Ojos infinitos

Ghost Girl in Abandoned Building. Industrial Premises… (Shutterstock)

POR Marlon Albores Colín

Fue en una noche, pintando en una vaga obscuridad, alumbrando la pared sólo con un par de velas, cuando sintió que una mano tocaba su espalda. Unos pequeños dedos rozaron su cuello. Volteó, agachando la cabeza, para ver a una niña con ojos que parecían no tener fin. Ella era quien lo estaba molestando

A pesar de todo, el Hombre nunca iba a borrar nada. Por el contrario, deseaba empezar de nuevo la pintura. Por más que los pinceles se rompieran, que al lápiz se le achatara la punta, a pesar del dolor de sus dedos, por más que los colores se acabaran, él no se iba a quedar sin hacer nada. Por eso su rictus recio, seco, paradójico. En su mente, finalizar lo que había empezado era lo único viable. Aunque también le parecía absurdo terminarlo. Aun así recibía todas las críticas de buena gana, pues muchos no confiaban para nada en él. A veces ni él mismo. Sabía que esa  muralla era eterna.

Otros, además de criticarlo, afirmaban que el hombre estaba enamorado de la pared. A todo mundo le resultaba chocante que un hombre amara algo así. Tan inerte, tan sin vida, una pared. Pensaban que estaba loco. Tanto tiempo ahí, sudando, congelado, moviéndose más lento que el sol, subido en las escaleras chorreantes de pintura seca. Sin descanso. Eterno. ¿Castigo divino?

Pero él no escuchaba razones ni siquiera las necesitaba. Su única razón de existir era estar ahí. Hablar con ella, acariciarla con los trazos que delicadamente esparcía sobre su superficie, coloreándola toda. Llenarla de color era su vida. Rarito.

Fue en una noche, pintando en una vaga obscuridad, alumbrando la pared sólo con un par de velas, cuando sintió que una mano tocaba su espalda. Unos pequeños dedos rozaron su cuello. Volteó, agachando la cabeza, para ver a una niña con ojos que parecían no tener fin. Ella era quien lo estaba molestando.

—Hola –la saludó.

—Hola, ¿Cómo estás pintor? –respondió muy seria.

—Bien. Pintando. ¿Se podría hacer otra cosa? –inquirió, volviéndose hacia la pared para continuar con su labor.

—Claro. Puedes venir conmigo y jugar un momento –dijo seriamente la niña.

—No tengo tiempo, niña. Estoy pintando esta pared –el hombre dejó de verla.

—¿Desde cuándo soy niña, si acabo de conocerte? –le preguntó al enfadado pintor. —¿Por qué me dices niña? ¿Por qué, por qué, por qué?

Al pintor le parecía ridículo que a esas horas una niñata estuviera haciéndole esas preguntas. Ahí, con su pared.  De seguro su madre vendría por ella en unos cuantos minutos, pensaba. No ha de tardar. Sin embargo la niña no paraba de hacer preguntas. ¿Cuándo terminarás de pintar? ¿Seguro qué no estás loco? Esta pared es gigante… ¿De qué color es la vida, el amor, la esperanza, el olvido, de dónde sacas sus colores si no existen? ¿Te has dado cuenta de que no amanece? No se callaba.

El hombre, dejando de lado sus pinceles, se propuso a responder.

—Mira niña –comenzó, muy mamón—. Un alma solitaria como la mía no necesita saber del tiempo, así que no sé cuándo terminaré de pintar. De estar loco, de seguro no te estaría viendo ni respondería con tanta seguridad a tus preguntas. Te apuesto lo que quieras a que no lo estoy, pues todos los días veo gente pasar caminando, que aunque no me pregunten nada, siento en sus miradas las mismas preguntas que me estás haciendo. Y sí, la pared es muy larga. Con respecto a los colores de la vida, el amor, la esperanza y el olvido; esos se los da cada quien. No importa si tu paleta de colores es básica o muy complicada. Tú sabrás qué color ponerles. En mi caso los que pongo son los que más me gustan, aunque la verdad, —la niña lo miraba absorta— no me importa si les agradan a las demás personas. Por último, si, ya vi que no amanece, pero ¿ya sabes que estás muerta? Aquí en la muerte nunca amanece ni anochece, el tiempo es según tu ánimo. Para mí es de día; esas velas las uso para cuando se acerca gente como tú. Para ti es de noche y tu tristeza es infinita, la puedo ver en tus ojos. Eso hace que todo lo veas así. Oscuro. Yo alguna vez me sentí así. La vida me arrebató lo que más quería, es más, aún lo deseo, pero estoy muerto, como tú. Pintando y esperando en algún momento volverlo a sentir. Eso es esta pared.

La niñita lloraba. Ahora sabía que estaba muerta. Se dio la media vuelta, desolada y caminó. No sabía a dónde ir. Hasta que escuchó al pintor decirle:

—¿Quieres acompañarme a pintar? Ven, te presto un pincel y varios colores.

La niñita corrió a tomar el pincel y los colores. Alegre, por primera vez en milenios, sonreía. Los dos pintarían la pared hasta que amaneciera de nuevo.