John Douglas: el hombre que hablaba con monstruos

Mindhunters, Inc. fue creado por John Douglas y Mark Olshaker en 1995, después de que el señor Douglas se retiró del FBI

POR Jaime Bedoya

De acuerdo con el agente del FBI John Douglas, el asesino en serie era un cazador metódico que elegía y estudiaba a su víctima, proceso de control y dominación que disfrutaba. Casi siempre había sido criado en un entorno de abuso, y haría todo lo posible por no ser atrapado. Esto incluía mentir, manipular y fingir locura

¿Qué clase de persona hace algo así? Es la perturbadora pregunta que aparece sola ante la atrocidad. Versión máxima de la crueldad que últimamente en el Perú pareciera haberse convertido en tétrico filón costumbrista.

La pregunta en cuestión, en busca de una respuesta de alcances preventivos, se la hacía Sherlock Holmes, investigador británico del siglo XIX. El problema es que Holmes no existía. Este detalle no lo hacía menos relevante. En el Londres de 1880 operaba quien es considerado el primer asesino en serie de la humanidad, Jack el Destripador. La policía no tenía la menor idea de cómo dar con él. Citando a Holmes, una cosa es mirar, otra es observar.

Con los ojos bien abiertos, John Douglas llegó a la sede principal del FBI en Quántico, Virginia, en 1977. Quedó destacado a la entonces inocua división de Unidad de Ciencias Conductuales. Bajo el longevo mandato de J. Edgar Hoover, el FBI no tenía mucha consideración por ciencias como la psicología. Nueve agentes revisaban inservibles manuales psicológicos en un sótano a 18 metros de profundidad, 15 por debajo de los muertos.

Conoce a tu enemigo

El método inductivo de Holmes tenía asombrado al joven Douglas: partir de la observación de elementos particulares para llegar a conclusiones mayores. Utilizándolo era posible hacer perfiles de los asesinos. Pero en ese sótano no contaban con evidencia real, sólo manuales. Aprovechando el tiempo vacío en viajes de capacitación, decidió conversar con todo asesino serial que estuviese detenido. Douglas acuñó uno de sus lemas: si quieres conocer al artista, primero debes conocer su obra. Eso supuso zambullirse en las barbaridades escritas perpetradas por la más oscura calaña humana. El primero que tendría al frente sería Edmund Kemper, el gigante de más de 2 metros que había matado y mutilado a seis jóvenes antes de hacer lo propio con su propia madre.

Kemper había nacido en 1948 en California, en un hogar perfectamente disfuncional. Sus padres peleaban constantemente. Edmund de niño fue enviado a vivir con sus abuelos. A los 14 años los mató a ambos. Fue internado en un hospital psiquiátrico diagnosticado con un desorden de personalidad. A los 21 años fue dado de alta y puesto en custodia de la madre. Al salir ya pasaba los dos metros y pesaba 120 kilos. Su madre trabajaba como secretaria de la Universidad de California en Santa Cruz. Ella era conocida ahí por su dulzura, pero en casa era distinta. Humillaba a su hijo enrostrándole su aspecto de fenómeno y haciéndolo responsable de su infelicidad. “Las chicas de la universidad jamás se fijarán en un monstruo como tú”, le decía.

En mayo de 1972, Edward recogió a dos universitarias que tiraban dedo en la carretera. Las apuñaló hasta matarlas. Las llevó a la casa de su madre donde las fotografió, las diseccionó y practicó el canibalismo antes de enterrarlas en las montañas. Volvería a hacer lo mismo serialmente y sin ser descubierto. Los terapeutas que lo trataban declararon que Ed ya no era un peligro para la sociedad.

Kemper tenía un coeficiente intelectual de 145, muy por encima de la media. Personalmente era de trato amable y de conversación inteligente. Le contó a Douglas que su madre lo odiaba por parecerse tanto a su padre. Por miedo a que les hiciera algo a sus hermanas, lo hacía dormir en un sótano sin ventanas, encerrado por fuera. Esto lo aterrorizaba, pánico que abonó sus impulsos homicidas.

Fue por esa época que Kemper mató a sus dos gatos. A uno con una navaja, al otro con un machete. Era una de las señales que Douglas recogió como indicio de la tríada homicida: la enuresis (orinarse en la cama más allá de una edad apropiada), iniciar fuegos y la crueldad hacia los animales.

Douglas reconoció que Kemper era hábil y eficiente en lo que hacía. Estableció que los tres rasgos de asesinos y violadores seriales eran la dominación, la manipulación y el control. Además, detectó el cuidado y planificación con que Kemper elegía a sus presas. Cuando la situación le era adversa a sus planes, las había dejado vivir, lo que para Douglas era un dato crucial: la mera presencia de una enfermedad mental no absolvía a los criminales. Estos decidían matar. Kemper fue encontrado culpable de ocho asesinatos. Su última víctima fue su madre, a quien decapitó y violentó después de muerta.

El costo de pensar como un asesino

Robert Ressler, Ed Kemper y John Douglas 10 Cases That Shaped the FBI’s Behavioral Analysis Unit (TopTenz)

En 1988, Douglas publicó un compendio de lo aprendido. El asesino en serie era un cazador metódico que elegía y estudiaba a su víctima, proceso de control y dominación que disfrutaba. Casi siempre había sido criado en un entorno de abuso, y haría todo lo posible por no ser atrapado. Esto incluía mentir, manipular y fingir locura.

Los terapeutas que evaluaban asesinos se enfrentaban a maniáticos en medir a los demás. Lo dice un viejo chiste: ¿cuántos psiquiatras se necesitan para cambiar un foco? Solo uno. Siempre y cuando el foco quiera ser cambiado.

Douglas concluyó que la violencia era un evento situacional. Instalado en un hábitat controlado que no le diera opciones, el más sanguinario criminal podía ser un preso modelo. Los asesinos en serie tenían celdas impecables. Pero una vez en la calle, ante el primer desorden, su explosión era impredecible. Aprendió que en los interrogatorios no servían ni la ira ni los juicios morales. Insultarlos era garantizar una negación.

Douglas recurría a aproximaciones: ¿En qué momento te empezaste a sentir mal acerca de lo que hiciste? Entonces la confesión fluía. Pero aprender a pensar como un execrable cazador de personas tuvo un precio. A Douglas le supuso una crisis nerviosa que casi le cuesta la vida: acusó una encefalitis, envenenado de autopsias, mutilaciones, violaciones y súplicas de víctimas a las que no había podido salvar. Acuñar el término ‘asesino serial’ y perfilar criminales destruyó su matrimonio.

Su esposa se cortaba accidentalmente en la cocina y él, en vez de ayudarla, se concentraba en el patrón que hacían las salpicaduras de sangre. Cosas así. Nunca encontró un asesino que viniera de una familia funcional. Su conclusión final era que, además de más recursos, más policías y más prisiones, lo que la mayoría necesitaba era más amor. A lo Lennon. Sólo que Lennon intercambió tres palabras con un asesino y acabó muerto. Douglas llegó a conversar con 36 de los peores asesinos seriales de la historia contemporánea. Aprender a pensar como uno de ellos lo consumió. Pero no tuvo que matar a nadie para salvar vidas. Pensar también sirve.

Tomado de: El Comercio. Noviembre 4, 2017.