Feliz cumpleaños 200, doctor Frankenstein

The Marco Companies (marcocompanies.com)

POR Mario Viciosa

La novela de Mary Godwin de Shelley bebía de la fascinación de una época en que apenas se estaba comprendiendo qué era esa “energía vital” descubierta por Luigi Galvani. Y eso que no aparece en la novela en forma de rayos. Para visualizar tal imagen tendría que llegar Tesla en los años 90 del siglo XIX, y el cine, dos décadas después

Una rana muerta colgada, atravesada por una varilla de cobre. El boloñés Luigi Galvani (1737-1798) debió de sentirse como el doctor Frankenstein apenas dos décadas antes de que naciese el monstruo de la mente de Mary Shelley. El batracio extendió sus ancas cuando Galvani lo tocó con un trozo de hierro. ¿Había vuelto a la vida? ¿Existía una energía vital que seguía entre los vivos más allá de la muerte? Volta tuvo una respuesta, y la llamó pilas. Pero la literatura decidió no poner nombre a la creación de Shelley, que también tenía espasmos reptiles. Ahora celebramos el bicentenario de Frankenstein.

Casi un centenar de películas están inspiradas en el Frankenstein de Mary Shelley. Muchas otras recogen parte de su filosofía y progresos científicos.

Frankenstein o el moderno Prometeo se publicó el día de año nuevo de 1818. 200 años después se han hecho 93 películas basadas en el doctor que quería devolver a la vida a los muertos aplicando los milagros de la prometedora energía eléctrica que despertaba los músculos de las ranas. La novela de Mary Godwin de Shelley bebía de la fascinación de una época en que apenas se estaba comprendiendo qué era esa energía. Y eso que no aparece en la novela en forma de rayos. Para visualizar tal imagen tendría que llegar Tesla en los años 90 del siglo XIX, y el cine, dos décadas después.

En 1818 aún se pensaba que existía un “calor vital” inherente a los seres vivos. El experimento de Galvani con las ranas se exhibía como espectáculo de feria, mientras que en la cultura popular empezaba a calar a idea de que la electricidad era un poco la magia que nos mantenía con vida. Algo que se demostraría como cierto, en parte, cuando Martin Flack y Arthur Keith se acercaron a describir la corriente eléctrica del corazón. No sólo eso: la ranita en cuestión sirvió para que Guillaume Duchenne alterase las expresiones faciales de sus pacientes aplicándoles una corriente eléctrica.

Ese es el clima científico y popular hacia 1816. El meteorológico era frío y oscuro: la erupción del volcán Tamboro en Indonesia había hecho de aquel verano una prolongación de un invierno que la luz del sol no podía calentar, ante la densa nube de ceniza que se mantuvo meses en la atmósfera.

Ancas de rana, Byron, ácaros y Clara

Andrew Crosse Created Life In A Lab (Historic Mysteries)

La rebelde Shelley, con 18 años, ve el reto que le lanza Lord Byron de escribir un relato de miedo. Reto a medias con su marido y el doctor John Polidori (médico y amante de Byron), quien le había puesto al día de los experimentos galvánicos. Leyenda o realidad, Shelley aseguró haber tenido una ensoñación que la impulsó a rematar la idea.

Justamente, en 1815 Shelley había acudido a una charla de un hombre: Andrew Crosse. Llenaba auditorios, pero para muchos es lo que hoy llamaríamos un vendehumos que se cree su discurso. Experimentaba con electricidad y cadáveres y llegó a convencerse de que había dado vida unos pequeños insectos por “electrocristalización“. La prensa creó una leyenda en torno a su figura. Pero Shelley, en realidad, se le anticipó. “Los experimentos relevantes de Crosse fueron reportados en 1836. Tenían como objetivo la síntesis mineral, incluido el famoso experimento de creación de vida, cuyo objetivo no era otro que la cristalización del cuarzo”, apunta Juan Manuel García Ruiz, del Laboratorio de Estudios Cristalográficos de la UG, autor del estudio Sobre los experimentos de creación de vida de Andrew Crosse, de 2015.

Seguramente creyó haber conseguido una suerte de ácaros que se sostenían “de pie sobre unas pocas cerdas que formaban su cola”, cuando lo más probable es que su laboratorio estuviera lleno de minúsculos huevos arrastrados en su ropa y minerales de experimentación.

El primer manuscrito de Frankenstein fue editado por su marido, aunque la versión que ha llegado a nuestros días es la de 1831, casi plenamente reescrita por Shelley. Por supuesto, la elite literaria del Londres previctoriano recibió con desprecio la obra: “Su autora es una mujer, lo que es un agravante de lo que es el mayor error de la novela”. La elite científica la miró, quizás, con más interés. Aunque en silencio.

“Muchas y largas fueron las conversaciones entre Lord Byron y Percy Shelley, a las cuales yo asistía, pero casi como una oyente silenciosa. Durante una de esas conversaciones se habló de distintas doctrinas filosóficas y, entre otras, de la naturaleza del principio de la vida, y se discutió si habría alguna posibilidad de que alguna vez fuera descubierto y difundido. Ellos hablaron de los experimentos del doctor [Erasmus] Darwin; al parecer había conservado un hilo de masa en un bote de cristal, hasta que, por algún extraordinario proceso, aquello comenzó a agitarse con un movimiento autónomo. Después de todo, ¿no era así como se generaba la vida? Quizá un cadáver podría reanimarse”.

Mary Shelley, Introducción al Frankenstein de 1831

Tal como señalan José C. Vales y Vicente Campos en Frankenstein. Edición anotada para científicos, creadores y curiosos en general (Ariel, 2017), “la histórica combinación de ciencia, ética y expresión literaria de Shelley proporciona una oportunidad para reflexionar sobre cómo la gente contempla y comprende la ciencia y contextualizar las innovaciones científicas y tecnológicas recientes en la era de la biología sintética, edición del genoma, robótica, aprendizaje de máquinas y medicina regenerativa”.

Shelley había sido madre en 1815. La pequeña hija, Clara, murió dos semanas después del parto. La autora dejó escrito que había visualizado (tomaba láudano) que revivía a su hija acercándola al calor del fuego. Una vez más, la creencia en el calor vital.  “Los temas de la paternidad y la responsabilidad en Frankenstein, las criaturas perdidas e hijos muertos eran experiencias viscerales para Mary”, señalan los autores.

De La Bastilla a Silicon Valley. Del vapor a Black Mirror

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En la novela, el doctor Frankenstein se había titulado en la Universidad de Ingolstadt el año de la caída de la Bastilla, 1789. Su monstruo nacía el año del terror en Francia (1793). Shelley es considerada por algunos investigadores la primera autora que plantea la ciencia-ficción como una advertencia ante los progresos científicos y técnicos acelerados. De ahí la alusión al mito de Prometeo. “Se quiso interpretar por las corrientes posteriores como el monstruo del inconsciente que se revuelve contra el yo consciente o como la clase obrera alzándose contra la opresiva clase burguesa”, señala Francisco Rodríguez, investigador de la Universidad de Sevilla, en un estudio sobre el impacto de la obra y expuesto en la Semana Gótica de Madrid.

La segunda mitad del siglo XVIII había visto nacer la máquina de vapor, los telares mecánicos y el acero y, con ellos, la sociedad industrial. La obra de Shelley supone un cambio de óptica: ya no se desafía a Dios y, además, no hay fantasmas. Es cierto que la ciencia en su novela es secundaria o no explícita, pero no hay magia, sino método.

A diferencia de sus antecesores, las creaciones de seres vivientes por parte de humanos no recibían el castigo de los dioses. El creador era víctima de su criatura. En 1920, Karel Capek creó la primera ficción en que un robot (la palabra también es suya) se rebela contra la humanidad. La pléyade de obras con esta temática que ha sembrado de terrores el siglo XX posiblemente no existiría sin Frankenstein. Hoy, esa promesa y amenaza no tiene forma androide. Es la inteligencia artificial y, desde luego, para algunos científicos es una manera de aproximarse a crear vida inteligente sin compuesto orgánico alguno.

Los doctores Frankenstein modernos

Demikhov y su perro bicéfalo. El médico ruso fue pionero en la conexión de órganos. Tuvo la libertad de trabajar en los hospitales secretos de Stalin. En 1959 consiguió incrustar una cabeza de perro en el lomo de otro, pero apenas vivió días. Realizó muchos otros experimentos de trasplante de órganos.

Los monos de Robert L. White. El legado de Demikhov inspiró a otros doctores a hacerlo con primates. Con 10 mil cirugías a sus espaldas, en 1970 implantó la cabeza de un mono en otro, que quedó paralítico. El animal llegó a despertar y comer; a los pocos días murió por un rechazo de su sistema inmune.

Dr. Sergio Canavero y Dr. Ren Xiaoping. El mediático y polémico doctor italiano dice tener todo listo para hacer un trasplante de cabeza humana. Investigador del Grupo Avanzado de Neuromodulación de Turín, tiene un paciente: el programador ruso Valeri Spiridónov. Se suponía que en 2017 realizaría su operación. En general, no da muchos detalles, lo que le ha granjeado las críticas y mofa por sus colegas.

Xiaoping, investigador de la Universidad de Medicina de Harbin (China) realizó también investigaciones sobre el tema. Implantó cabezas de ratones que sobrevivieron un día. Parte de la comunidad científica ve poco viable este tipo de intervenciones.

De la sopa primigenia de Miller-Urey, a Orígenes de la Vida.  En lugar de colocar retales de cadáveres o trasplantar cabezas, hay un esfuerzo continuado desde hace medio siglo en crear vida. Hacerlo a partir de elementos inertes. Existe una iniciativa llamada Orígenes de la Vida en la Universidad de Harvard para conseguirlo.

Tomado de: El Independiente. Diciembre 30, 2017.