La autora de la primera gran obra de ficción

Genji Monogatari Emaki (Wikipedia)

POR María José Ferrada

Genji Monogatari es la historia de un príncipe y sus amores, pero también es la historia del tiempo y su paso irremediable por las personas, los paisajes y las cosas. En palabras de Octavio Paz: “Inclinado sobre sí mismo, en un momento de soledad o al lado de su amante, Genji ve el mundo como una fantasmal sucesión de apariencias. Todo es imagen cambiante, aire, nada”

La escena sucede en Japón, durante los últimos años del siglo X: una niña escucha, tras la cortina que separa a hombres de mujeres, la lección de clásicos chinos que un profesor imparte a su hermano. Memoriza, calla y se lamenta de no ser ella el niño, porque sabe que si lo fuera podría hablar con alguien sobre ese conocimiento que ha encontrado del otro lado. Sabemos por su diario que durante los primeros años se resignará a ayudar a su hermano con la tarea. También que el padre, al escucharlos, se lamentará de que su hija no hubiera nacido niño. Y es que en el cerrado círculo de la corte japonesa de Heian (794 a 1185 d.C.), a la que pertenece esta niña, los estudios de los clásicos, en su mayoría confucianos eran patrimonio exclusivo del mundo masculino y requisito esencial para el desarrollo de una carrera administrativa o política, también vedada a las mujeres.

En este punto, la historia de la niña podría haber llegado a su final, pero dará un giro, y Murasaki Shikibu pasará a la historia como la autora del Genji Monogatari (1008 d.C.), considerado por lectores de distintas latitudes y épocas como la primera gran obra de ficción de la literatura universal.

Retratar el tiempo

Los años pasan y poco se sabe de la juventud de esta mujer, salvo que, según cuenta en su diario, seguirá dedicando su tiempo a la lectura y el estudio. Tal vez la inclinación sea una herencia. Sabemos, gracias a los estudiosos de su esquiva biografía, que formaba parte de una rama menor de la familia Fujiwara –la más poderosa de la corte Heian— y que descendía de uno de los poetas que figura en el Kokinshû, la primera antología poética compilada por orden imperial a comienzos del siglo X.

La joven se casará y a los pocos años quedará viuda. Y es aquí donde se produce el giro que interesa a esta historia: Murasaki ingresará a la corte como dama de honor de una de las consortes del joven emperador Ichijo. Su labor será acompañar a la princesa y qué mejor compañía que una buena historia.

Así, en alguno de los salones de la corte, la autora comienza a leer, uno a uno, los capítulos del Genji Monogatari, historia que, en 54 capítulos, retrata los amores, exilios y tristezas del príncipe Genji y su descendencia. Imaginamos que pasan los días y Murasaki se encarga de elaborar una historia que mantiene la atención de su audiencia y que, al concluir, cuenta con más de 400 personajes y ha transitado por tres generaciones.

Sí, el Genji Monogatari es la historia de un príncipe y sus amores, pero también es la historia del tiempo y su paso irremediable por las personas, los paisajes y las cosas. En palabras de Octavio Paz: “Inclinado sobre sí mismo, en un momento de soledad o al lado de su amante, Genji ve el mundo como una fantasmal sucesión de apariencias. Todo es imagen cambiante, aire, nada”.

Avanzamos en la lectura, y vemos que todo lo que fue grandioso se desvanece, sin catástrofes ni ruido de por medio, porque eso es lo que hace el tiempo, sin excepción, parece susurrarnos la caravana de personajes que transita por las páginas de este libro. ¿Hacia dónde? Hacia la nada, nos dice Murasaki, en voz baja y con absoluta tranquilidad.

Y es que existe una palabra –para los japoneses un valor estético— vinculada al budismo, que tal vez sirva para sintetizar lo que tan bien atrapó la autora en su relato: mujokan o el sentimiento profundo de impermanencia de las cosas. La “gota de rocío”, la “volátil tela de araña” o “las caducas flores de cerezo”, que nombran insistentemente los personajes, están ahí para recordarnos que nadie escapará a la fugacidad. No acudimos a mirar el nacimiento de la flor de cerezo sino su ciclo de vida y muerte, dijo alguna vez un japonés, y luego preguntó a su interlocutor: ¿también a usted le parece hermoso, verdad?

Una voz, un coro de voces

Genji Monogatari (Esacademic)

Iván Morris, en su libro El príncipe resplandeciente, se detiene en el que tal vez sea uno de los motivos de la sobrevivencia del Genji Monogatari a más de mil años de su nacimiento: la capacidad de observación, casi quirúrgica, del corazón humano demostrada por su autora. Los lectores de las distintas épocas no han estado de acuerdo en si se trata de una novela o si es correcto el orden de los capítulos, pero coinciden en que Murasaki Shikibu fue capaz de retratar a su protagonista no como nos gustaría que hubiera sido, sino como fue: un don Juan errático, a ratos inmoral, melancólico, nunca feliz.

En términos narrativos, existe un antecedente que probablemente alimentó la forma de mirar y contar de Murasaki. Se trata de los nikki o diarios, escritos por mujeres – también los hubo de hombres, pero éstos, en su mayoría, estuvieron dedicados a asuntos de gobierno y a la vida de la corte imperial—, cuyos primeros antecedentes se encuentran en la segunda mitad del siglo X y cuyas páginas, a diferencia de los diarios masculinos escritos en caracteres chinos, serán escritas en kana, silabario de origen japonés. Se trata, por primera vez, de una escritura única y propia. Sobre todo propia.

Y es que el momento histórico en el que se escriben estos textos es irrepetible. Tras un primer periodo de importación cultural, que se da con especial intensidad entre los siglos IV y IX, proveniente de China y en menor grado de Corea, Japón se encuentra lo suficientemente maduro cultural, administrativa y económicamente, como para procesar el conocimiento que ha adquirido. Ha adoptado un sistema de escritura –los ideogramas—, una religión –el budismo— y un sistema administrativo, político y social. Necesita volverlos propios y para eso cerrará sus puertas al intercambio durante los tres siglos siguientes. Nada entrará y nada saldrá de Japón desde fines del siglo IX hasta mediados del siglo XII. Y es en este proceso de asimilación de lo foráneo, en este encierro, donde las mujeres escriben los nikki, en otras palabras, la historia propia.

¿Qué fue lo que encontró Murasaki en estos diarios? La observación de la vida cotidiana y, sobre todo, una prosa de carácter introspectivo que daría credibilidad a las futuras formas de ficción. El escrito, que no fue pensado para circular de forma masiva, sino para ser leído ante un público muy reducido, seguirá viviendo, gracias a la labor de esmerados copistas y lectores devotos. Pasarán los años, los siglos, y a los textos que circulan como oficiales se sumarán diccionarios de lectura, versiones resumidas, enciclopedias y traducciones al japonés moderno, tres de ellas hechas por el escritor Yinichirô Tanizaki.

Genji lejos de Murasaki

El Genji Monogatari llegará a occidente traducido por primera vez, al inglés, por el japonés Suematsu Kencho, pero serán dos traductores, también de habla inglesa, Arthur Waley y Edward Seidensticker, quienes en 1933 y 1976, respectivamente, realizarán los trabajos que servirán de referente a las traducciones al alemán, francés y español, que hoy conocemos.

En esta última lengua destacan dos, que coinciden en su año de aparición, 2005: la de Jordi Fibla, de Ediciones Atalanta, y la de Xavier Roca-Ferrer, de Ediciones Destino. Lecturas que interesados en profundizar en el contexto y la recepción de la obra podrán complementar con El príncipe resplandeciente de Iván Morris (Atalanta), y Diario de Sarashina, compendio de diarios de damas de la Corte Heian (Destino).

Que nada se ha escrito mejor en ninguna literatura, dirá del libro Marguerite Yourcenar, y que es comparable a grandes clásicos occidentales como Cervantes o Balzac, dirá el ya mencionado Octavio Paz. Carlos Rubio en sus Claves y textos de la literatura japonesa, igual de entusiasta respecto de su lectura, decidirá llevarnos a otro terreno: un grupo de gerentes australianos tomó un curso para aprender a hacer negocios con sus pares japoneses. Nada de libros de economía. Nada de cifras. En la primera clase, su profesor señaló: la única forma de comprender el corazón japonés siguen siendo las páginas del Genji Monogatari.

Tomado de: Economía y Negocios. Septiembre 24, 2017.