Ishiguro: entre la sobriedad inglesa y la sensibilidad japonesa

El autor muestra la diferencia que hay entre el artista y la persona, y lo que la fama hace de esta última. Y también lo que es prurito de su obra, que un artista se mueve entre lo sobrio y lo sensible; al fin y al cabo, la escritura de Ishiguro oscila entre la sobriedad inglesa y la sensibilidad japonesa

Nobel Laureate Kazuo Ishiguro Once Wrote A Screenplay About Eating (Utah Public Radio)

POR Jorge Iván Parra

El autor muestra la diferencia que hay entre el artista y la persona, y lo que la fama hace de esta última. Y también lo que es prurito de su obra, que un artista se mueve entre lo sobrio y lo sensible; al fin y al cabo, la escritura de Ishiguro oscila entre la sobriedad inglesa y la sensibilidad japonesa

La escritura del autor japonés Kazuo Ishiguro, flamante Premio Nobel de Literatura 2017, es detallada, minuciosa y de una morosidad tan ostensible que exige lectores que lean sin afán. Un breve comentario de algunas de sus obras bien puede servir de acercamiento.

Nunca me abandones (2005) es tal vez la novela de Ishiguro más crítica con la sociedad, con las políticas de Estado y con la educación. Si existen instituciones capaces de inventar cualquier sandez con tal de diferenciarse de las demás, Hailsham es la número uno. Allí se forma a “expertos” futuros donantes que mientras cursan sus estudios tienen muchos privilegios, aunque controlados, no vaya a ser que, por ejemplo, les dé por enamorarse o aspirar a tener hijos. Como la pasan tan bien, no atisban la crueldad del futuro que les espera. Es una transacción mefistofélica (o fáustica) y por tanto no hay lugar a deserciones ni arrepentimientos, trato es trato.

La profesión de donante se ejerce hasta que a cada uno le llega la hora de “completar”, el eufemismo utilizado para significar que el organismo ya no aguanta. El título de esta utopía (o distopía, según se mire) está inspirado en una canción de Judy Bridgewater, cuya letra es el consuelo de una de las protagonistas.

Pálida luz en las colinas (1982) podría ser la más japonesa de las novelas del Nobel, pues ocurre en un pueblo aledaño a Nagasaki, en los años posteriores a la caída de la bomba. La narración gira alrededor de varias mujeres que como pueden tratan de ganarle el pulso a la miseria, ¡a la tragedia! Casi toda la acción recae en Mariko, una niña cuyo trauma deja de ser un misterio cuando se nos revela que se debe a que vio cómo una mujer desesperada (o enloquecida) ahogaba a su bebé.

Por otra parte, la elegancia y sobriedad (muy inglesas) de la escritura de Ishiguro, y la precisión y maestría en los diálogos, son el soporte de Los restos del día (1989), una novela que atrapa al lector, a pesar de que carece casi por completo de acción. Si bien el protagonista, Stevens, mayordomo de fuste, de los que si acaso quedará alguna muestra en la clase noble inglesa, realiza un viaje desde Oxford hacia distintos lugares de la geografía inglesa (Salisbury, Moscombe, Cornualles, entre otros), la historia se desarrolla en un espacio cerrado en el que los personajes (de dos épocas) entran, dialogan y salen como en una obra de teatro.

Es la mansión de Darlington Hall, donde, recién pasada la Primera Gran Guerra y en la prefiguración del nazismo, se toman las decisiones políticas más trascendentales para Europa. Es, pues, todo un escenario para la diplomacia. A Stevens y a Miss Kenton (el ama de llaves) les cae la responsabilidad de atender sin margen de error a caballeros, embajadores, generales y cancilleres franceses, ingleses y alemanes (incluido el famoso Ribbentrop).

La novela entra en el plano axiológico cuando muestra que nada, ni siquiera la vida sentimental, está por encima del desempeño de las funciones. Hasta la muerte de un ser querido dentro de la mansión deja de ser óbice para cumplir con el deber. ¿Estará históricamente bien documentado el hecho de que el destino de Europa estuvo en manos de la plutocracia? Si no lo está, la novela de Ishiguro lo ilustra.

Dos obras exponen la sensibilidad artística del nobel: Un artista del mundo flotante (1986) muestra su afinidad con la pintura. Es la historia de varios pintores que ante el hecho de que en un Japón derrotado el palo no está para cucharas, deben replantear los temas de su arte.

Antes de la guerra, la vida era más complaciente y, por ello, un pintor se podía regodear en el tema del “mundo flotante”, es decir pasajero, que da cuenta de “placeres que desaparecen con la luz del día”. Un país vapuleado exige que los artistas se comprometan con la realidad.

A ello llega Masuji Ono, gracias a que su amigo Matsuda le dio a conocer la miseria. La novela, como todas las del autor, está hecha de reminiscencias que enfrentan al lector a una temporalidad incierta.

Finalmente, Nocturnos (2009), su único libro de cuentos, tiene como hilo conductor la música. Los protagonistas son músicos o artistas en todas sus facetas: inicios, expectativas, éxitos y fracasos. El autor muestra la diferencia que hay entre el artista y la persona, y lo que la fama hace de esta última. Y también lo que es prurito de su obra, que un artista se mueve entre lo sobrio y lo sensible; al fin y al cabo, la escritura de Ishiguro oscila entre la sobriedad inglesa y la sensibilidad japonesa.

Tomado de: El Tiempo (Colombia). Diciembre 15, 2017.