Mentira confesión

El pintorzuelo me veía con sus ojos llorosos. Pensé en que todo el mundo le decía ese tipo de comentarios-críticas, que se metiera a trabajar de archivador en un Banrural, de maestro de Ciencias Sociales en un Conalep, de pinche contador de una tienda de muebles, de policía de crucero. Porque tú no eres pintor, no me chingues

Abstract Expressionist Paintings (Druma.co)

POR Marlon Albores

El pintorzuelo me veía con sus ojos llorosos. Pensé en que todo el mundo le decía ese tipo de comentarios-críticas, que se metiera a trabajar de archivador en un Banrural, de maestro de Ciencias Sociales en un Conalep, de pinche contador de una tienda de muebles, de policía de crucero. Porque tú no eres pintor, no me chingues

Sé que algún día me vas a matar. Ya lo sé. Lo siento cada vez que me miras y sientes ese pinche coraje que no te deja. Entiendo que es mi culpa, pero sólo fue esa vez que lo hice. Nunca más. Los dos estábamos bien tomados. ¿No te acuerdas?  Después del bar y platicar con los neurólogos nos fuimos por más licor. Hasta te dejé en tu casa. Esa misma noche vimos pasar al alien ese por la calle, la cosita verde como gusano que cruzó la avenida. ¿De eso si te acuerdas? Bueno pues me fui directo a mi casa. Iba tambaleándome por la banqueta. Aún pensaba si esa madre que vimos fue real. En eso salió una viejita de la nada y se paró enfrente de mí. Pedo, te juro que no se veía tan viejita, de eso me di cuenta después; me invitó unas cervezas alemanas, fortísimas, tenían como 9 grados de alcojolito. Pesadas, pero sabrosas.

Me invitó a su depa. Esa ruquita no me puede hacer nada malo. Así que acepte.  Nunca me di cuenta cuando me puso la droga en el vaso. Llegando me enseñó su colección de libros de Lovecraft y “Vergas Llora”. Ediciones originales, de pasta gruesa y exlibris de piel de aligátor. Una señora fina, sabrosona. ¿Quieres otro vasito? Me dijo y acepté. Esta doña es incapaz de hacer algo malo. Su pinche brillo en los ojos me hacía sentir cosas raras. Puso música. Buena selección, me acuerdo. Nada brillante pero aceptable. Rolas clásicas, pop senil y una que otra de Black Sabbath. Ahí fue cuando me pegó la madre esa. Justo en el coro de War Pigs, ¡pum!

Alguien tocó a su puerta de su depa justo en ese instante. Eran tres amigos de la doña. Un pintor, un culeco y su ex amante. Se sentaron en la amplia sala y empezaron a servirse bebidas. En ese momento empecé a odiarlos. La doña comenzó a contarme que su ex amante la trataba muy mal, que ni se la cogía, que le pedía dinero y nunca le pagaba, que no le gustaban las mismas series de Netflix que a ella, que le olían las rodillas feo, que babeaba cuando dormía, que nunca se cambiaba de calzones, que tenía el dedo pulgar chato. Yo la escuchaba atento y al mismo tiempo escuchaba al pintor dárselas de muy buen pintor. Me le quedé viendo. Se disparó una especie de gatillo dentro de mí. ¿Qué se cree ese pendejete? ¿Cómo osa pararse el culo así de mamón? Me puedes mostrar alguna pintura, le dije serio, mis ojos se iban de un lado al otro o al menos eso sentía. La doña me dijo que por ahí tenía un cuadro del ese pintorcito. Me llevó al corredor de su casa, tenía un chingo de cuadros y entre los más feos tenía colgado un cuadro del güey ese. Y me di la razón. Rotundamente ese güey pintaba horrible. Trazos sin sentido, como de snob que se dice artista. Colores horrendos a lo pendejo. Sin sentido. Pinchíisimo. Me encabroné más. Regresé a la sala y se la hice de pedo. Muy de pedo. ¿Cómo te atreves pinche mentecato a decir que pintas, que eres pintor y te sientes muy acá? ¿Cómo chingados sales a la calle pensando que lo que haces le gusta a la gente? Por no quedar mal contigo te los aceptan. De seguro los regalas y has de tener un chingo de pinturas arrumbadas en tu “estudio”. Llenas de polvo y caca de mosca. Chillas en rincones borracho porque nadie te las compra. Y aún te atreves a dar clases de acuarela. No tienes madre. Ni tantita. Creo que lo escupí en ese momento. Yo ya no era yo, te lo juro.

Expressionist paintings by Jason Shawn Alexander (Lost At E Minor)

El pintorzuelo me veía con sus ojos llorosos. Pensé en que todo el mundo le decía ese tipo de comentarios-críticas, que se metiera a trabajar de archivador en un Banrural, de maestro de Ciencias Sociales en un Conalep, de pinche contador de una tienda de muebles, de policía de crucero. Porque tú no eres pintor, no me chingues. Nadie me decía nada, sólo me veían absortos ante el ataque de furia. El ex amante me tomó del brazo y me dijo que me tomara otra copa. Claro que sí. Me serví una bien cargada. El pintorazo de quinta también se sirvió otra. Me preguntó muy serio si acaso eso pensaba de él. Asentí sin remordimiento. Silencio. Oigan: a esta ruca me la voy a coger. No sé si lo dije o lo pensé pero los tres muchachitos se pararon y se fueron. El ranguito iba arrastrando su patita como perrito atropellado. Pobre güey. Antes era súper deportista. Editaba una de las mejores revistas underground del estado. Pero un día le dio una extraña enfermedad en el cerebro. Tenía las venas como una bola de estambres. Me enseñó unas radiografías de su cabeza y se veían claritas sus venas arremolinadas. Exacto, parecía una bola de estambre.

Los acompañé a que se largaran y regresé con la señora, cada minuto se veía menos vieja, ya parecía tener como 50 años. Por supuesto que pensé en retirarme. A lo mejor regresaba el pinche pintor con refuerzos para darme en la madre. Sentía una paranoia pesada. Pensé en ti. Mejor ya me voy. Sentí una mano en la cintura, era la doña que me decía a dónde vas.  Pongamos más música. No sabía si eran los Pet Shop Boys o Led Zeppelin. Todo era confuso. Vi pasar a personas invisibles, corrían por detrás de mí. Dejaban una estela de luz. En la madre, ¿qué tanto he tomado? Toda amable la doña me invitó a pasar a su recámara. Desorden total. Ropa por todos lados, libros, discos, paquetes vacíos de pizza, vasos con restos de chupes antiquísimos, una especie de toalla con sangre, servilletas con mota, bolsitas de coca vacías, condones sin usar, pastillas del día siguiente y para el próximo día. Olor a rancio, a sudor viejo. Y un perro. Clásico, un pinche perro salvaje de esos que adoptan las doñas ñoñas. Para hacerse compañía. La señoritañora se sentó al borde de la cama. Empujó una docena de ropa lista para planchar hacia el suelo. Me invitó a sentarme. Me contó cómo era su vida. Niña rica antes del siglo pasado, ahora señora sin un quinto. Tenía un programa de radio por Internet que nadie escuchaba. Siempre llegaba cruda a las entrevistas. Subió un video a “yo tuve”. Me preguntó si lo quería ver. Claro. Era ella haciendo una entrevista a una fotógrafa. Lesbianísima ella. Ultraizquierdista y feminazi. A la doña se le notaba la resaca muy claramente. Hablaba con una voz pastosa, sus ojos rojos, rojos, despeinada. A la fotógrafa le llegaba todo el tufo. Su cara denotaba incomodidad. Después la doña vomitó. En el video y a mi lado. Creo que verse vomitar la hizo sentir náuseas. Me dijo que ese es el video más visto de su canal (el video tenía 458 vistas, los otros 5 o 9) y se sentía deprimida porque todo el mundo en su trabajo la habían visto hacer el oso total. Inmenso pensé yo y comencé a reír. No te rías, es cosa seria. No podía aguantar las carcajadas mientras ella iba al baño a limpiarse la guácara.

Diane Churchill Contemporary Expressionist Painter (Biddington’s)

¿Y vamos a coger? Me preguntó desde el baño. No creo, no se me para el pito, le contesté. Extrañamente no sentía ninguna motivación sexual, nada. Nada ahí me excitaba. Ya estaba muy pedo. Eso le pasa por meterme cosas en la bebida. Así que solamente la vi desnuda sobre la cama. Su cuerpo parecía tener kilómetros de extensión. Era gigante su panza. Parecía una pradera hecha de carne blanca. Infinita. Me acosté a su lado quedándome dormido. Desperté con tremendo dolor de cabeza. Aún veía colores raros. La voy a demandar pensé. La encontré en la cocina haciendo el desayuno. Mira, qué hacendosa. Yo me tiré en el piso. Estaba tan fresco que sólo eso me reconfortaba las tremendas punzadas en las sienes. ¿Qué chingados le pusiste al chupe? Nada. Pues no mames, creo que era ajenjo. Ando viendo lucecitas. Te lo juro nada, si te acabo de conocer. Le creí. Seguí otro rato en el piso. Su perro se me acercó y me brindó un poco de aliviane. Su nariz húmeda era la onda. Parecía una trufa. Sus ojos eran tristes. Más bien eran serios, con compasión por el pobre crudo tirado en el piso que le daba caricias. Me levanté y me despedí. Adiós y gracias. Hasta nunca.

El deslumbrante sol estaba a todo lo que da. La calle brillaba con potencia. Amarillos fulminantes y blancos cegadores. Mi cabeza explotando. Tomé el rumbo hacia tu casa. El trayecto en el trasporte fue la muerte. El metro lleno, sudando, nervioso, jaquecozo, crudelio, ojo seco, boca pinolera. Ni un mendigo peso para una coca. Cero. Pero aquí estoy, contándote todo, tal y como fue. ¿No me crees? Ella me miraba con ternura-odio. Se metió la mano y me aventó 20 pesos. Vete, me dijo. Y me fui, nunca más la vi. Se fue a vivir a Los Ángeles. La extraño tanto.