El paciente más útil de la historia

Cuando el médico se propone dar vida, lo hace con partes de cadáveres de gran tamaño. Esto lo hace para ensamblarlas con facilidad. El resultado es una criatura potenciada en sus capacidades motrices, intelectuales y pasionales. Pasiones que sellan el destino de ambos y funcionan como antecedentes para pensar el problema desde la medicina actual

Frankenstein Cyborg Monster (Roger Marshall)

POR Ingrid Sarchman

Cuando el médico se propone dar vida, lo hace con partes de cadáveres de gran tamaño. Esto lo hace para ensamblarlas con facilidad. El resultado es una criatura potenciada en sus capacidades motrices, intelectuales y pasionales. Pasiones que sellan el destino de ambos y funcionan como antecedentes para pensar el problema desde la medicina actual

Frankenstein no es una novela de aparecidos estrictamente hablando, sino una que reflexiona acerca de los alcances éticos y las consecuencias sobre la manipulación de la vida. Sin embargo, hay un equívoco recurrente sobre la novela de Mary Shelley. Se cree, y se repite, que quien lleva el nombre del clásico es el monstruo y no el médico que lo creó. Parte de la responsabilidad puede ser de Hollywood, que inventó una criatura estilo robot, manufacturado con elementos reciclados. Difícil olvidar el corcho en la sien, como marca registrada. Un símbolo simplista y ramplón que se apropió del nombre de su creador porque, en un punto, necesitaba nombrar y tapar lo que su autora, adrede, había evitado.

¿Por qué la industria cinematográfica pasó por alto el carácter de innombrable y de irrepresentabilidad del monstruo? Esta omisión no es un dato menor, teniendo en cuenta que su argumento original ponía especial acento en el conflicto ético de Frankenstein al momento de descubrir, horrorizado, lo que él mismo había provocado, alterando los procesos naturales de vida, reproducción y muerte.

Pero hay algo más, cuando el médico se propone dar vida, lo hace con partes de cadáveres de gran tamaño. Esto lo hace para ensamblarlas con facilidad. El resultado es una criatura potenciada en sus capacidades motrices, intelectuales y pasionales. Pasiones que sellan el destino de ambos en la ficción y funcionan como antecedentes para pensar el problema desde la medicina actual. La ortopédica, la protésica –surgidas como paliativos para los heridos de guerra primero— hasta la manipulación genética en la actualidad, son las formas en las que el dilema frankensteniano vuelve a nosotros.

En 2015, el historiador israelí Yuval Noah Harari publicó Homo Deus, Breve historia del mañana, un libro donde propone el pasaje del “hombre que piensa” al “hombre que crea”; un tipo de existencia que aspira a la perfección valiéndose de la ciencia y de la técnica. Los avances en ingeniería genética han logrado decodificar las lógicas de la existencia y de la reproducción, intentando alcanzar los grandes objetivos de la humanidad: la salud, la felicidad, la perfección y la inmortalidad, en ese orden. El razonamiento de Harari supone que la percepción, y hasta la subjetividad más íntima, pueden ser localizadas y alteradas.

En ese sentido, vale recordar el caso de Neil Harbisson, artista y activista inglés que nació con un tipo de daltonismo que le impide ver colores, inventó un dispositivo para oírlos, incluso los invisibles al ojo humano, como los rayos ultravioletas o los infrarrojos. El “ojo electrónico musical” que tiene forma de antena está injertado de forma permanente dentro del cráneo y puede conectarse a Internet mediante wifi y hasta recibir llamadas telefónicas. El problema llegó al momento de renovar la foto de su pasaporte porque, según la legislación de Gran Bretaña, en la foto del documento no se puede portar nada ajeno al cuerpo. Tras unas semanas de gestiones por parte de científicos e intelectuales de su país, Harbisson no sólo logró la autorización, sino que fue el primer cyborg reconocido por un país desde 2004. Apenas unos años después aparecieron en el mercado los “weareables”, un conjunto de dispositivos electrónicos que se adosan al cuerpo para, en primera instancia, suplir falencias, pero también para potenciar capacidades innatas.

Chris Dancy es un buen ejemplo en ese sentido. Considerado actualmente, el hombre más conectado del mundo, tiene 11 dispositivos incrustados que le permiten, entre otras cosas, medir la presión sanguínea, el peso, la temperatura, el balance de nutrientes en sangre, cantidad de azúcar y el monitoreo de sus órganos. El año pasado, la firma financiera Bloomberg lo calificó como el “hombre más cuantificado del mundo”, indicando que la vida y la existencia pueden, a partir de la tecnología adecuada, ser controladas en todas sus dimensiones. Sin embargo, Dancy simboliza mucho más que eso: representa la utopía de Harari de pasar de lo humano a lo divino. De la misma forma que el fallo judicial que le otorgó el reconocimiento a Harbisson, estos cuerpos hechos de carne, hueso y bytes son los nuevos monstruos. Unos más amables y agradables a la vista pero que nos enfrentan, de la misma manera que a Frankenstein, con la evidencia de que la técnica es mucho más que un conjunto de procedimientos.

La técnica es un tipo de relación que se establece con el entorno y con el propio cuerpo, y por eso mismo exige responsabilidad sobre ambos. Pasar de la mirada espantada del médico a una más consciente y responsable de las consecuencias es el desafío de nuestro tiempo.

Tomado de: “Revista Ñ”. Clarín. Marzo 7, 2018.