Aladino, un cuento chino

El orientalista francés Antoine Galland empezó su traducción de Historia de Aladino o la lámpara maravillosa de forma clara: “En la capital de un reino de la China, muy rico y muy vasto, cuyo nombre no acude ahora a mi memoria…” No se trata de una transcripción literal: eliminó los pasajes más escandalosos, que contenían sexo o violencia extrema

Aladdin’s lamp, magic, golden, desert (wallpaperbetter.com)

POR Jorge Álvarez

El orientalista francés Antoine Galland empezó su traducción de Historia de Aladino o la lámpara maravillosa de forma clara: “En la capital de un reino de la China, muy rico y muy vasto, cuyo nombre no acude ahora a mi memoria…” No se trata de una transcripción literal: eliminó los pasajes más escandalosos, que contenían sexo o violencia extrema

Más de uno se habrá quedado confundido al jugar una partida de Trivial y al responder a la pregunta sobre la nacionalidad original del personaje Aladino haya fallado diciendo Arabia, cuando la contestación correcta es China. Lo cierto es que esta historia, que nos ha llegado a través de un libro recopilatorio titulado Las mil y una noches, no se trata de un caso único y hay otros cuentos en dicha obra que también sitúan su acción en el Lejano Oriente.

¿Hay alguien que ignore que un joven llamado Aladino no tenía más que frotar una vieja lámpara de aceite para que apareciera un genio todopoderoso y le concediera lo que pidiese? ¿Que no sepa de la astuta Sherezade, que cada noche contaba un cuento sin final para poder salvar la cabeza? ¿Alguien que desconozca el nombre de Simbad, uno de los marinos más audaces que han existido? ¿Que no haya oído la expresión “Ábrete, sésamo”, la frase con la que los 40 ladrones entraban a su guarida?

Las mil y una noches es una antología de relatos fantásticos originados a partir del libro persa (posiblemente con antecedentes en la India) Hazâr afsâna (que muy premonitoriamente significa Mil leyendas) por el traductor y literato árabe Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar. Este autor vivió en el siglo XI, pero ya antes había otras recopilaciones parecidas, como la Alf Layla (Mil noches), dos centurias anterior y que, a su vez, se basaba en el citado Hazâr afsâna.

No obstante, en occidente conocemos la versión que tradujo el orientalista francés Antoine Galland, que vivió entre 1645 y 1715. Galland viajó por Oriente y Medio y Asia, para la Compañía Francesa de las Indias Orientales, con el objetivo de reunir una colección de muestras diversas destinada al gabinete del ministro Colbert. Ello le permitió aprender numerosas lenguas exóticas y decidirse a empezar a traducir Las mil y una noches en 1704, si bien hay que destacar que no se trata de una transcripción literal y está adaptada a los gustos europeos de entonces: eliminando los pasajes más escandalosos, que contenían sexo o violencia extrema.

La razón estaba en que, obviando esas partes, se trataba de una obra muy apropiada para el público infantil y juvenil. De hecho, así se concibió durante mucho tiempo hasta que en el último cuarto del siglo XIX el célebre explorador y erudito Sir Richard Burton publicó su propia traducción, ésta completa y sin autocensura, que completó con una versión en inglés de otra pieza controvertida, El jardín perfumado. Como dato curioso cabe añadir que en España fue el escritor Vicente Blasco Ibáñez quien realizó la edición más importante.

Las mil y una noches está constituida por unos 70 cuentos que tienen como nexo común la narración que hace la valiente Sherezade, que cada jornada le cuenta al sultán un cuento que continuará a la siguiente, de manera que éste, ansioso por saber cómo sigue, nunca la decapita como es su costumbre tras pasar la noche con una mujer. En realidad la historia de Sherezade parece ser una incorporación posterior, en torno al siglo XV, pero se integra perfectamente en el relato conjunto y ya es inseparable de él. Algo parecido ocurrió con Aladino.

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Aladino no pertenecía a la recopilación original, sino que lo añadió Galland en el siglo XVIII tras oírselo contar a un cristiano maronita de Alepo llamado Youhenna Diab, alias Hanna, quien había acompañado a París a Paul Lucas, un naturalista, anticuario y médico francés que había viajado por varios países mediterráneos (Grecia, Turquía, Egipto) en tres viajes que realizó a caballo entre los siglos XVII y XVIII. Galland transcribió la narración oral de Diab a finales de 1709 y la incluyó en los volúmenes IX y X que preparaba de Las mil y una noches, considerando que se ajustaba al espíritu de esa obra: genios, magos, exotismo, moraleja…

Pero no hay que confundirse. Que Aladino viviera sus aventuras en China no quiere decir que el cuento proviniera de allí; su origen es árabe y todos sus elementos destilan tal sabor. Simplemente se localiza en el Lejano Oriente por ser un lugar remoto, tan misterioso y sugestivo como lo fue –puede que siga siendo— hasta hace poco.

El problema está en que no se conserva alguna versión o fuente árabe medieval, si es que es tan antiguo. Sólo se han encontrado dos manuscritos de esa procedencia guardados en la Biblioteca Nacional de Francia, ambos dieciochescos; uno sería una copia de otro escrito en Bagdad y el segundo ni siquiera lo habría escrito un musulmán sino un sacerdote cristiano llamado Dionysios Shawish, también conocido como Dom Denis Chavis.

De hecho, el ambiente es musulmán, la religión también lo parece e incluso otros aspectos, como que aparezca un comerciante judío o al emperador se le llame sultán. Se ha interpretado, además, que el malvado brujo que se hace pasar por tío de Aladino, y que en el cuento procede del Magreb, sería de Marruecos, tierra que sería el otro extremo del mundo conocido en ese contexto islámico. Incluso el nombre del protagonista, al igual que los de otros personajes, tiene resonancias: Alā ‘ad-Dīn, significa nobleza o gloria de la fe en árabe.

Rizando el rizo, algún estudioso opina que el cuento podría ubicarse en una comunidad musulmana china, como por ejemplo la etnia Hui o, afinando aún más, localizarse la acción en el Turquestán, la región de Asia central que abarcaba desde el Mar Caspio al Desierto de Gobi y que históricamente incluía la actual provincia noroeste de Sinkiang.

Al final, todo depende de la versión que se maneje. Galland había empezado su traducción de Historia de Aladino o la lámpara maravillosa de forma muy clara: “En la capital de un reino de la China, muy rico y muy vasto, cuyo nombre no acude ahora a mi memoria…”. En 1885 Burton también se decidió por esa ubicación: “Me ha llegado, oh Rey de la Era, que habitaba en una ciudad de las ciudades de China un hombre que era sastre, pobre y con un hijo, Alaeddin”. Hoy, con la potente influencia audiovisual del cine (El ladrón de Bagdad, Aladdin), parece optarse por decir simplemente Lejano Oriente, sin concretar.

Tomado de: La Brújula Verde. Diciembre 30, 2017.