Alcohol y escritura

Piénsenlo por un momento: la postura del alcohólico que es capaz de sobrevivir a todo es la mejor publicidad de un autor que, como Charles Bukowski, incluso hace del alcohol y los excesos una de las temáticas obsesivas de su obra literaria. ¿Sería tan popular si se hubiese tratado de un hombre sobrio?

Why Authorship And Alcohol Have Gone Together? (Interrete)

POR Óscar Garduño Nájera

Piénsenlo por un momento: la postura del alcohólico que es capaz de sobrevivir a todo es la mejor publicidad de un autor que, como Charles Bukowski, incluso hace del alcohol y los excesos una de las temáticas obsesivas de su obra literaria. ¿Sería tan popular si se hubiese tratado de un hombre sobrio?

En su libro Hemingway contra Fitzgerald. Auge y decadencia de una amistad literaria (Siglo Veintiuno de España Editores, 2002), Scott Donaldson nos proporciona algunos de los motivos que llevan a los escritores (en este caso, el de Hemingway y el de Fitzgerald) a consumir alcohol y cita la Historia natural del alcoholismo del doctor George Vaillant, quien define al alcoholismo como una enfermedad en la que “la pérdida de control voluntaria sobre el consumo de alcohol se convierte en una causa necesaria y suficiente de una gran proporción de la morbidez social, psicológica y física de una persona”.

A continuación, Donaldson nos proporciona una lista de autores para los que el alcohol no sólo fue una desgracia sino una epidemia a mediados del siglo XX: E.A. Robinson, Dreiser, Stephen Crane, London, Hart Crane, O´Neill, Lardner, Lewis, Faulkner, Wolfe, Millay, Parker, Benchley, Thurber, O´Hara, Steinbeck, Hammett, Chandler, Cummings, Roethke, Berryman, Tennessee Williams, Inge, Capote, Saroyan, Aiken, Kerouac, Agee, James Jones, Lowell, Jarrell, Sexton, Cheever, Stafford, Carver, entre otros. Agreguen ustedes a sus preferidos.

A partir de lo antes expuesto nos podríamos aventurar a hacer nuestra propia lista en lo que a escritores mexicanos se refiere: Ramón López Velarde, Manuel Acuña, Jorge Ibargüengoitia, José Revueltas, Efraín Huerta, Eusebio Ruvalcaba, Parménides García Saldaña, Izrael Trujillo, José Francisco Conde Ortega, Eduardo Cerecedo, Rolando Rosas Galicia, Carlos Martínez Rentería, Gonzalo Martré, entre otros. Y no porque no tengan muchos de ellos una obra literaria sólida (que en otros casos ni a eso llegan), sino porque en algún momento de sus vidas se han visto afectados directamente por el alcoholismo u otras sustancias, como es el caso de Parménides García Saldaña.

Donaldson se hace la siguiente pregunta: “Una de las razones de la epidemia es la epidemia en sí. Si todos estos grandes escritores eran alcohólicos, ¿no es lógico que beber sea condición sine qua non para ser un gran escritor?” Esta parecería ser nuestra primera clave. El alcoholismo de un escritor es igual al alcoholismo de cualquiera que llegue a Alcohólicos Anónimos. No sirve como inspiración. No sirve para relajarse. Y sí para autodestruirse junto con la obra literaria que en algún momento fueron capaces de producir. “Tal como lo expresó el poeta Donald Hall: ‘Parece que se acepta de una manera extendida y casi proclamada a los cuatro vientos que es natural que uno desee destruirse’”. Y es el caso de muchos de nuestros jóvenes creadores. Supongo que los grandes ya no nos importan, son casos perdidos.

Writers and Rum (The New Yorker)

Este es un punto que les debería quedar claro a los jóvenes. Sin embargo, antes de aprender el talento de aquel narrador a quien admiran, le aprenden los vicios, lo imitan, se trata de una competencia de carreritas, si aquellos eran borrachos, los jóvenes lo tienen que ser aún más, como en uno de los cuentos del libro Tobalá y otros mezcales oaxaqueños de Gerardo de la Torre, donde uno de los personajes principales sentencia al final de un viaje que emprende junto con su compañero por lo que llaman la ruta de Lowry: “Quizás no sea tan buen escritor como Lowry (Malcom), pero sí voy a ser más borracho”. Porque si se trata de beber, todos, sin excepción somos buenos. No así a la hora de escribir.

Porque es una “naturaleza” de cualquier creador artístico, y así es como “la cultura americana ha llegado a considerar normal esa pulsión autodestructiva en sus artistas (…) Esta perniciosa doctrina ha estimulado a jóvenes escritores a emular a los Berryman, O´Neill, Fitzgerald, etcétera, a beber hasta la insensibilización total mientras ‘los consumidores de la muerte vicaria’ miran desde la barrera y aplauden. El aplauso se debe reservar a los escritores que sobreviven. La autodestrucción no es ningún índice infalible de genialidad, y la genialidad no es ninguna justificación para la autodestrucción”.

El caso antes expuesto aplica a nuestro venerado, fastidiado y recalcado, comercial, porque no literariamente, Bukowski. Son cientos los jóvenes que al verse imposibilitados por emular su talento narrativo (que lo tiene y con creces) optan por admirar la figura del escritor alcohólico al que cualquier tipo de excesos le quedan guangos. En cuanto a Bukowski, se produce un fenómeno: su figura y su leyenda superan con creces a su obra, es decir, sabemos hasta las marcas de las cervezas que consumía, pero no hemos leído nada de él.

Las dudas aparecen: ¿era capaz de escribir con semejantes borracheras encima? ¿No será más la fama que se genera en torno a la leyenda que lo que realmente bebía? Piénsenlo por un momento: la postura del alcohólico que es capaz de sobrevivir a todo es la mejor publicidad de un autor que, como Bukowski, incluso hace del alcohol y los excesos una de las temáticas obsesivas de su obra literaria. ¿Sería tan popular si se hubiese tratado de un hombre sobrio? Son sólo preguntas que dejo al aire. Lo cierto es que cientos de adolescentes talentosos se ven identificados en su figura y siguen su ejemplo, como si se tratase de lecciones escolares, con los resultados que todos conocemos: se quedan a medio camino entre lo que pudieron haber sido gracias al alcoholismo o a la drogadicción. Así, en El viaje a Echo Spring (Ático libros), su autora, Olivia Laing, recoge el ejemplo de seis autores (Hemingway, Fitzgerald, Carver, Cheever, Berryman y Williams) y busca responder el por qué de su adicción. En una entrevista para el sitio la Vanguardia.com, Olivia afirma: “Crecí en una familia alcohólica y necesitaba entender no sólo el alcoholismo en sí, sino el efecto que había tenido en la literatura”, y posteriormente nos aclara: “Estos novelistas tuvieron una infancia infeliz y similar. Todos sufrían ansiedad social y depresión, y parece que buscaron la salida en la bebida. Pero el alcohol es una sustancia adictiva y el alcoholismo una enfermedad progresiva. Y luego están las tensiones particulares de la vida de la escritura: el escrutinio público, la crítica, la necesidad de mantener el rito de trabajo”. Aquí cabría agregar que en muchos casos actualmente el alcohol está siendo desplazado por el uso de la cocaína, sustancia que cada vez es más frecuente encontrar entre jóvenes autores, ya sea porque aumenta su capacidad de trabajo (así sea llevando el pulso cardiaco a sus límites), ya sea porque de las drogas es una de las más adictivas.

Laing nos aclara: “Muy pocos de estos novelistas escribieron en estado ebrio. Bebieron en otros momentos del día para aliviar la presión de sus vidas, pero no para estimular la creatividad”, y enseguida nos proporciona algunos ejemplos de escritores que sucumbieron a los demonios del alcohol:

  • “Jack Kerouac fue un escritor pionero de la Generación Beat, marcada por el uso de las drogas. Sus viajes bohemios, las drogas y el sexo perfilaron el carácter de su recorrido literario, que llegó a su punto álgido con On The Road (En la carretera, 1957). Su alcoholismo le provocó una prematura muerte a los 47 años.
  • La década de los ochenta guió a Stephen King por un camino turbulento. En 2013 el novelista reconoció en una entrevista sus problemas con el alcohol: ‘Me tomaba una caja diaria de cerveza, 24 o 25 latas. Tomé todo lo que pueda imaginarse. Cocaína, Valium, Xanax, lejía, jarabe para la tos… Digamos que era multitoxicómano. Lo malo es que entonces no había programas de ayuda’.
  • Las propiedades alucinógenas de la mezcalina influyeron en el proceso creativo de Jean-Paul Sartre, en concreto en su libro La náusea (1938). Esta droga hizo que el filósofo y novelista francés viera crustáceos durante años. Además, era adicto a las anfetaminas: las consumió durante 20 años”.

Ernest Hemingway and Antonio Ordoñez dining at the Ordonez ranch (John F. Kennedy Presidential Library & Museum)

Con tales antecedentes es normal que el joven creador que apenas comienza se deje enganchar tan rápido, con la falsa creencia de que el alcohol, más que ser una adición que debe tratarse, es una especie de fuente de inspiración, lo cual resulta contraproducente, ya que será su organismo el que pague las consecuencias y no su obra, la cual en la mayoría de los casos queda relegada por las fiestas, los encuentros en cantinas, las presentaciones de libros, y los posteriores cócteles, y las desgraciadas resacas donde nadie en su sano juicio es capaz de escribir una línea decente.

Entre los creadores artísticos el alcohol resulta por demás paradójico, es decir, si se trabaja con la mente y con las ideas que de aquí salen, ¿cómo es posible que se crea que bajo los efectos del alcohol se conseguirá la obra que tanto se desea? Es una contradicción que a primera vista nos parecería graciosa, eso de no ser porque muchos de nuestros creadores pagan las consecuencias con la vida misma, como en el caso de José Revueltas o de Eusebio Ruvalcaba.

Donaldson cita a El alcohol y el escritor de Goodwin: “Escribir es una forma de exhibicionismo; el alcohol disminuye las inhibiciones y propicia el exhibicionismo en mucha gente. Escribir exige un notable interés por las personas; el alcohol aumenta la sociabilidad y hace que las personas parezcan más interesantes. Escribir entraña fantasías; el alcohol potencia la fantasía. Escribir requiere confianza en uno mismo; el alcohol aumenta la confianza. Escribir es un trabajo solitario; el alcohol mitiga la soledad. Escribir exige una intensa concentración; el alcohol relaja”.

Viéndolo de esta forma pareciera que el alcohol cumple sus propósitos en los escritores; sin embargo, ¿cuánto hemos hecho del alcohol y de las drogas símbolos inherentes a los creadores artísticos? Lo mismo que la pobreza, las drogas y el alcohol se dan de manera “natural” entre los escritores. Es una condición absurda. Si tienes dinero o una buena estabilidad económica no puedes ser buen escritor. Si no eres borracho o drogadicto no puedes ser buen escritor.

Dadas las condiciones anteriores resulta normal que los jóvenes escritores se sientan enganchados a los vicios antes que al trabajo que exige una disciplina tan dura como lo es la escritura. Y en mucho ayudan las figuras que en algún momento consiguieron destacar. La incomprensión nos lleva a pensar que si escribieron lo que escribieron lo hicieron desde alguno de los vicios, así es cómo restamos lo que en realidad cuenta: el talento, algo que lamentablemente, para mala suerte de ellos, no da ni el alcohol ni la droga.