Deseable ataque de honestidad

Concéntrate en seguir vivo aunque la vida apeste. Renuncia a su amor que nunca te dio, apenas y bailaste con ella en la fiesta de aniversario, te sudaba la mano cuando le agarraste la cintura para bailar cumbia norteña. Todo nervios le rozaste la cintura y una tremenda erección amenazaba con echar todo a perder

The Empty Chair (Ian Rhodes)

POR Marlon Albores

Concéntrate en seguir vivo aunque la vida apeste. Renuncia a su amor que nunca te dio, apenas y bailaste con ella en la fiesta de aniversario, te sudaba la mano cuando le agarraste la cintura para bailar cumbia norteña. Todo nervios le rozaste la cintura y una tremenda erección amenazaba con echar todo a perder

Un día más en la oficina como cualquier otro. Aburrido. El volumen de trabajo ha bajado debido a las nuevas tecnologías. Ya casi nadie compra o lee el periódico para enterarse de las noticias, basta un vistazo al teléfono y listo. Los clientes ya no acuden como antes. Mi labor de hacer anuncios publicitarios va en declive total. Aunado a eso está la repentina desaparición de mi compañera adorada. Se sentaba a mi lado y huyó por un nuevo empleo. Detesto ver su lugar vacío. Extraño verla sonreír ante mis enojos. De repente siento unas fuertes ganas de ir a cagar. Odio hacerlo en el trabajo.

Despacito me levanto, dirigiéndome al baño. Checo que esté la luz encendida, ya que es signo inequívoco de que alguien está usándolo. Me caga cagar con un vecino a lado pues no me puedo “explayar”. Pero conozco gente a la que no le importa eso. No le dan importancia, hacen en el baño que sea. Recuerdo una vez que en  Nuevo Laredo (había llegado para ir a comprar juegos de Nintendo) tuve que bajar corriendo del camión pues me dio un ataque de diarrea cósmica. El baño se encontraba justo enfrente de la fila de la gente que compraba boletos. Además no tenía puerta. Entré velozmente, apenado ante mi búsqueda del sitio más alejado de la gente. No hay. El único lugar desocupado daba directo a esa fila de personas. La pared que separaba un excusado del otro llegaba justo a la altura de los hombros. O sea que podías zurrar y platicar con tu vecino mirándolo a los ojos. Sin pena. Directo. O con los de la fila. Ni modos. Ahí mero a lado de un don con sombrero texano y un mostacho admirable me senté esperando a que algo sucediera. La puertita del escusado chocaba contra mis rodillas. Qué nervios. No pude más y solté la gran descarga, venga, sin pena, todos lo están haciendo. Alivio instantáneo. Limpieza total del intestino gruexo. Volteo a saludar al vecino con un susurrante quihubole. Él me brinda una sonrisa tenue y con su mano tocándose el filo de su sombrero me devuelve el saludo. Qué educado.

Por eso más que cagar me pongo a pensar en ella. ¿Dónde trabajará ahora? ¿Pensará en mí? Una diminuta mosca de la fruta se posa delicadamente en mi rodilla desnuda. La observo. Tiene en su colita rayitas amarillas. La aplasto con mi mano. La despego de un golpe con mi dedo índice. Fuera. ¿La volveré a ver? Chingado obsesionado. Qué te valga madre a dónde se fue. Concéntrate en seguir vivo aunque la vida apeste. Renuncia a su amor que nunca te dio, apenas y bailaste con ella en la fiesta de aniversario, te sudaba la mano cuando le agarraste la cintura para bailar cumbia norteña. Todo nervios le rozaste la cintura y una tremenda erección amenazaba con echar todo a perder. O al menos que ella la viera y se acercara a ti. Restregando su pierna con tu pene. Rico. Pero no. Ya no está aquí. Cagar para pensar. Pensar cagando. Mejor me largo de este pinche trabajo.

Me lavo las manos con fuerza, quiero que me queden limpias como si con eso mis pensamientos se desvanecieran. Tallo y me arranco algunos padrastros de mis dedos. Me sangran los muy delicados. Quisiera tener manotas, pero dicen que las tengo de pianista. Todas flacas y chuecas. Nunca he podido tocar el piano, así que no sé a qué diablos se refieren. Me asomo a la oficina sacudiéndome el agua de las manos. Parece que han desaparecido todos. Pero ahí siguen. Malditos compañeros de trabajo. Mudos. Son como estatuas de colores pútridos. Seres inertes haciendo cuentas infinitas. Queriendo tapar el hoyo del desfalco de más de un millón de pesos. No hay ni siquiera música en el lugar. Únicamente se escuchan pasar autos y camiones a lo lejos. Ruido negro y gris. Prefiero salir a fumarme un cigarro. Saludo al vigilante, viejito simpatías, jorobado y medio sordo. Buena bestia me acompaña mientras echo humo de ese del que mata a las personas. Me cuenta historias de pescados congelados, primas locas embarazadas, de rondines en fábricas abandonadas llenas de fantasmas. Hace un chingo de calor. De pronto una idea, un pensamiento brilla en mi cabeza. Claramente me doy cuenta de que ese no es mi lugar. El trabajar ahí o simplemente el estar parado escondiéndome del sol. No debo de estar aquí. Hoy. Fumando historia imposibles. El vigilante se calla. Yo espero a que alguien pase por la calle sonriéndome. O que me aviente una piedra. Que algo suceda. Pero el calor es demasiado. Ni siquiera personas imaginarias pasan a esa hora con ese sol inclemente. Regreso a mi lugar. El silencio sigue ahí. Pesado. Busco rastros de su sonrisa. Nada.

5 Ways to Break the Addiction to Sadness (rebellesociety.com)

A pesar de la frescura que brinda el aire acondicionado el paisaje me agüita. Algo me dice que ahí debo de seguir. Incómodo. Apagado. Decido sentarme en mi lugar de trabajo más no a trabajar. Veo la computadora. Se bloquea el porno por políticas de la empresa. Ni YouTube. Deseo de nuevo fumar. Mi aliento es infernal. Con ella compartía  pastillas para matar el olor a cigarro. Mitigaba el tedio con sus cometarios llenos de humor. Fumaba de manera hermosa. Oye, qué no vas a trabajar, me espeta la jefa de equipo. La miro sorprendido por su falta de tacto. Ándale que son para HOY. ¿Para hoy?, le respondo. Si, para ahorita con tono mandón contesta. Y se va. La odio. Decido que ya no hay marcha atrás. Es ahora o nunca. Ya son demasiadas las  veces que he soportado sus humillaciones. Y a Susanita le hubiera gustado que lo hiciera. Tengo que hacerlo. Ya no aguanto. Voy a explotar. Me acerco al lugar de trabajo de la jefa; a su unidad, como dicen los entendidos en el tema. Veo sus manos, ¡sus pinches manos!, ¿Qué les pasó? ¿Se le quemaron cuando era chiquita, se las chamuscó su mamá por mal portada y mamona o se las mordió un perro rabioso? Las tiene horribles, como de chimpancé, sus dedos arrugados con uñas deformes pintadas de negro. Sucias palmas con cicatrices de quemaduras. Feas como la chingada. Ya no me puedo arrepentir.

Sin más le doy un bofetadón. ¡Porqué tiene esas manos tan espantosas! Atónita, voltea a verme. Qué te pasa, me grita. Sus ojos comienzan a lagrimear. Su mejilla es rojo ardiente. Le doy otra cachetada más fuerte que la hace desplomarse sobre su escritorio. No me doy cuenta del desmadre que comienzan mis compañeras. Gritan también, corren, avientan cosas pero ninguna me detiene. Por su culpa Susanita se fue, de seguro le caía mal porque ella era guapa, sencilla, llena de carisma y sensualidad. Tomo de su escritorio un bonche de plumas Bic punto fino, se las clavo en el ojo. Chingue su madre. Por pasada de lanza. No me importa que me corran. Me vale. Si a usted no le importó correrla a mí no me importa madrearla. Se desploma debajo de su escritorio. Emite un chillido como cuando pasas las uñas por un pizarrón, como cuando una pala recoge los restos de grava sobre la banqueta. Raspa.

La jefa yace en el suelo revocándose de dolor. Intenta sacarse las plumas del ojo. La pateo con fuerza. Ella gime escupiendo baba. Chilla. Qué te pasa, gritan todas al unísono. Por fin puedo ver a las personas que me ven como si estuviera loco. La pateo de nuevo. Se hacen borrosas de nuevo, desaparecen. Gritan mi nombre, lo escucho muy lejano, varios brazos tratan de alejarme de ella. No pueden. Manotazos. Saliva. Sangre. No sé de dónde me salen unas ganas increíbles de madrear a todos. Me los puedo comer si quiero. No valen nada. Son frágiles. Infértiles. Son gentes que no valen la pena. Sólo Susana. A ella me la comería a besos.

La chica de Recursos Humanos es la única que se atreve a ayudar a la jefa, ya pasó, ya pasó, vas a estar bien. Ni madres. Me abalanzo sobre ellas. De aquí nadie sale vivo. Las muerdo, les jalo los cabellos, les pico las chiches, se las pellizco. Las nalgueo con todas mis fuerzas. Y nadie hace nada. De nuevo gritan mi nombre como echándome porras. Dos compañeros por fin logran detenerme. Me abrazan. Sudan. Apestan a ñero. A camión lleno. A Godín profesional. A pambazo de carnitas. A rico suadero. Me zafo de su llave chafa y les doy tremendos derechazos a cada uno. Dios mío, de dónde sale tanta fuerza. Tengan por putos lamehuevos. Sé bien que la odian igual que yo, no se hagan, pinches monitos cilindreros. Bárbaros barberos. Salto y corro por las “unidades de trabajo”. Qué ágil me he vuelto. Todos ellos se quedan a ayudar a las perras chillonas. De reojo veo a Karina hacer una llamada al 911…. Apúrense, se volvió loco y mató a unas compañeras… Regreso  para darle una patada voladora haciendo que aviente el teléfono. Suelta un pequeño ay. Cae como costal de papas. Un “poc” hace su cabeza cuando pega contra el piso. Total K.O. Flawless victory.

Camino para salir del  edificio no sin antes toparme  al vigilante que corre hacia mí: ¿No sabes lo que pasó? ¿No vites nada? Se escucharon gritos, tumbos, mamada y media. Extrañado muevo la cabeza diciéndole que no. No vi nada. Alzo los hombros. Voafumar le digo. Me detengo en la puerta de salida. Vislumbro la calle. Destapo una cajetilla nueva de delicados, tiro el papel color aluminio, enciendo un cerillo, le doy sus golpecitos al cancrillo y lo prendo. Se termina. Me fumo otro. Toso. Pinche Susana me dejaste solo. El sol brilla.