Adela

Changing roles for women (Europeana Collections)

POR Óscar Garduño Nájera

Apostar por el poder curativo de las historias sería erróneo. Las historias no curan. Sean del tipo que sean. Son sólo palabras y como palabras se quedan. Sin embargo, cuando se está enfermo puedes pedir que te cuenten una muy buena historia. No sanarás del todo, pero acaso las penumbras de tu corazón alcancen a sonreír de buena manera

Para Rogelio Flores

Sin que nos percatemos de ello, en ocasiones hay lazos invisibles que hermanan y solidarizan a los hombres codo con codo. Ya ustedes conocen los ejemplos. Y esta vez se trata de dos historias que tienen por protagonistas a la misma figura: la madre. Puesto que una de ellas se trata de la mía, la conozco, o eso creo, a la perfección. Con la otra mujer (madre de un querido amigo) me ocurre lo contrario, por lo que esto podría parecer el inicio de una novela de misterio. Sueltas el nombre en el título del texto y ya: comienza la historia de Adela (así, como la canción), nuestra segunda madre.

Hay una excepción aquí. Una como narrador: yo no conozco absolutamente nada de Adela. Bien visto, esto podría aumentar el misterio de nuestra novela, pero no es lo que me importa ahora.

Importa Adela. Incluso sin conocerla. Suena como a un verso mal hecho, pero así es. Las dos madres tienen en común que están enfermas. Que de alguna manera se aferran a la vida por los tantos mecanismos que uno tiene para aferrarse a algo que parece írseles día con día nos queda claro cuando intentan apaciguar sus dolencias.

En los momentos en que escribo esto Adela está hospitalizada y mi madre está en su casa, conectada las 24 horas del día a un oxígeno que en lugar de proporcionar una esperanza arrebata, poco a poco, todo lo que queda de ella, succiona su carne, hunde sus ojos, la debilita, y la vida no hace sino jugar con ella lo mismo que si aventara los dados sobre la arena del desierto.

Las dos madres personifican algún siniestro papel en esta comedia absurda que es la vida. Hay que insistir: las dos luchan por la vida. Cada quien a su manera. Una de esas carreras con el campeón de las carreritas en la que sabes que aunque te dé dos calles de ventaja, pasará a tu lado, correrá más rápido, ¡el infeliz!, llegará a la meta y desde ahí verá a dos hijos, quienes además de compartir el gusto por la literatura, comparten el inmenso e inexplicable dolor de ver a tu jefa enferma y sin cura alguna. No lo tomen como compasión. De ninguna manera. Es una exposición de los detalles que me han llevado a escribir esto.

Hay historias que son paralelas y ocurren a cada instante. Mientras escribo seguramente otro hombre escribe las mismas palabras para su madre. Hay pruebas en la vida que sencillamente son cabronas. No es necesario pensarlo mucho. Ni siquiera llegan a ser cursis o poblada de lugares comunes. Y si así fuese, creo que se vale. La historia de los dos hijos también podría ser paralela. Al menos cuando están frente a las dos madres. Quiero decir, que si bien cada uno tendrá sus artimañas para dar aliento a la mujer que tienen enfrente, a fin de cuentas se trata de la vida, así, sin particularidades y con una horrorosa e imbécil familiaridad. Adela es el nombre de ella.

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Hands Holding Soil — Image by © L. Clarke/Corbis

Ancient Women Artists May Be Responsible for Most Cave Art (Smithsonian Magazine)

Cuando era adolescente me contaban una historia. No recuerdo quién lo hacía, aunque seguramente era mi madre, pues de ella aprendí mis primeras historias, así como el gusto por la escritura y la lectura. Me hablaban de un hombre que llegaba a un pueblo y que, tras ver los estragos que había causado la guerra, se dedicaba a sanar a los pobladores que aún quedaban con vida con tan sólo el poder curativo de sus manos.

Así, preciso. Hermosa era la historia. Años más tarde se la atribuía a Isaac Bashevis Singer. Y ocurría en algún pueblito judío. Y la guerra era la Segunda Guerra Mundial. En realidad hasta la fecha no he sabido si la historia es del autor polaco. Pero me gustaba imaginar que era él el que la escribía.

Posteriormente leí que Walter Benjamin también creía en el poder curativo de las manos. Sin embargo, al no recordar ahora mismo la fuente, este dato no lo doy por hecho. Aunque si observamos con atención la vida del crítico y filósofo alemán nos daremos cuenta que quizás no esté tan equivocado si le atribuyo a él algo así como la segunda parte del poder curativo de las manos.

Lo que es cierto es que si ponen las manos sobre tu rostro algo ocurre. O sientes frío o sientes calor. Pero es imposible permanecer indiferente. Tal vez por eso las mejores despedidas son aquellas donde los que se despiden se tocan el rostro con las manos. Es como si quisieras tomar una copia de ese rostro que tienes enfrente, el cual sabes que no habrás de volver a ver.

Y justo es decir que la escritura en una primera instancia proviene de las manos. No hay autor que antes de llegar a la computadora no haya garabateado en alguna libreta. Aunque también hay que agregar que muchos de los jóvenes escritores hoy en día ni siquiera saben lo qué es un bolígrafo. O bien los que se compran son tan costosos que sólo los usan para presumir fotografías del mismo en Facebook.

He planteado el paralelismo de las historias y he hablado acerca de la historia del poder curativo de las manos. Todo esto bajo dos importantes ejes: dos madres que, sin ni siquiera saberlo, se encuentran aquí y padecen las mismas penurias (aunque por distintos caminos). También de dos hombres cuyas historias únicamente son paralelas cuando tienen que acudir a cuidar de sus madres. En ocasiones nos damos a la tarea de escribir tanta basura que se nos olvidan los detalles más generosos de la escritura y de sus habilidades. Como el de juntar historias a través de ella.

Una buena historia también puede salvarte la vida, de aquí que la narración pertenezca a una destacada terapia que te amarra a lo que todavía te queda acá, entre los vivos. Y hay historias que se cuentan desde la cama de un hospital. Y hay historias que se cuentan desde el sillón, frente a la televisión encendida, compartiendo una alegría y un entusiasmo que cada vez parece debilitarse lo mismo que la tarde a la caída de la noche.

Apostar por el poder curativo de las historias sería erróneo. Las historias no curan. Sean del tipo que sean. Son sólo palabras y como palabras se quedan. Sin embargo, cuando se está enfermo puedes pedir que te cuenten una muy buena historia. No sanarás del todo, pero acaso las penumbras de tu corazón alcancen a sonreír de buena manera. Por eso es que quise escribir acerca de Adela.