritor Lawrence Durrel sentencia que “somos hijos de nuestro paisaje”. Juan Ramón Jiménez ha dicho que “Las ideas tienen sus paisajes”, y Miguel de la Cruz que “Las aldeas son del pensamiento”. Ese paisaje real o imaginario decanta en literatura, tanto en la novela de la tierra como en la novela urbana

Here there be monsters… (asuevents.asu.edu)

POR Sergio De Matteo

En su novela Justine (1957) el escritor Lawrence Durrel sentencia que “somos hijos de nuestro paisaje”. Juan Ramón Jiménez ha dicho que “Las ideas tienen sus paisajes”, y Miguel de la Cruz que “Las aldeas son del pensamiento”. Ese paisaje real o imaginario decanta en literatura, tanto en la novela de la tierra como en la novela urbana

Tanto la toponimia como los mapas son relevantes para la rotulación de un lugar. Sobre el territorio fundado se erige el imaginario y emerge el espacio mítico, que queda expresado en novelas, cuentos, poemas y ensayos.

En la instalación audiovisual La noble ultimación de la bestia, de Agustina Arrarás y Nicolás Onischuk, podía leerse “Sin mapa no hay lugar”. Esta sola cita los relaciona a una figura capital de la invención literaria universal, a William Faulkner.

El escritor norteamericano ha sido un modelo de escritura para distintas generaciones. Uno de sus aportes más valiosos es cuando imagina un territorio simbólico sobre otro existente y lo nombra como Yoknapatawpha County. Las obras que se asientan en ese mapa son dieciséis; desde Sartoris (1929) hasta Una rosa para Emilia (1973). En Absalón, Absalón (1936) aparece el mapa y un detalle a destacar: “Superficie, 2.400 millas cuadradas. Población: 6928 blancos; 9313 negros. William Faulkner, único dueño y propietario”.

En todo mapa literario se visibiliza la trama geopolítica y la escritura se contamina de los procesos históricos, de la luchas de clase, de los debates culturales. Faulkner no rehúye de esa condición, al contrario, los contiene en sus obras.

Arrarás y Onischuk dicen que “sin mapa no hay lugar”. Se puede arriesgar que sin lugar no sería posible una literatura. “El territorio se hace relato”, resalta Paul Zumthor. La ciudad se hace relato, se podría parafrasear. Emerge lo regional y el “locus” se transforma en metáfora, en símbolo. Abarca cada una de las posibles denominaciones o identidades que adopta la escritura como marca, con sus matices particulares, sonoridades y correspondencias situacionales del territorio y de la ciudad.

En su novela Justine (1957) el escritor Lawrence Durrel sentencia que “somos hijos de nuestro paisaje”. Juan Ramón Jiménez ha dicho que “Las ideas tienen sus paisajes”, y Miguel de la Cruz que “Las aldeas son del pensamiento”. Ese paisaje real o imaginario decanta en literatura, tanto en la novela de la tierra como en la novela urbana. El lugar se convierte en relato. Funda su mapa literario. Y esto se verá refractado en el lenguaje, porque queda inscripta como huella, como densidad simbólica, cuyo sentido de interpretación estará bosquejado, en parte, por el bloque histórico hegemónico, por la circulación de los bienes culturales, y por la recepción de los lectores.

Espacios míticos

(Pinterest)

La fundación mítica de un espacio también fue resignificada por estas latitudes; es así que nacen para la historia de la literatura latinoamericana algunos lugares inolvidables. Es influyente la cartografía donde se entrecruza la fantasía y lo real, lo onírico y lo existente, donde se resimbolizan las “ciudades imaginarias, ficticias”, pero también las “empíricas, verdaderas, reales” que han sido literaturizadas por tantos escritores y escritoras.

Como se decía, la geografía modificada por la imaginación ya tenía precursores; siendo el arquetipo Faulkner. Hay que agregar a John Cheever (1912-1982), con Saint Botolphs y Bullet Park, o Ken Follet y la medieval Kingsbridge (Los pilares de la tierra, 1989).

Otro modelo que debe referenciarse es el de Italo Calvino y Las ciudades invisibles (1972). Este libro es una colección de descripciones de ciudades fantásticas que llevan nombres de mujer.

Latinoamérica

En Latinoamérica habrá una saga de ciudades fundadas desde la imaginación. Algunas no proceden de la influencia faulkneriana, como Argirópolis (Ciudad de la Plata), concebida por Domingo F. Sarmiento y descripta en el libro Argirópolis o la capital de los estados confederados del Río de la Plata (1850).

La novela Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal fue publicada en 1948, aunque los primeros capítulos datan de fines de 1929. En el Libro VII sucede el “Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia”.

El núcleo de la literatura de Juan Carlos Onetti supone un intento por habitar ese universo designado como Santa María. La fundación de tal microcosmos se inicia en El pozo (1939) y se consolida en La vida breve (1950).

Tlön, para Borges, es un mundo ilusorio que a su vez tiene regiones imaginarias en las que los habitantes de Uqbar basan sus leyendas. En el cuento “El inmortal” narra la búsqueda de una ciudad perdida en el desierto (La ciudad de los inmortales).

En 1947 Juan Rulfo empieza a escribir el texto Una estrella junto a la luna, que en otro momento se titula Los murmullos, y que se convertirá en la novela Pedro Páramo (1955). Comala o Tuxcacuexco es un pueblo muerto donde no viven más que ánimas, donde todos los personajes están muertos, y aun quien narra está muerto.

Macondo

Gabriel García Márquez en el cuento “Un día después del sábado” (1954) hace referencia por primera vez a Macondo, y también en “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo” (1955). Ambos textos representan el anticipo del universo macondeano que recreará en su famosa novela Cien años de soledad (1967).

Osvaldo Soriano recurre para ambientar tres de sus novelas al pueblo Maria Ignacia-Vela y lo refunda como Colonia Vela en No habrá más penas ni olvido (1978); Cuarteles de invierno (1980) y Una sombra ya pronto serás (1990).

La ciudad ausente es una ficción distópica narrativa de Ricardo Piglia, publicada en 1992.

Canciones tristes es creada en la segunda novela de Rodrigo Fresán, Vida de Santos (1993) y reaparece en distintos libros, trasladándose de lugares geográficos.

La antología McOndo (1996), de Sergio Gómez y Alberto Fuguet, juega irónicamente con Macondo de García Márquez, como también apunta a McDonald’s y MacIntosh, además critica al realismo mágico.

El libro Trelew (1997), de Marcelo Eckhardt, se destaca por la resignificación de la ciudad y la meseta patagónica.

La ciudad idealizada de Río Fugitivo aparece en la novela del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán publicada en 1998.

El escritor peruano Iván Thays publica la novela Un lugar llamado Oreja de Perro (1998), que es una localidad andina situada en el departamento de Ayacucho.

El escritor sanjuanino Ernesto Simón crea la ciudad Ficción City para su libro El camino (2002), en obvia alusión al famoso On the Road de Jack Kerouac.

La ficcional Santa Teresa en la novela póstuma 2666 (2004), de Roberto Bolaño, es reflejo fiel de la Ciudad Juárez mexicana.

En el libro Antes de perder (2010), Carlos Daniel Aletto configura su propuesta narrativa en torno de un pueblo llamado Tierras de Oro.

Nosotros

(Pinterest)

En Trigo gaucho (1928), el dramaturgo Pedro Eugenio Pico destaca la figura de don Tomás Davidson, el fundador de Salto Grande, la ciudad ficticia que ubica en la provincia de La Pampa.

La primera novela netamente urbana, El monstruo en la laguna (1992), es autoría del escritor Alberto José Acosta, donde es retratada la ciudad de Santa Rosa. Con esta novela -dice Miguel de la Cruz- Acosta nos ayuda a repasar un estado de cosas, el mismo que Camus nos reveló en La peste: “El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere”. Puede leerse: “Pero el corazón de la ciudad no está en ese centro administrativo. El verdadero poder yace en la otra punta de la avenida –otrora sembrada de palmeras—. La Laguna Don Tomás, ese animal inquieto y misterioso, aguarda silenciosa entre la niebla. Tal vez ha llegado el momento de que ella también cuente su historia”.

Se han mencionado ciudades empíricas y ficcionales, pero todas situadas en un territorio, excepto la isla ciudad flotante de Los viajes de Gulliver. ¿Qué sería Matrix?: una ciudad digital. Por eso habría que adosar los territorios virtuales. La escritora Carola Di Nardo ha desarrollado un trabajo que se titula Desnudo. Es un pueblo virtual que puede visitarse en www.pueblodesnudo.com.ar.

Claudia Togachinsky publica en 2010 la novela Vitápolis: “Una aldea es la síntesis de la gran aldea global. Las infinitas posibilidades de contactos humanos que habilitan los medios de comunicación, entretejen un mundo virtual más complejo que la misma vida real”. Además de fundar esta ciudad distópica santarroseña, Vitápolis, también a través de una serie de relatos de terror en la plataforma Youtube, recrea Bosqueviejo.

Deben existir otros pueblos inventados, otras ciudades ficticias, que se sustentan o relacionan con ciudades empíricas, reales. Múltiples fábulas y leyendas que reposan sobre el mapa primigenio de la tradición literaria. Enumeramos sólo algunos casos.

Tomado de: La Arena. Octubre 15, 2017.