La vejez

Pienso en la muerte como una esencia que a nosotros culturalmente nos resulta trágica. Pero también pienso en la vejez como la antesala de la muerte. Pienso en los medios de los que se vale la muerte una vez que decide fastidiar al cuerpo. Entre la muerte y el cuerpo hay un diálogo constante donde ambas partes se gritan de una habitación a otra

Old People (The NoMad Guy)

POR Óscar Garduño Nájera

Pienso en la muerte como una esencia que a nosotros culturalmente nos resulta trágica. Pero también pienso en la vejez como la antesala de la muerte. Pienso en los medios de los que se vale la muerte una vez que decide fastidiar al cuerpo. Entre la muerte y el cuerpo hay un diálogo constante donde ambas partes se gritan de una habitación a otra

Primera escena. Estamos los tres en la mesa. Es de noche. Mi madre, mi tío y yo. Cada que nos sentamos a tomar el café de la noche hablamos. Al menos yo lo intento. En ocasiones lo consigo. Cuento cualquier tontería o los hago reír. También me pongo de pie, bailo frente a ellos, imito a cualquier orangután. En ocasiones me dejan con mis palabras. No están para escuchar tonterías. Al parecer ellos se saben la vida de memoria. Como si hicieras trampa en un juego de lotería.

En ocasiones hablamos tan sólo con las miradas. La de mi tío se pierde en algún punto de la mesa. Un objeto. La azucarera. La bolsa del pan de dulce. Su taza humeante de café. La de mi madre se pierde al fondo. En la ventana que se encuentra al lado de la puerta. Desde ahí observa con detenimiento todo lo que ocurre en la unidad habitacional donde vive. Quién entra. Quién sale. Qué coche es el que llega. Y cuando entra el camión que les lleva los tanques de oxígeno se para de inmediato. Dificultosamente avanza. Tan sólo es un saco de huesos cuya sonoridad se esparce en su alma. Y abre la puerta para que el encargado de cambiar los tanques de oxígeno entre. Ya para entonces ladran las dos perritas french: Milagros y Hurí.

La única excepción esta noche es que mi tío se ha perdido por más tiempo. Son de esos instantes en los que quizás consigues desprenderte por completo de tus pensamientos para centrarte en un poderoso recuerdo. Seguro a muchos de ustedes les ha pasado. Con algo de paciencia se puede comprobar que en la vejez son más frecuentes. Si existe una explicación médica para esto, no me importa. Interrumpe mi madre. Lleva ya varios minutos con su mirada extraviada en sus también envejecidas manos. ¿En qué piensas? Es lo que pregunta mi madre. Prefiero no intervenir. Entre ellos dos han aprendido a comunicarse con un lenguaje que a nosotros nos resulta extraño pero que es altamente efectivo. A través de los lamentos que dejan las dolencias. La casa de mi madre es un castillo de lamentos. Están los dos en ese punto en el que hasta mover una pierna duele.

Mi tío tarda en responder. Tal vez piensa la respuesta. Me refiero a que tal vez piensa cómo la va a plantear en la mesa. Entre nosotros dos. No así en las palabras que utiliza. En que me arrepiento de muchas cosas que no hice. Es lo que le contesta a mi madre. Yo en esos momentos soy un invitado inoportuno. Agrega: cuando tuve el tiempo no hice muchas cosas. Y ahora me arrepiento. Bien vistas, podrían ser las últimas palabras de un hombre que ha sido condenado a la horca. Si las dice frente a todo el pueblo tal vez le condonen la pena. Y ahora me arrepiento. Mi tío es tajante. Prosigue. Pero ya qué puedo hacer. Estamos como prisioneros. Alcanzo a ver su mirada: una de esas que dicen son nubladas. Son de ese tipo de miradas que siempre llevarás contigo. Pase lo que pase.

Mi madre guarda silencio. También yo lo hago. Frente a este tipo de declaraciones no hay mucho que se pueda decir. Mi tío bebe su café, muerde su pan de dulce, se lo termina y se despide no sin antes dar las gracias a mi mamá y a mí, y desearnos buenas noches. Dónde enterró sus palabras, lo ignoro. Eso si es que acaso las olvidó. Confiemos en el olvido como una de las más exitosas virtudes de las memorias envejecidas. Eso: la vejez.

26 best smoking images on Pinterest (Pinterest)

Segunda escena. Escribo desde la banca de una clínica del Seguro Social mientras espero mi turno. Es uno de esos días especiales. Desde que entré lo he percibido en la atmósfera que nos envuelve a todos los que nos encontramos aquí. La mayor parte de los pacientes son viejos. Y la mayor parte en condiciones deplorables. No exige mucha ciencia darse cuenta de ello. Miradas a punto de extinguirse sofocadas por su propio incendio. Miradas donde aún sobrevive en huelga de hambre algún destello de luz. Se apaga poco a poco. Parpadear en ocasiones duele. Pero también miradas con una pizca de alegría. Supongo que se trata de una alegría forzada. Una de esas alegrías que empujan desde abajo los mecanismos intransigentes de la vida. Corrijo: no se puede forzar a la mirada. Ni siquiera la vida puede con ella. Es un acto imposible. Supongo que por eso lo último que queda de alguien que va a morir es la mirada. Hasta la de los ciegos. Pienso en José Saramago y en su Ensayo acerca de la ceguera.

Hombres y mujeres van de allá para acá y en su caminar arrastran una envejecida melancolía. En su mayoría, viejos que caminan, aletargados, distantes a un mundo que ya no les pertenece, acompañados de algún familiar.

Frente a donde me encuentro una pareja a la que acompaña su adolescente nieta. Ella se encarga de darlo a entender cuando se refiere a la pareja como mis abuelitos.

El viejo hace una pausa. Son de ese tipo de pausas donde alcanzas a verte por dentro. Lo sabían los filósofos presocráticos y no se tomaron la molestia de pasarnos la receta con todos los ingredientes. Esas pausas donde acaso sientes lo que es tu existencia de tajo, así como se corta un buen pedazo de carne. Le asignas otro significado a tu existencia. Para eso es que tienes tantos años. El viejo habla lentamente. Ni siquiera se toma la molestia de voltear a ver a la mujer. Fumé 45 años y pienso dejar de fumar otros 45. ¿Y cuántos llevas? Pregunta su esposa. Él dice un número. Su nieta intenta burlarse pero se contiene al ver la seriedad en las palabras de su abuelo. La esposa saca una libretita de su bolsa negra, un bolígrafo que presume es de gel, el viejo dice que está bonito y la esposa hace la cuenta, mientras el viejo se adelanta y saca una calculadora, de esas portátiles, de la bolsa de su chamarra. La mujer termina antes que él. Clara y concisa da el resultado de la ecuación matemática. Me incluyo: todos nos sorprendemos. El viejo permanece pensativo el tiempo suficiente para que su esposa guarde la libretita y el bolígrafo, luego de comentar con su nieta que le va a comprar uno igual, de gel. No podemos descifrar los pensamientos. Incluso en una época donde la tecnología nos lleva a fronteras que en algún momento creíamos imposibles, los pensamientos permanecen atados al hombre o a la mujer que los produce. El día que se consiga leerlos perderá chiste buena parte de la vida.

A ver si alcanzo a llegar. Es lo que dice el viejo para poner punto final a la conversación. A ver si alcanzo a llegar. Me quedo con esto. Me lo llevo al altarcito. Es como si se tratara de una carrera en contra de la muerte. Como si ésta te pisara los talones, le sacaras delantera, te empata, corre más que tú, mueve las piernas como feroz velocista, te toca el hombro e incluso se burla de ti porque sabe que, hagas lo que hagas, incluso con trampas y fraudes, prometas lo que prometas, ella habrá de ganar la carrera sencillamente porque se trata de SU CARRERA, porque es ella quien desde el inicio te informó de las reglas; y tú como mal corredor no las respetaste.

Está claro que el viejo se refiere a los años que le hacen falta para completar los 45 sin fumar. Pienso en cuántos cigarros te puedes fumar en 45 años si fumas, digamos, moderadamente. Pienso en la muerte como una esencia que a nosotros culturalmente nos resulta trágica. Pero también pienso en la vejez como la antesala de la muerte. Pienso en los medios de los que se vale la muerte una vez que decide fastidiar al cuerpo. Entre la muerte y el cuerpo hay un diálogo constante donde ambas partes se gritan de una habitación a otra. Quiero decir que se molestan, se fastidian, hasta que la muerte invade la habitación contigua tan sólo para demostrar, también en su más pura esencia, pero ahora moral, la finitud del hombre: una esencia trágica que deja de ser presencia cuando la muerte así lo dispone. Una conclusión: la muerte siempre está más viva que nosotros.

7 best foto’s algemeen images on Pinterest (Pinterest)

Tercera escena. Hasta ahora ignoro cómo es la vejez y en realidad no es que me prepare para ella. Quien así lo asegura, miente. Nadie está preparado para ella. Así como nadie está preparado para los dolores, para el cansancio, para los sueños truncados, para las dolencias propias de cualquier infeliz enfermedad.

Inmediatamente asocio la muerte con el tiempo. Es directamente proporcional aunque no condicional. Sólo somos plenamente conscientes que somos viejos cuando el tiempo pasa por nosotros. Es decir: cuando realmente somos conscientes de la existencia del tiempo. ¿No les parece esto maravilloso?

Envejecemos porque existe el tiempo. Porque previamente nos hemos dado a la tarea de construirlo, de moldearlo conforme a nuestras necesidades, de recurrir a él cada que se nos antoje para festejar aniversarios de cualquier tipo. Por eso es que también sabemos cuando llegamos tarde o cuando llegamos puntuales a una cita.

Que el hombre es tiempo ya nos lo han advertido la mayoría de los filósofos. Y la muerte no se queda atrás. De hecho, bien visto, la muerte tiene mayor posesión del tiempo que la vida, pues resulta hasta ocioso señalar que permanecemos más tiempo muertos que vivos. He aquí una hermosa paradoja, una lección para quien se ocupe más de vivir que de morir: mientras más vives, más mueres, y es una condición milagrosamente inevitable.

A los viejos se les mira más cercanos a la muerte porque justo en ellos es donde germina el tiempo de los tiempos. Cualquiera ha sido en algún momento de la vida injusto con algún viejo. O les hemos gritado. O los hemos tratado como si ya estuviesen muertos. O nos han fastidiado tanto que desde el fondo de nuestros corazones hemos deseado su muerte para luego cargar un enorme saco de remordimientos. Los viejos lo saben: es su justa venganza.

Hay que tomarlo con calma y dejar el látigo en la esquina. Esto se debe a que valores morales como la bondad o las buenas intenciones no están hechas para las características del ser humano sino para los cuentos de hadas. Hasta ahora aún no nos queda claro que el ser humano es un amasijo de porquerías. Que así como dice hacer el bien, hace el mal no sólo a los de su propia especie. Que así como dice creer en el amor, y componer las más hermosas creaciones artísticas, no duda en matar de hambre al prójimo. Que así como dice venerar la enseñanzas de los viejos, no duda en hacerlos menos cada que puede, en darse a la tarea de olvidarlos, que ellos se fastidien y se construyan un mundo aparte, y si se mueren, mucho mejor. Que así como ellos quizás nosotros un día lleguemos a la peor vejez, porque los tiempos que corren no son nada optimistas, y si tomamos en cuenta, como ya lo señalamos, que el tiempo es directamente proporcional a la vejez, nos esperan muy malos tiempos, donde acaso los viejos servirán de adorno para cualquier mesa de XV años. Eso lo sabe hasta mi tío. Eso lo sabe hasta mi madre. Eso lo sabe hasta el señor que pretende dejar de fumar 45 años. Y los viejos nos sacarán la lengua. Y mandarán el mundo a la mierda. Entonces, sólo entonces, quizás aprendamos una valiosa lección de ellos. Quizás no. A estas alturas ya nada importa. Ni siquiera los viejos. Ni siquiera nosotros mismos.