Más allá del sexo

Le Dôme. Henry Miller. Tropic of Cancer, 1934. Art in Fiction (WordPress.com)

POR Manuel Hidalgo

Miller aterrizó en París en 1930 con June, su segunda mujer, y en muy malas condiciones económicas. Dispuesto a ser escritor, había dejado atrás un primer matrimonio, una hija y dos manuscritos que permanecerían inéditos hasta después de su muerte. Cuatro años después, Trópico de Cáncer reveló explosivamente a un escritor de fuerza incomparable

Henry Miller pudo formar parte por edad de la Generación Perdida (Hemingway, Scott Fitzgerald, Dos Passos…), pero llegó tarde a París y llegó tarde –aunque a tiempo— a la literatura. Publicó su primer libro a los 40 años. Además, el esencial componente autobiográfico de sus obras, la explícita carga sexual de sus argumentos y, a no olvidar, sus singularidades estilísticas y lingüísticas lo convirtieron, en cierto modo, en una isla. A cambio, y pese a la prohibición en Estados Unidos de sus principales novelas hasta comienzos de los 60, Miller se convirtió en un referente del movimiento beat, de los hippies y de sus manifestaciones literarias anexas.

Miller aterrizó en París en 1930 con June, su segunda mujer, y en muy malas condiciones económicas. Dispuesto a ser escritor, había dejado atrás un primer matrimonio, una hija y dos manuscritos que permanecerían inéditos hasta después de su muerte. Cuatro años después, la publicación de Trópico de Cáncer reveló explosivamente a un escritor de fuerza torrencial e incomparable, que no dudaba en utilizar un lenguaje tenido por obsceno para contar sus innumerables y tórridas experiencias sexuales parisinas en un contexto vital desgarrado, apasionado y precario.

Aunque continuaron viéndose, ese mismo año (1934) Henry se divorció de June, con la que había tenido ya crisis, notoriamente antes de aceptar formar un triángulo con una amante de ella, la artista Jean Kronski, experiencia que repetiría, por corto tiempo, cuando él se hizo amante de Anaïs Nin, escritora de origen cubano-catalán.

Los amores y las promiscuas relaciones sexuales de Henry, June y Anaïs, juntos y por separado, con sus nombres verdaderos o con nombres figurados, están profusamente detallados en los sucesivos libros de Miller y en varios de los volúmenes de los Diarios que publicaría la Nin, estos últimos fuente principal de la interesante y descafeinada película Henry y June, dirigida por Philip Kaufman en 1989. Antes de volver a Estados Unidos, Miller confirmaría la médula de su literatura con otras dos novelas, Primavera negra (1936) y Trópico de Capricornio (1939).

A partir de 1939, Miller pasó un año en Grecia invitado por su amigo Lawrence Durrell. De esa estancia con el autor de El cuarteto de Alejandría, quedó un libro excepcional, en todos los sentidos, en la carrera de Miller: El coloso de Marusi (1941).

Henry Miller nació en 1891 en Yorkville, un barrio de Manhattan, que forma parte del hoy distinguido y elegante Upper East Side. Su padre era simplemente un sastre de origen alemán, en cuyo taller llegaría a trabajar el joven Miller, un mal estudiante que no pudo completar adecuadamente sus estudios en el colegio y que se empleó en trabajos tan diversos como los de empleado en una fábrica de cemento o en una compañía de telégrafos. La familia se trasladó a Brooklyn, que fue durante años cruciales el territorio en el que creció el escritor.

Henry Miller – Author – Biography.com Bio.com

Navona edita ahora El puente de Brooklyn, con traducción de Carlos Manzano, una colección de seis relatos inéditos en castellano que toma su título de uno de ellos, si bien el título original de este libro, publicado en 1955 entre Plexus (1952) y Días tranquilos en Clichy (1956) –dos obras más importantes—, sería, en castellano, el nada despreciable de Noches de amor y risa.

El lector persuadido de que la única identidad de Miller como escritor procede del cultivo literario de la sexualidad no encontrará lo que espera, aunque uno de los textos esté dedicado –siempre lo autobiográfico— a su relación con una prostituta, una de tantas que mantuvo con las profesionales del sexo.

Aquí aparece el Miller observador de la condición humana y de los tipos con significación social y existencial, el que reflexiona y especula, el que se demora y se explaya con consideraciones psicológicas y, dicho en términos vulgares, filosóficas.

Confeso admirador de Dostoievski y Nietzsche, que él mismo citó como sus referentes formativos, Miller era, a su modo, también un pensador crítico y político que reflexionó, desde una perspectiva ácrata, sobre la sociedad de su tiempo y, muy especialmente, sobre el modo de vivir norteamericano, que detestó por su componente puritano y capitalista, como quedó explícito en Pesadilla de aire acondicionado (1945), un libro fruto del fermento de los viajes que hizo por su país a su regreso de Francia.

Es absurdo desmentir que Miller fuera un escritor especializado en los avatares del sexo, pero, al fin, esa es una losa que pesa sobre él y su literatura y que no sólo opaca al hombre culto que dedicó libros a Rimbaud, Cendrars –amigo suyo en París— y D.H. Lawrence, claro, al lírico y desesperado poeta en prosa, al ensayista, al detentador de una conciencia inconformista respecto a su país y a su época, sino que también distorsiona el modo en el que el sexo era para él no sólo sexo, sino el epicentro de un complejo conjunto de terminales y ramificaciones –la muerte, la angustia, la falta de sentido— que, sin descartar ni mucho menos al placer, se congregan en la actividad amatoria del ser humano.

Por no hablar, como ya se ha apuntado antes, de la importancia de un estilo literario propio en la obra de Miller o de la relevancia y hasta encanto de su escritura en uno de sus libros, al margen del sexo, que yo más prefiero, El libro de mis amigos (1976).

Pero Miller, por supuesto, remachó su identidad como pregonero de las turbulencias del sexo en la trilogía, siempre autobiográfica, de La crucifixión rosada: Sexus (1949), Plexus (1952) y Nexus (1960).

Instalado en el costero Big Sur californiano desde los años 40, Miller, buen pintor también, tuvo tres mujeres y dos hijos oficiales más, hasta que, muy interesado por el misticismo y las religiones orientales, falleció en junio (June, en inglés) de 1980 tras alcanzar la merecida condición de ser nuestro contemporáneo (Y no he hablado ni de Brassaï, ni de Perlès, otro día).

Tomado de: El Mundo. Actualizado: Marzo 28, 2015.