Los Frankenstein de nuestra era

Los Frankenstein de nuestra era (Tecnovortex)

POR Byron Rizzo

Mary Shelley fue testigo de una época muy particular en la historia humana, que ejerció de bisagra entre el ocultismo y las costumbres arcaicas, y el positivismo científico (a veces desbocado) del siglo XIX y XX. Gracias a eso pudo nutrirse en parte de su propia genialidad y habilidad de imaginación, y de un par de casos que vale la pena recordar

Hace ya casi 200 años, Mary Wollstonecraft Shelley empezó a rumiar el que se convertiría en el primer relato de ciencia ficción de la historia. Desde las particularidades de su creación, los detalles históricos que lo inspiraron, hasta las consecuencias visibles hoy en día, podemos asegurar sin temor a dudas que Frankenstein, o El Moderno Prometeo, es un clásico atemporal. Y si a algo debe ese mérito, es a la constante validez de las preguntas, inquietudes e ideas que plasmó con maestría su autora.

Pero hay mucho más escondido entre sus hojas que pericia al escribir: Un claro mensaje a las generaciones venideras. Uno que nos convendría refrescar, siempre que se pueda. Lleno de sueños a futuro, que cada tanto, se convierten en pesadillas…

El comienzo

Una fría y tormentosa noche de verano encontró a tres de los mejores escritores de la historia reunidos junto a la chimenea. Fría, porque estaban viviendo en 1816, El Año sin Verano, una época muy difícil y pesimista, en la que Europa sufrió el azote de un invierno interminable. Allí, reunidos en las montañas suizas, el grupo de amigos se encontraba varado en las residencias de cierto Lord, esperando que los caminos se abrieran de nuevo.

Dos de ellos, jóvenes esposos, eran Percy Bysshe Shelley, poeta dotado como pocos, y Mary Shelley, hija de padres también ilustres. Se habían trasladado a Villa Diodati para acompañar al mejor amigo de Percy, el loado poeta y mito viviente, Lord Byron. Junto a ellos, se encontraba el médico personal del Lord, John Polidori.

Fue entonces, ante tan tétricas circunstancias de preocupación por el clima y las repercusiones que tendría, que decidieron amenizar la noche contando historias de fantasmas. Los Shelley recientemente habían viajado por toda Europa, pero fue especialmente en Alemania donde pudieron encontrar más leyendas para relatar esa velada. Byron, siempre fascinado con la mística de oriente, contó cuentos de vampiros provenientes de tierras lejanas.

Durante aquel recital fue que la incisiva agudeza del Lord recibió el llamado de la Historia, proponiendo a sus invitados un desafío: Escribirían historias de terror, y elegirían un ganador. De aquella competencia amigable, nacerían las semillas de dos géneros literarios enteros.

Por un lado, Polidori continuó fascinado con los relatos de vampiros, y terminó por escribir el primer cuento moderno de los mismos, que sería publicado años después. Aquel mismo que fue la inspiración de Bram Stoker para Drácula.

Pero fue por el lado de Mary, tal vez el que nadie esperaba teniendo en cuenta a los otros dos titanes de las letras que tenía junto a ella esa noche, que surgió la idea más original. Era sólo cuestión de tiempo para que Frankenstein fuese un libro que marcaría centurias.

El relato

Prometheus 1 (Greek Mythology Link)

Tal vez por considerarlo clásico todos tenemos una noción, aunque sea mínima, de sobre qué trata Frankenstein. Como suele suceder con muchas cosas, el desconocimiento y la malinterpretación nos juegan en contra. En este caso, muchísima gente cree que el nombre hace referencia al monstruo.

Craso error. Es el apellido de Victor Frankenstein, el creador de la criatura. Y como el mismo nombre (completo) del libro sugiere, se trata más sobre él que sobre su pobre monstruo. Me refiero a Prometeo, el titán de los mitos griegos. En él, el titán se convierte en el creador y amigo perpetuo de los humanos, entregándoles el fuego más adelante.

Luego retomaremos al titán, pero por el momento es suficiente para comprender que Frankenstein es mucho más profundo que la historia de un ser deforme.

La criatura dista muchísimo de lo que normalmente se nos viene a la cabeza al pensar en ella. Torpe, con dificultades en el habla… nada de eso tenía el ser en la novela. De hecho podríamos definirlo como un ente sobrehumano, genial. Tan así es que en poco tiempo aprende a hablar fluidamente francés, alemán e inglés. Victor no creó un monstruo, creó un superhombre.

El libro retrata a la perfección las dudas existenciales, morales y éticas, que la ciencia se ha tenido que plantear desde sus comienzos mismos. Estas preguntas sin respuesta certera son tan válidas hoy en día como hace 200 años, cuando la ciencia, la magia y la alquimia, aún eran todas hermanas y solían confundirse entre sí.

Victor Frankenstein, científico, se topa con esas luchas y toma su decisión, al crear un ser humano sin nombre que luego se llamaría a sí mismo “Adán de tu trabajo”, al hablar con su creador. Victor, en un punto de sus experimentos fantasiosos, abandona todo progreso, temiendo lo que podría suceder si su ente lo atacase a él o su familia.

Es en ese ínterin que el ser sin nombre abandona el laboratorio. La cruda realidad de un mundo duro, intolerante y violento lo hace darse cuenta de la maldición que Victor le impuso al crearlo. Y ahí entiende que debe castigar a su creador por su falta de escrúpulos, al condenarlo a una vida miserable que no quiso.

Los casos reales

Luigi Galvani (YouTube)

Mary Shelley fue testigo de una época muy particular en la historia humana, que ejerció de bisagra entre el ocultismo y las costumbres arcaicas, y el positivismo científico (a veces desbocado) del siglo XIX y XX. Gracias a eso pudo nutrirse en parte de su propia genialidad y habilidad de imaginación, y de un par de casos que vale la pena recordar.

El primero de ellos es el de los estudios de Luigi Galvani, descubridor del galvanismo, el comportamiento que presentan los cuerpos humanos al ser expuestos a descargas eléctricas. Sus experimentos eran considerados cruentos, y un halo de temor se manifestaba sobre ellos. Otros estudiosos como Giovanni Aldini y Andrew Ure dedicaron sus vidas a hacer demostraciones al público del galvanismo, alimentando aún más el miedo. Imaginen ver cómo literalmente un muerto abre los ojos, se sienta o parece respirar, ante descargas poderosas…

El segundo referente es uno aún más cercano ya que hasta comparte el nombre de Victor, indirectamente. Se trata de Johann Dippel, un alquimista y científico nacido en el Castillo de Frankenstein en Alemania, casi dos siglos antes de que la novela se escribiera. Dippel es recordado por sus legendarios experimentos, que incluían cadáveres humanos. La leyenda también cuenta que experimentó con nitroglicerina (explotando una torre del castillo) mucho antes de que Ascanio Sobrero, maestro de Alfred Nobel, la descubriera, y que llegó a desarrollar la famosa piedra filosofal de los alquimistas.

Un Frankenstein, muchos más

La novela es una metáfora de cómo el afán por la investigación, la ciencia y el progreso, puede volverse macabro cuando las consecuencias no son tomadas en cuenta. Tal y como sucediera con Prometeo, el titán que fue castigado por Zeus por ayudar a la humanidad, Victor Frankenstein debe cargar con una condena. Una que él mismo trajo sobre sí, y que vendrá por la mano de su propia creación.

Este no es un detalle menor ya que encierra el gran mensaje detrás de la magnífica obra literaria de Mary Shelley.

Lamentablemente en los tiempos que vendrían luego de la novela, esa enseñanza parece haberse perdido, y muchos Victor se han visto sobrepasados e incluso traicionados por sus propios descubrimientos y trabajos.

Alfred Nobel

Quizás uno de los primeros en sufrir esta triste paradoja fue el inventor de la dinamita, Alfred Nobel. En su época, la nitroglicerina era aún el explosivo más utilizado, pero su inestabilidad y peligrosidad la volvían prácticamente inútil para gran cantidad de usos. Inclusive, llegó a matar a su hermano menor.

Tres años después, Nobel concibió la dinamita, que pronto se impuso y suplantó a la nitroglicerina. Pensada inicialmente para extracción de minerales, el mundo violento e intolerante la vio como arma. Bombas de todo tipo llevaron el explosivo.

Si bien Nobel mismo tuvo una gran fábrica de cañones y armamento, nunca se sintió del todo cómodo con la marca negra que dejaba en su imagen la muerte de miles, millones de personas gracias a su producto. Lo llamaban el mercader de la muerte, y era públicamente repudiado.

Para limpiar su nombre, por un lado, y para devolver algo bueno a la humanidad luego de sentir que le había quitado tanto, a su muerte dejó casi todos los bienes materiales que tuvo en vida (inmensos por cierto), para la creación de los hoy en día tan famosos Premios Nobel, que agasajan a las personas más influyentes en el desarrollo humano.

Cabe destacar que Ascanio Sobrero, descubridor de la nitroglicerina, también sufrió ese karma triste, llegando a decir: “Cuando pienso en todas las víctimas que murieron en explosiones de nitroglicerina, y los terribles estragos que causó, y que posiblemente continuarán ocurriendo en el futuro, me hace sentir avergonzado de admitir que es mi descubrimiento“.

Einstein, Szilárd y Oppenheimer

Quién fue Albert Einstein? ¿Qué hizo? (Saber es práctico)

Mucho tiempo después, estos nombres se verían trágicamente interconectados por el arma de destrucción masiva más temible de la historia.

A comienzos de la Segunda Guerra Mundial, los avances en la física teórica, impulsados por Einstein (curiosamente ganador de un premio Nobel) y muchos otros científicos, llevaron a comprender las minucias mismas de la materia y los átomos. Con la creciente carrera armamentista propia de esa era, el planteo de crear armas atómicas, nucleares, empezó a considerarse, creyendo que podrían decidir la guerra. Los rumores apuntaban que la Alemania nazi estaba bastante avanzada en el proceso.

Fue en ese marco de preocupación que Szilárd se contactó con Einstein, pidiéndole ayuda para conseguir los fondos y el apoyo del gobierno estadounidense para desarrollar la primera bomba atómica. Szilárd, científico nuclear, literalmente redactó una carta dirigida al presidente Roosevelt, y rogó a Albert que pusiera la firma. La fama y las recomendaciones del físico, fueron claves para que el famoso Proyecto Manhattan ocurriera.

Oppenheimer, su principal responsable, al terminar de construir y probar primera la bomba atómica, tuvo una teofanía. Un momento de iluminación divina, comprendiendo lo que acababa de crear. Parafraseando cierto texto sagrado de la India, enunció la profecía que todos esperamos que nunca jamás termine de cumplirse: “Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos“.

Luego de la caída de Alemania, se supo que los científicos nazis no estaban tan cerca de conseguir un arma atómica como se creía, y de hecho no lo hubieran logrado porque perdieron antes la guerra. Esto incrementó la culpa de Einstein, que terminó por decir que “Si yo hubiera sabido que este temor no estaba justificado, yo no habría participado en la apertura de esta caja de Pandora, ni tampoco Szilárd”.

Oppenheimer por su parte quedó profundamente afectado de por vida, llegando incluso a pedir perdón por las víctimas de Hiroshima y Nagasaki. Tanto él como Einstein pasaron el resto de sus días intentando minimizar o controlar el efecto de lo que, de alguna manera, habían creado.

Nuestros días, nuestras criaturas: Internet

Richard Stallman: Windows OS is malware (CSO Online)

Llegando a nuestro tiempo pareciera que comparar lo que sea con la dinamita o la bomba atómica, es poca cosa. Pero no será sin duda la primera vez que una creación se torna en contra de su propósito, o hace daños nunca contemplados para sus creadores. Sin embargo hay muchas clases de daños, de violencias y criaturas.

Quizás el caso más ejemplar de esta era es el de Internet. Creada y utilizada por décadas con el fin de comunicar y acercar lugares distantes, hoy en día cumple un rol completamente diferente del que casi cualquiera podría haber predicho.

Desde empresas nacidas enteramente de su existencia, como Facebook, hasta las ventas electrónicas, todo un mundo de oportunidades se abrió de repente para la humanidad. La creación era sublime, pero imperfecta como su padre el hombre, que en muchos casos demostraba sus verdaderos colores allí, escondido por el anonimato que produce la interfaz cerebro-pantalla.

Pero en los últimos años, la criatura ha cambiado, ha mutado de forma notoria. Como la del relato de Mary Shelley, se ha encontrado con un mundo violento, donde nadie quiere regalar nada, y vale más el golpe que el abrazo conciliador. Viejos vicios de un viejo mundo del que nunca fue parte.

Así, un día, nos desayunamos con que poco a poco Google empezaba a prestarle menos y menos atención a medios como los blogs. Una herramienta de búsqueda dentro de otra herramienta, que lentamente pasó de servir a las personas, para servir a los algoritmos y a las empresas. De hecho mucha gente ya escribe más para el algoritmo que para el humano. Tiene tanto poder concentrado que de un plumazo puede mandar a cualquier página a lo más oscuro de la Deepweb.

Otro día nos enteramos que las mismas compañías que por décadas nos aseguraron que nuestros datos eran seguros y privados, nos habían mentido en la cara. Aún a sabiendas de eso. Regalaron (o vendieron) nuestros datos, tanto los que no importan como los más personales, los entregaron en bandeja de plata a la NSA. Nadie dijo nada, todo se hizo en secreto. No hubo manifestaciones ni protestas. Poco importó la soberanía nacional de las personas que nada tuvieran que ver con Estados Unidos.

Hasta que un día la verdad se filtró. Ese día, Richard Stallman pasó de ser un hippie paranoico, a ser el único tipo que había tenido la razón, siempre (al menos en materia de seguridad y empresas). Así de mal era, y es, el panorama de lo que antiguamente considerábamos seguro. Un auténtico ente controlador, con ojos y oídos en todas partes, el verdadero Gran Hermano de Orwell.

No eran crackers adolecentes, eran los gobiernos de diversas partes del mundo, tomando el control sobre algo que estaba pensado para ser desarrollado y usado por todos, libremente, anárquicamente, sin centros ni dueños absolutos.

Y allí radica una pregunta interesante: ¿Quién es el Victor Frankenstein de Internet? Quizás al ser un ente tan descentralizado y en constante progreso, podríamos acordar diciendo que todos nosotros, sus usuarios, lo somos un poco.

Prometeo fue castigado por los dioses, encadenado en una montaña, condenado a que un buitre le comiese el hígado, que se regeneraba cada día. Victor Frankenstein, en la novela, debió cargar con el peso de sus acciones, pagando algunos de los precios más altos que existen. Y el resto de protagonistas en esta historia también. Pero todos ellos, de alguna forma, fueron castigados no por dioses como el titán sino por sus mismos inventos.

Tal vez esa sea la mejor enseñanza que podemos tomar de su experiencia, para crecer como sociedad. Y que nuestras criaturas, que no tienen la culpa, no se conviertan lentamente en monstruos a los que no podamos controlar. Que aprendamos a tener en cuenta las consecuencias de nuestros actos y ética, por acción o inacción.

Para evitar el castigo que, probablemente, acarreamos sobre nosotros mismos.

Tomado de: Tecnovortex. Enero 25, 2016.