Martín González, el Inmutable

A Martín le brillaron los ojos cuando divisó la pulquería a la que nunca había podido entrar. Por una cosa o por otra siempre se le negaba la oportunidad de ponerse una peda en ese ya mítico lugar para él. Esta vez sí lo logrará pero con funestas sorpresas. Empujó las puertas con resorte, de regreso una de ellas le pegó en el codo justo en el nervio

Pulquería La Santa Solita. Mexico City is Rediscovering Pulque (Food & Wine Magazine)

POR Marlon Albores Colín

A Martín le brillaron los ojos cuando divisó la pulquería a la que nunca había podido entrar. Por una cosa o por otra siempre se le negaba la oportunidad de ponerse una peda en ese ya mítico lugar para él. Esta vez sí lo logrará pero con funestas sorpresas. Empujó las puertas con resorte, de regreso una de ellas le pegó en el codo justo en el nervio

Martín González, el más ebrio en la comida navideña de la empresa donde trabajo, se va tambaleante del salón adornado con globos verdes-rojos, nochebuenas resecas además del infaltable árbol de navidad plateado. Antes se le acercó a la enfermera que trabaja al lado de su oficina  para decirle que le duele mucho la pierna. Martín se soba su chamorro flaco con cara de dolor etílico. Ella le da unas pastillas para el dolor y le ha dicho que no se las  tome así como va de borracho. Martín obediente se las guarda en la bolsa de su pantalón. Zigzagueando se va en dirección a su casa. O eso cree el. Mientras camina rumbo a la parada del camión se acuerda de que mañana tiene que ir a la kermese que se organiza cada día después de la comida navideña. Se lo ha prometido al director general.

—Yo tengo la camisa bien puesta. Usted es el mejor jefe de la historia…y le repito Yo tengo La Camisa Bien Puesta. Martín recuerda sus propias palabras. No se puede echar para atrás. Borracho pero cumplidor. De por sí ya lo quieren correr de su puesto de diseñador gráfico chafa como para ponerle más leña al fuego.

Decide apresurar el paso para no llegar tarde a la cita con la “novia”. Ya van varias veces que la deja bien plantada, algo que él odia más que ella. Él es un amante de la puntualidad. No se puede dar el lujo de dejar pasar una sabrosa cogidita con esa chamaca, lo trae loco. Cree que por eso bebió de más en la fiesta, recuerda que pensar en ella lo hace tomar una cerveza más, un tequila más, otra chela por favor, más tequilas sivuplé. Ahh, qué compas tan cagados estos con los que trabajo, están recagados. Son bien chundos pero buena onda. Las morras no están tan mal y más las que van a hacer su servicio social. Pinches chavas, ricas y cachondas. Ni aflojan pero cómo me calientan. La que sí se pasa es la secretaria del jefe, esa sí está loca, me cachondea bien loco en la oficina. Recuerdo cuando me agarró las nalgas y me las sobaba; le dije, ¿qué te pasa? Y nada más se reía. Creo que me cabe otra chelita.

A Martín le brillaron los ojos cuando divisó la pulquería a la que nunca había podido entrar. Por una cosa o por otra siempre se le negaba la oportunidad de ponerse una peda en ese ya mítico lugar para él. Esta vez sí lo logrará pero con funestas sorpresas. Empujó las puertas con resorte, de regreso una de ellas le pegó en el codo justo en el nervio. ¡Su puta madre!, gritó adolorido Martín; una terrible frase para decirla justo frente de la virgen que resguardaba la entrada de la pulquería. El pulquero lo vio con un ceño nada agradable. Martín El Inmutable por fin podía ver el interior de la pulcata: Mesitas blancas de plástico con el sagrado emblema cervecero, macetas por doquier con helechos blancos, botes de jabón colgados del techo con flores azules y amarillas, piso de tierra mojada, detrás de la barra descansaban, igualito a un tótem, el barril de pulque, y una rockola viejísima que aún tenía su repertorio completo con discos de 45 revoluciones, magia pura; y al lado de la rockola, dos culeros sentados tomando caguamas.

¿Qué por qué dos culeros? Pues porque Martín sintió su mala vibra de inmediato. Se sentó tratando de no mirarlos directamente. Pinches vatos, ojala y se vayan.

In this Dec. 2, 2016 photo, a couple sit outside La Nuclear pulqueria in Mexico City. Mexicans have been brewing pulque from the juice of cactus-like maguey plants for centuries, but the viscous, beer-like beverage fell out of favor starting in the 1970s as pulque got a reputation as a poor man’s drink. (AP Photo/Marco Ugarte)

Mexico’s ancient beverage of pulque makes a comeback (Daily Mail)

Dejó su mochila debajo de la mesa, respiró profundamente pensando en la pedota que se iba a poner pero no mucho, la “novia lo espera”. Camina a la barra para pedir un pulque blanco. 20 varos el litro, deme uno para empezar, sale. Regresa a su mesa y prueba el pulque. Martín se sintió culpable al momento de gozar la fresca sensación que sólo el pulque frio te puede hacer sentir, se emputó por no haber entrado antes a ese lugar: Santa Pulcata de las Margarita Descalzas, en pleno Atizapán de Zaragoza, se odió por no haber pedido dos litros en vez de uno. Sin embargo también se sintió alegre y lleno de vanidad. Sabía que a sus amigos les iba a encantar ese lugar junto con el sabroso pulque. A huevo, mañana mismo los traigo. Sólo me chingo otro litro, bueno otros dos, y ya. A la mitad del tercer pulque, Martín se acordó de los chochos que le había dado la enfermera del trabajo. Se metió la mano a la bolsa y ahí estaban.  Doz diazepanes. Así con Z. Se los zampó como si fueran lunetas. Fue por otro pulque para hacerlos explotar. No mamen tengo que ir a ver a Julieta, pensó el Romeo en medio de una niebla de colores pastel que se derretían frente a él.

Justo al salir el pulquero le preguntó –¿Eres satánico, cabrón? Martín se paró en seco. No estaba seguro de lo que acababa de escuchar. Sin pensarlo le contestó al señor gordo pelón que servía el pulque –¿Que si soy satánico? ¿Qué no se me ve? ¡Alabo al señor de las tinieblas a diario, el patrón es lo más chingón del mundo, le rezo cada noche en búsqueda de poder y sabiduría, Belcebú es mi guía, adoro a Baphomet! ¡Me cago en la virgen de Zempoala, en la iglesia castólica, apostrófica y pitera mamahuevos. Mataré al papa San Juanito Tehuacan Tercero para placer de mi Padre Negro. Pero no, señor, no se saque de onda, si le digo esto es porque, mire, yo ya llevo rato estudiando a Anton Zsandor La Vey, el mero mero, si sisi, ese compa es la neta aunque digan que era un hippie, siii ¿Lo cree usted? Por otro lado déjeme decirle que su pulque está con madre, no había probado otro igual desde…. desde…. desde nunca jamás!!! Voy a invitar a mis amigos, sí, sí, todos son artistas, le vamos a llenar este lugar y lo vamos a hacer a usted bien rico, así bien rico como las nalgas de esa señora que está pasando… ¿es su hija? Esa no. Esa no. Mire, la verdad sí le voy a traer amigos y vamos a filmar una película aquí, así bien perra, bien under, ya tengo escrito el guion, es cosa de que me dé chance, ¿si me da chance verdad? Ándele, no nos tardamos nada y el crew es la onda. ¿Cómo ve? ¿Si le late? Es más, deme otro pulque para sellar este pacto entre los dos. Así con gargajo en la mano y todo el pedo.

Historia del pulque, la bebida rebelde (Por Todos Los Medios)

Los dos culeros observaban a Martín pensando en cómo romperle la madre. Pinche farol. Martín ni se acordaba de ellos. Sólo pensaba en grabar su película en ese lugar. Y en Julieta. ¡La pinche Julieta! Le aventó 100 pesos al pelón gordo y salió entre temblores, el suelo se movía de un lado a otro. Martín estaba hasta el huevo. Por eso no vio muy bien a los dos culeros cuando salieron detrás de él. También por eso no supo responder cuando los dos culeros le preguntaron a quemarropa. –¿Te sientes muy cabrón para venir aquí al barrio y decir que eres satánico, puto? Martín les contestó: No sé de qué me hablan, caballeros. La verga, qué. Te vas a ir con nosotros para que se te quite lo mamón; órale, súbete pendejo. Los dos culeros lo tomaron de los hombros para meterlo entre empujones a un Tsuru blanco. Lo sentaron en el asiento trasero. Martín no sabía lo que pasaba… muy bien. Él sólo observaba a esos tipos queriendo darle un aventón a la avenida para tomar el camión.

Qué amables cabrones estos dos tipos. –pensaba Martín, riéndose. –Me cae que son mis compas. Como ellos nos hay dos. Son cuatro, a huevo. Entre risas y maldiciones Martín guardaba la billetera en su mochila. Sacó su chamarra nueva Guess para presumirla a sus nuevos amigos. Los cuales muy emputados lo miraban sin dejar de gritarle cosas amenazantes, muy amenazantes. A Martín poco a poco le llegó la sensación de que algo no estaba bien. Nada estaba bien. Ni el carro ni esos compas gritando y pegándole, el rumbo por donde iba, nada. Por fin se dio cuenta de lo estaban secuestrando para darle en su madre y pedir rescate. Se puso como loco. Empezó a gritar, a decirle a los dos culeros –sí, señores, reconozco que la cagué, le pido perdón a la virgen morena, a ustedes les pido perdón por mis actos, no me sé controlar, espero Dios me perdones por blasfemar de esa manera, se los juro por la bandera de Méjico, ¡por el águila come serpientes! Sí, señor capitán; sí, mi coronel, ya sé que son soldados, no me lleven al paredón, gritaba Martín moviendo los brazos en señal de saludo militar. Izquierda, derecha, izquierda.

Pinche Martín, se le botó la canica bien y bonito. Los dos culeros se le quedaron viendo con ojos de “este wey ya anda hasta el huevo, mejor lo bajamos, no nos vaya a meter en un pedo”. –Ya bájate cabrón –le dicen a Martín los “judiciales”. Antes de que te demos en tu madre. Antes de que metamos balazos. ¡Bájate, ya! Pero el pobre Martín, de tan pedo que estaba se le atoró un pie entre el asiento y la puerta. Estaba atorado. Esos tsurus son una trampa mortal. El dúo de ojetes creía que Martín los estaba cabuleando. ¿Así que no te quieres bajar? Pues ahora si te vamos a dar un rol bien culero.

Martín sintió que su barriga explotaba. El puño del culero número 2 se le incrustaba justo en la boca del estómago haciéndolo caer de nuevo en el asiento trasero. Le arrancaron su chamarra nueva, no sin antes recibir unos mazapanes correctivos, por farol. Martín se quedó callado. Empezaba a sentir la pinche adrenalina fea, la comezón interior, esa comezón que no se te quita con nada, la manos temblorosas, sudando, los ojos viendo y tratando de reconocer el lugar. Ya es de noche. Van por una carretera que nunca antes había visto. Las luces de San Bartolo se ven muy lejos. Los culerojeis le preguntan si trae varo. Martín les da 20 pesos. Frenan el coche. Se orillan, pues están en plena curva. Ahí lo sacan y lo avientan el par de culeros. Arranca el Tsuru blanco y se larga. Martín piensa: ¡20 varos! Esos weyes no eran judas ni soldados. Nada más me querían culear. Hijos de su falsa madre judicial. ¿En dónde carajos estoy?

Martín se acerca a la barra protectora de la carretera que se alarga como serpiente negra en la noche. Los autos pasan rozándolo, no hay otra opción más que seguir las curvas, seguir la víbora, la negrura. Llegar a todas esas luces de casitas allá abajo. Pero qué hueva. Mejor me salto la barra y me voy en medio de las curvas, así no camino tanto. Y dicho y hecho. Martín por fin llega al final de las curvas. Junto a la carretera hay un caminito que lo lleva justo donde comienzan las casas que forman un laberinto empinado para llegar a tierra firme. A donde haya transporte para su casa. La Julieta. Julietita, espérame, ya casi llego. Largos y oscuros, cortos y agudos corredores apenas iluminados por raquíticas luces de focos desnudos, entre los cuales Martín debe de caminar para llegar a la parada. De pronto un hombre sale de una de las casitas que forman los corredores. Vestido con un saco amarillo chillante, zapatos negros, muy chaparro, con lentes y el cabello relamido, listo para el guateque. Martín le pregunta por los camiones que lo lleven a San Cristóbal. El pequeño hombre le dice que allá abajo, pero que tiene que caminar a la Av. de la Amargura. De seguro ahí ya pasan los camiones. Que le corra, porque ahí matan.

Pobre Martín, ya no siente nada. Sólo quiere que se terminen esas pinches casitas con sus malditas escaleras negras. Entre más se acerca a la calle más gente sale. Pulula la gente fea, deforme, niñas en chanclas con shorcitos blancos sucios, vejetes milenarios, señoras groseramente gordas, perros, miles de ellos, ratas, moscas, ratones viejos. Pero por fin logra llegar a la avenida. Justo el camión le hace parada. Se sube. Paga el pasaje y se sienta hasta atrás. Cumbiaton para amenizar el viaje. Martín ya no se siente borracho. Ni pedo, ni ebrio. Simplemente piensa: Mi pinche chamarra. Me van a cagar mis papás. Julieta, ya mero llego.