Disculpe, hay una rata en mi café

Sentí que todo el mundo me miraba a pesar de que el restaurante estaba vacío. Por supuesto la rata seguía ahí. Ahogada en mi café negro. Llegando al infierno de las ratas. El mesero se dirigió a la cocina dejándola ahí. Enfrente de mí para que la contemplara un poco más. La bella obra macabra de alguien sin tener que hacer

Wasps live with beetles in the garden (Steemkr)

POR Marlon Albores Colín

Sentí que todo el mundo me miraba a pesar de que el restaurante estaba vacío. Por supuesto la rata seguía ahí. Ahogada en mi café negro. Llegando al infierno de las ratas. El mesero se dirigió a la cocina dejándola ahí. Enfrente de mí para que la contemplara un poco más. La bella obra macabra de alguien sin tener que hacer

Hoy por la mañana me percaté de la plática que tenía una pareja de insectos. Estaban posados sobre las hojas de un árbol que está junto a la parada del camión. Los dos discutían acaloradamente sobre la decisión que habían tomado de esperar la hora de su muerte. Uno de ellos decía que la huesuda puede llegar en cualquier día y en la forma menos pensada. El otro le sugería que con tan sólo pensarlo le daban ganas de morirse. La verdad, los notaba preocupados.

Conforme avanzaba su plática, las frases que se decían eran cada vez más fuertes, insolentes, groseras, más cínicas. Se estaban dando en toda la madre pero sin golpes, sólo con palabras muy hirientes. Con albures metafísicos. Se escupían. Sus patitas se movían muy rápido. De arriba a abajo. Como mentándose la madre. Se escuchaban chasquidos salir de sus cuerpos.

Un rayo de sol iluminaba la pequeña escena, su reflejo en las pequeñas gotas de rocío mañanero le añadía luces al evento miniatura. El fuerte viento le daba un toque dramático al acto, los dos procuraban no perder el equilibrio para no salir despedidos fuera de mi vista. Se aferraban a la hoja-vida. Dramatismo puro.

Yo disimulaba no verlos para que se no cohibieran. Pero sus graciosos brinquitos con todo y giros acrobáticos me hacían imposible no querer perderme detalle alguno. Observar a dos insectos pelearse con tantas ganas es un espectáculo que no todos los días sucede, al menos no en esta pequeña vieja ciudad polvorienta. Se pelean perros, niños, caballos. Pero nunca dos insectos verde brillante. Dignos insectos.

Destapé mi refresco para no verme tan obvio. Encendí un cigarro para verme aún menos interesado en su devastadora plática. Se decían tales cosas. Qué ganas de joderse. Al tercer sorbo del refresco un reflejo del sol me cegó por un momento. Escuché un golpe seco. De los gritos pasaron a los madrazos en cuestión de segundos. Sangre negra, polen, antenas, pedazos de cuerpos volaban por todos lados. Yo sorbía mi refresco y calaba el cigarrillo no dando crédito a semejante acto de violencia tan diminuta. Pero real. Eso es violencia insectil en todo su esplendor.

Llegó el camión. No me quedó de otra que subirme, pagar al chofer y correr junto a una ventana para ver el desenlace de la pelea. Sin embargo ya no los pude localizar, creo que el viento había hecho de las suyas. Sin embargo, a dos cuadras el camión se detuvo y en mi ventana se posó el insecto verde brillante. El vencedor. Movió sus antenas, chasqueó con sus diminutas pinzas, desplegó sus alas verdes y despegó de nuevo con rumbo a quién sabe dónde. Ya saben cómo son, vuelan sin sentido. Me sentí aliviado. Vino a despedirse.

Pude mirar cómo desaparecía en la inmensidad del cielo. Pero los tumbos que daba el camión debido a las percudidas calles del barrio viejo de la polvorienta ciudad en la que vivo me sacaron de la clavadez insectívora. Mi cerebro me pedía a gritos un buen café negro con sus respectivos tacos rancheros, tan famosos por estos lares.

Así que me bajé justo en el viejo restaurante, o como les dicen aquí: desayunarios, para satisfacer mí antojo mañanero. El lugar tenía fama de servir el mejor café de toda la comarca y los mejores tacos ranchebrios. Tomé asiento y le pedí al mesero la carta. Ahí estaban, dibujados de manera vintage los platillos del día. Pedí el café con canela extra y los ya tan mencionados tacos. Tras no más de cinco minutos llegó el café. Lo tomé de inmediato sin pensar en que era eso que sobresalía de la taza, mi ansia por beber el elixir del diablo lo era todo. Pero noté que algo estaba fuera de lugar.

Want to Hate Coffee? Try San Fran’s Rat Café (Student Edge)

Con la mano llamé de nuevo al flaco mesero y le dije muy tranquilamente: Creo que hay una rata en mi café.

El mesero se acercó calmadamente a mi mesa observando el cuerpo de la rata que, efectivamente, flotaba dentro de mi café. Sin decir nada miró la cabeza del roedor que descansaba en la orilla de mi taza. Los ojos rojos de por sí saltones de la rata parecían querer salir disparados de sus órbitas. Su demás cuerpo permanecía hundido en mi café. Su cola, la maldita cola, descansaba del otro lado enroscándose en el asa de la tacita cafetera. El contacto con esa rugosa piel sin  pelos fue lo que me hizo darme cuenta de que algo raro había en mi café, por un momento creí que era un cuernito relleno de queso. Un croissant. El mesero ni se inmutó. Al parecer ya estaba acostumbrado a tales escenas de inmundicia restaurantera.

“En un momentito se lo cambio, señor” atinó a decir el meserito, mostrando muy poco nerviosismo. Más bien nada. Todo jotito. Todo un “pro”. De la manera más fina posible  sacó su teléfono para tomar fotos y subirlas a Instagram: “Otra vez una rata en el café de un cliente, #siemprelamismahistoria, #ratasmuertasencafecaliente, #diosmiosolomepasaami.” Sus dedos se movían con una velocidad infrahumana, apretaba los labios y se peinaba su horrible  melena. Cabellera larga negra con puntas doradas casi verdes, un aretiz (arete en la nariz) con cristalito rojo y un tatuaje en el cachete, madre discúlpame mi vida loca. Todo un Marasalvatrucho gay.

Sentí que todo el mundo me miraba a pesar de que el restaurante estaba vacío. Por supuesto la rata seguía ahí. Ahogada en mi café negro. Llegando al infierno de las ratas. El mesero se dirigió a la cocina dejándola ahí. Enfrente de mí para que la contemplara un poco más. La bella obra macabra de alguien sin tener que hacer. Es posible que la rata estuviera paseando muy feliz por la alacena donde guardan las tazas, sufriendo de pronto un ataque masivo de corazón que la mandó directo a la tacita artesanal de café. De esos tarros bien hondos, que les cabe una buena dotación de coffe calientito. O que un desalmado y travieso pinche de cocina la haya puesto ahí a propósito Se la encuentra en la coladera debajo del lavabo. La toma del piso y la pone ahí, de huevos. En mi café. Chance ahorita me están tomando fotos para subirlas a la red. “Viejo morboso cachado tomando café con rata, siempre observa a las meseras y les dice piropos salvajes, se soba los huevos mientras ellas le toman la orden, acosándolas”. Los meseros deciden hacerle una broma.

Obviamente pensé: “¿Por qué esté cabrón no se llevó está pinche porquería? ¿Por qué me la dejó aquí?” Por lo mientras ya había meditado sobre la vida de las ratas en su sucia cocina, el cómo y por qué una rata de tamaño considerable había caído en la cafetera y terminado enfrente de mí. Pensé en los encabezados de las notas en páginas chafas de Internet. Convertido en un gif. La gloria en el Internet. Más hashtags por favor #mendrinkratcoffe, #amazingjokeofevil, #savageprankmexico. Maldita modernidad no tiene límites.

Imaginé el tiempo que le tomó morir a la rata (si es que aún estaba viva) en ese pequeño pozo lleno de agua negra ardiente. Por lo que sé las ratas son muy buenas nadadoras. Lo he visto en los documentales y en películas clase B, como Ben la rata asesina, por lo que deduje que por muy pendeja que sea esta rata pudo haberse salvado sin problemas. No más de cinco minutos. ¿Entonces por qué estaba ahí la muy comodina? ¿Le resultó más fácil darse por vencida y dejarse ahogar? No lo creo. Alguien la puso ahí sin duda alguna. ¡A huevo que si! El mesero llegó con una nueva taza de café. Se llevó la taza con todo y el roedor  muerto. Por fin. Risitas.

Le puse azúcar al café. Tres cucharadas. Me gusta muy dulce. Estaba caliente. El humo empañaba mis lentes. Olor a canela. Despacio muevo la cuchara en el sentido de las manecillas del reloj pensando en la pobre rata. Al menos este café se sentía mejor que el anterior. Por un momento. Saqué la cuchara contemplándola. No lo podía volver a creer. Ahora una cucaracha era la nueva invitada en mi café. Choncha. El bicho parecía dormir sobre la plateada superficie de la cuchareta. No me quedó más remedio que tomarla de sus antenas para dejarla sobre una servilleta. Linda foto para premio del National Geographic.

Mi café se enfriaba mientras yo tanteaba con la punta de la cucharilla el fondo la taza. Mi asombro no paraba ante el desfile de cosas que salían de ella. Además del ahogado de seis patas; salían más objetos; una uña con restos de pintura roja, un puño de pelos güeros largos y espesos, una tachuela, la infaltable mosca crujiente, una colilla de Faros y una bola de gelatina oscura con puntitos rojos. A lo mejor era grasa acumulada. ¿Qué les sucede a los que sirven la comida? Qué ni comida es; ¡es una vil taza de café!

¡Qué les he hecho a estos malditos meseros de quinta! Se están riendo, ya los vi. Cabrones. Creen que no me voy a levantar para hacerla de pedo. Y están en lo cierto. Mejor me quedo sentado. Tranquilo enumero todas las porquerías que he formado en las servilletas blancas. Pienso en mis malas acciones. Pienso en los insectos verde brillante de hace rato. Me gustaría ser como ellos y empezar a discutir el porqué de esas viles acciones para con mi fina persona. Ni me conocen. Pinches meseros. Me punzan las sienes. Me sudan las manos, me quiero morder la lengua. Mi ojo izquierdo parpadea sin parar. Mejor me voy. Apenas son las ocho y media de la mañana. No es dios, deveras.

Ya nunca más volví a pedir café negro, sentí la obligación de pedir jugo de pomelo agrio con un poco de vodka para acompañar mis tacos rancheros. Dicen que es bueno para el estrés.  El mesero ahora ya hace como que revisa lo que me lleva. “Este cafecito ya no lleva rata eeeee”, me dice con su tono putón y moviendo exageradamente las manos. ¡Bon apetite!, me dice guiñándome el ojo y se larga moviendo su culo flaco. ¿Me las pagarán algún día? Deja lo pienso. No creo. Dan todo muy barato.