Tu funeral

Prosigamos con este juego de que cada día nos acercamos más al hoyo. Somos canicas de un juego demencialmente maligno. Majestuoso. Exprimidor de almas. Algunos gustamos de la ruleta rusa. A veces la extrema, a veces la fina tranquila. Picamos piedra en nuestra sentencia de vida. La llenamos de momentos difíciles. La adornamos con amor y odio

Drunk or Ghosts? (Clipart Library)

POR Marlon Albores

Prosigamos con este juego de que cada día nos acercamos más al hoyo. Somos canicas de un juego demencialmente maligno. Majestuoso. Exprimidor de almas. Algunos gustamos de la ruleta rusa. A veces la extrema, a veces la fina tranquila. Picamos piedra en nuestra sentencia de vida. La llenamos de momentos difíciles. La adornamos con amor y odio

Ayer me acordé de un amigo que murió hace poco. Aunque la manera de recordarlo fue un poco bizarra. Desde que falleció, a las pocas semanas ya lo veía en mis sueños. Se me aparecía dándome información acerca de lo que es estar muerto. En los primeros sueños se veía confundido, un poco triste pero cómodo, con un rostro semitráslucido y con un gesto de fascinación-espanto. Su cuerpo estaba hecho de colores azules desvanecidos pero de cierta manera él brillaba. En algunos más recientes ya se le veía con otro semblante. Más tranquilo, con una mirada de alucinante fascinación ante lo que se puede hacer cuando ya no existes en este lugar. Me dijo: “Estoy aprendiendo a mover los vasos”. Me encantó esa respuesta ya que me imagine lo que significa esa frase: que ya está aprendiendo a ser poltergeist, aventando cosas en su ex casa o que existe una especie de bar post muerte donde apenas aprende a beber con recipientes que no son de material sólido.

Pero esta vez fue diferente. Estaban mis padres en la cocina platicando seriamente de algo que no llegaba a escuchar. Mi hermano llegaba justo en ese momento. Mi padre nos pidió atención y nos contó su más íntimo secreto: él había sido amante de mi amigo. Que lo había llegado a amar. La tranquila escena familiar se trasformó en un escándalo, luces rojas y amarillas como de alerta de película de acción japonesa. Comenzaron a flotar los platos, cubiertos, ollas, chiles, cebollas que estaban en la cocina. Vapor ardiente salía de entre las paredes, caos. Yo podía ver las imágenes homoeróticas en mi cerebro de mi papá con José. “Tocándose más allá de lo que lo permite nuestra pasión y la sociedad”, como dice la canción. Mi madre lloraba llena de furia. “Nunca más te dejaré dormir conmigo”, me gritaba. ¿Porque a mí? Mi hermano muy calmado pensaba en una esquina del cuarto. Serio y ausente al desmadre. Parecía la estatua de Rodin.

De pronto le hice la finta a mi papá de que le iba a aventar mi bebida, volteó a verme y le grite indignadísimo: “Putooooo, viejo puto”. Él se ponía muy triste. Su tristeza me empezó a invadir, a meterse en mí.  De pronto lo comprendí todo. Su extraño y desconocido vasto amor para con el vato ese. Volví a pensar; no hay pedo, al final todos somos eso: unos viejos putos. Entendía que no debía de enojarme por un amor tan secreto. Eso es un amor cabrón. El rostro de mi padre me lo decía todo. Qué putas importa que dos hombres se amen y lo mantengan en secreto toda su vida. Es sólo un sueño. Y desperté, sacado de onda. Pinche José me hace pensar cosas bien raras.

En vida era a todo dar. Un gran ojete. Un gran amigo. Cuando lo conocí le empecé a decir El Zombi. Tenía mirada de loco desde morrito. Grandes ojos azules-grises. Escuchaba a los Hombres G afuera de su casa. Se creía muy pesado.  Después fuimos grandes amigos. Se hizo un gurú del doom metal, aficionado a las bebidas pesadas, gran borracho y gran artista.

Me mudé a otro estado. Pero iba cada año a vacacionar a su casa. Vacaciones en Tultitlán  y Tlalnepantla todo pagado. Smog, suciedad, chinguero de gente en las calles. ¿Quién en su sano juicio prefiere la playa, el sol y la arena? Los ultraneomodernos. Viciosos del pasado. Yo prefiero el paraíso urbano. Disertaciones en borracheras infinitas de muy buen gusto musical. Viví como tres meses en su casa. Poco después fui disminuyendo mis visitas al bello Valle del Tule. A la capital del asesinato en la farmacia de la esquina, esa que acabas de visitar. Terrible, deprimente lugar para pasar las vacaciones. Después sólo eran charlas virtuales o visitas a su casa por conciertos en la ciudad. Exprés la onda. Murió hace poco.

Stray dogs show up at funeral to pay respects… (Daily Mail)

Reunión de todos los amigos de la inflancia constancia, “pubertidad perversa” y semiadultez invisible. Me recogen en la estación de Tepotzotlán. Subo al auto y saludos, ¿cómo estás?, hacia a dónde jalamos, todos tratando de minimizar el pedote. Un triste miedo de estar ahí, nervios. Pero tranquilo. Piensas que es una gran broma. Todos juntos  en auto rumbo al velorio. Platicando. No pensando demasiado en hacía a dónde íbamos. En quien faltaba ahí. A pesar de ir lleno, un lugar estaba vacío.

Bajarse del auto y subir al tercer piso del edificio amarillo de color gris. Ahí están todos sus familiares y algunas caras conocidas. Ojos rojos por doquier. “Quibule wey, creía que no ibas a venir”. Su “viudita alegre” destrozada. Deshecha. “Infinita locura siento”, me decía. Mi primera vez en un velorio de alguien que piensas que nunca verás así. Dormido detrás de un cristal. Despiértate, cabrón. Mira, tiene el rictus igualito de cuando le daba el pazuzu. Con su camisa de raped god. Y su chaleco rocker.

Me acerqué a su madre. Me dijo que le faltaba el aire, la acompañe a dar un paseo entre las tumbas. Me enseñó en donde está enterrada su madre. Y de paso me indicó el lugar donde enterrarían a José. Ya estaba demarcado. Regresamos al velorio. Una amiga mutua estaba ahí. Una maniática de dios. Ahí mismo me quería convertir en cristiano. ¡Demonios!

En la noche se armó la velada in memoriam de José en el estacionamiento del parque  residencial de muertos. Varias cervezas, tres pomos de whiskey en honor a ese cabrón. Música papá, no puede faltar música. Más amigos llegaron, varios de ellos lustros sin verlos. Subían para despedirse de José, bajaban a chuparse una cubita o dos.

Gracias a esa pedita no fue muy shockeante su entierro al día siguiente. Aunque la cruda era un poco intensa, el alcohol le daba un aire de corrección al sentimiento tan brutal de ver el ataúd de tu amigo hacia su eterno descanso. Ahí en un pinche hoyo. Algunos compas dirigieron algunas palabras al muerto. Yo sólo pude gruñir y aventarle un pedazo de tierra.

Unas personas que estaban ahí, nadie los conocía, resultaron ser rezadores profesionales; nos invitaban a rezar y orar. Pero no. Se la pelaron. Todos ahí somos agnósticos, ateos, rokers, creyentes de satán y de las fuerzas universales. Aun así insistían: “¡Vengan, recen!, le servirá para que su alma vaya con el señor”. Nadie les hizo caso. Llegó el momento de echarle tierra con la pala para tapar el hoyo fúnebre. Lágrimas. Después unos albañiles le ponen su capa de cemento, lo empotran bien. Y eso es todo. Vámonos. Despedirse de la familia. Ir un rato a su casa para que empiece el descontrol. Mejor me voy. Así no se puede empedar uno bien.

Ya no me dan tantas ganas de ir a ciudad federal. Abundan los amigos pero algo falta. Hay que desacostumbrarse a saber que lo verás. Aprender sólo imaginártelo en el concierto de Brant Bjork. A verlo aparecer en tus memoria en las redes sociales. “Hoy celebran 7 años de amistad,  bla, bla, bla”.

Eso se siente con los amigos. ¿Qué se sentirá con los familiares? Algunos no llegarán ni ha suspiro ser. Otros si y mucho más cabrón que José. No saberlo mejor. Prosigamos con este juego de que cada día nos acercamos más al hoyo. Somos canicas de un juego demencialmente maligno. Majestuoso. Exprimidor de almas. Algunos gustamos de la ruleta rusa. A veces la extrema, a veces la fina tranquila. Picamos piedra en nuestra sentencia de vida. La llenamos de momentos difíciles. La adornamos con amor y odio. Cincuenta y cincuenta. ¿Cómo será preferible? ¿70-20? Da igual. A todos les espera soñar con nosotros cuando ya no estemos. Vivos.