14 de febrero: carta

Hasta usted llego con palabras que seguramente le han repetido los mismos hombres de siempre. Hace usted bien. Se creen tan poderosos que creen en el amor a perpetuidad, cuando la realidad es que día con día el amor muere, y nada podemos hacer por detenerlo más que llenar su espacio de miles de besos para que la caída no sea tan fuerte

Morality and the Art of the Classical Era (markofthearts-WordPress.com)

En el lugar del nombre

del autor se deja libre para que, así,

quien quiera hacer

uso de esta más que

mediocre carta, lo haga

sin reclamos de derechos de autoría

o mamadas por el estilo.

Hasta usted llego con palabras que seguramente le han repetido los mismos hombres de siempre. Hace usted bien. Se creen tan poderosos que creen en el amor a perpetuidad, cuando la realidad es que día con día el amor muere, y nada podemos hacer por detenerlo más que llenar su espacio de miles de besos para que la caída no sea tan fuerte

Para Mayra Niño.

Apenas te alcanzo a llenar con suspiros. La historia de los suspiros nos daría para otra historia. Pero los míos son suspiros de un hombre enamorado. O de un hombre enamorado a secas. Sin suspiros. Quién sabe dónde se esconden cada que uno los busca. Es como cuando vas al cine e intentas pasar el brazo por encima de los hombros de la mujer para rozar su piel. Se te van las fuerzas. Las usas tan sólo para pedir palomitas. Ella piensa: que hombre tan idiota. Tú piensas: soy un idiota.

Si usted me lo permite, la ayudo a olvidar. Eso del olvido nos viene de los griegos, pasó por Cernuda y aterrizó en José Alfredo Jiménez. El olvido, cualquiera, se esconde a la vuelta de la esquina y siempre hay algo nuevo por comenzar. Creo que ya se lo he dicho. Creo que no me hizo caso. Quizás por eso insisto. No soy tan valiente para enfrentar al olvido. Tantas herramientas que tiene. Temo perder la memoria. Temo perder los recuerdos más hermosos de una vida que se conjuga lo mismo que Borges: somos otro que por nosotros piensa y habla.

Hablemos de reinos. Casi nadie parece darse cuenta pero antes existieron los reinos. Y había que conquistarlos lo mismo que a una mujer. Tan difícil era su defensiva. Sus dragones en los puentes. La mujer que queremos encerrada en una de las torres más altas. Y yo no soy tan valiente para enfrentarme al olvido. Intenté tomar mi espada, hacer frente, pero mi espada se derritió en cuanto salió el sol y nos encontró desnudos. No hay metáfora alguna: mi espada se derritió. Me dije que siempre pelearía por su reino. Siempre y cuando nos quedase algún soneto amoroso de Shakespeare o de Garcilaso de la Vega. Repetir lentamente los versos. Mi voz en su oído. Sus versos en su oído.

Déjeme que le lea al oído. Tan sólo es una forma de comenzar si lo mira bien. La sinopsis de nuestra historia es la de un hombre enamorado. Así, de manera sencilla, justo como ocurren los milagros en el mundo. Da miedo pensar que somos tiempo y a él nos debemos. Nada nuevo hay bajo el sol. Más que los amores como los de usted. No hay ayer. Tampoco hay mañana. Sólo nos queda el presente, y para averiguar de qué se trata tendremos que entrelazar nuestras piernas y destruir una ciudad con beso.

The 10 best love paintings (The Guardian)

Hasta usted llego con palabras que seguramente le han repetido los mismos hombres de siempre. Hace usted bien. Se creen tan poderosos que creen en el amor a perpetuidad, cuando la realidad es que día con día el amor muere, y nada podemos hacer por detenerlo más que llenar su espacio de miles de besos para que la caída no sea tan fuerte. Soy uno del montón y eso me gusta, pues nunca pretendí otra cosa.

Me voy a detener un momento para llorar. No hay mayor justificación para la existencia de alguien que llorar. Entonces compruebas que estás vivo. En algún momento bebiste de esa misma agua que ahora sale por tus ojos. Y ni siquiera lo recuerdas. Porque no hay que recordar nada. Como Ulises me llamo nadie.

Soy sincero. Me gusta serlo. Y si aparezco con el desafío de enamorarla es porque dentro de nuestro trazo de historias me gustaría vivir una con usted. No diré codo a codo porque no simpatizo con el poeta. Es cursi y arrogante. Habla de amor cuando en realidad habla de vanidad: la vanidad se convierte en amor por el sólo hecho de que a él le ocurrió. No hay que leerlo. Con él perdemos el tiempo lo mismo que con los amorosos de Sabines. El único problema de Sabines es que nunca aprendió a escribir poesía, lo que él hace son baladitas que bien podría musicalizar Marco Antonio Solís. Fue pobre y pobre murió. Y su obra se olvidará en unos diez años.

No se trata de que usted sea un personaje de una historia imposible; tampoco pretendo hacer de Romeo, pero, si me lo permite, le confesaré que me gusta con la misma antipatía de Neruda. Y que hasta la fecha creo que un hombre como yo, en caso de que lo sea, tiene derecho a una mujer como usted lo mismo que el petróleo para Cárdenas o Chávez. Esto sería suficiente para un punto final. Pero las palabras se disparan, hacen de uno lo que quieren, se burlan, y se trata de armar una buena columna para que los novios o las novias la regalen el catorce de febrero. Que sea de su autoría. Por eso no lleva nombre. Que la copien. Que se las regalen en servilletas, papeles de flores, de quesadillas, no importa. Lo que importa es que se amen y que cojan con el corazón caliente.

Hay un puente entre los dos que nos lleva a extraviarnos en el mismo sueño de Alicia: ahí donde todo es increíblemente extraño y raro a la vez, ahí donde todo, a su vez, es posible, hasta para el amor. Si usted desde su trinchera me pide tiempo para olvidar a algún otro amor, le propongo que juntos, tomados de las manos, entremos a la cocina, revisemos las recetas, alguna de ellas encontraremos para usted, le aseguro que no se nos quemara el pastel.

Importa la edad, jamás el deseo. Que en usted se implante como trasplante de corazón, que respire junto a nosotros y que los dos consigamos sobrevivir hasta que llegue la mañana: ahí donde todos pierden no sólo la razón, la dignidad sino la ropa. Ha pasado de moda meditar, aseguró el viejo Leduc; yo prefiero la muerte lenta, la soledad de libros y esperar a que muevan la torre donde uno habla con los muertos. Quevedo es mi vecino.

Hasta usted llego con estas palabras de fuego, nos sentamos en el jardín, le encendemos más fuego, usted me habla, yo escucho, somos ya una sombra enamorada.