Cuando la vida de tus sueños se pudre

Los sueños no existen. La mujer de tus sueños tampoco. El hombre de tus sueños menos. No hay relación amorosa que no nazca rota porque está comprobado que el ser humano es incapaz de soportarse a sí mismo si no fuese por las herramientas que tiene a su alcance: Internet, televisión, porno, alcohol, drogas, y todas las exquisiteces mundanas

Black & White Sunday: Wish/ Lost in Translation (WordPress.com)

POR Óscar Garduño Nájera

Los sueños no existen. La mujer de tus sueños tampoco. El hombre de tus sueños menos. No hay relación amorosa que no nazca rota porque está comprobado que el ser humano es incapaz de soportarse a sí mismo si no fuese por las herramientas que tiene a su alcance:  Internet, televisión, porno, alcohol, drogas, y todas las exquisiteces mundanas

Alguien debería inventar una muy buena receta para las despedidas. Luego de varios experimentos alguien también debería inventar un cristal para elaborar los frasquitos donde se deben guardar las despedidas. Y alguien debería inventar un mueble para colocar dentro los frasquitos. Catalogarlos. Jugar con las etiquetas y con los nombres. Al fin tomar la decisión y mandar a la mierda algunos de esos frasquitos al día siguiente, de temprano, envueltos en periódico y dentro de bolsas, justo al bote de la basura.

Pensemos en el rostro del trabajador de limpieza justo al abrir las bolsas. Yo también he dejado ir muchas despedidas. Supongo que lo pensaría tras vaciar el contenido en montañas de basura. Luego haría una mueca extraña. Pero una mueca de lo más normal. No hay por qué asustarse. Alguien debería inventar un futuro para las despedidas. Supongo, también, que ningún futuro lo tiene. Eso del futuro.

Siempre pienso que nos despedimos de algo a cada instante. No lo sé. Puede ser de objetos. Puede ser de lugares. De personas. De habitaciones donde jamás volveremos a estar. Esta reflexión me ha llevado a la conclusión de que no existe amor que sea permanente. Los que se dicen enamorados a cada día se despiden de su amor. Y llega un punto en que ya nada tienen sino una memoria cuya voz resuena tan hueca como la canica de un niño dentro de una caja de cartón. No sé cómo he dado con la fórmula: despedidas y amor. Hasta ahora me parece un poco idiota. Lo acepto.

Las despedidas son dolorosas porque no se nos ha enseñado a soltar. Porque confiamos en un tiempo del cual también nos despedimos a diario. Frente al espejo. Cuando nuestro cuerpo se deteriora. Cuando las enfermedades aparecen tan sólo para burlarse de nosotros que nos creíamos tan eternos. La misma escritura desaparece. No hay ningún proceso artístico que sea permanente por más que así lo creamos. Pasan de moda. Envejecen y se envilecen.

Nos destruimos a cada momento. Lo sabemos hacer tan bien que nadie tiene que venir a darnos lecciones de mostrador. Pero también nos construimos. No sé si es equilibrio. Tampoco es que me importe. Si creen en el blanco y el negro me parece bien. Quizás en medio de estos dos ejercicios. Camino abajo. Pero también camino arriba. Aparecer y desaparecer. Quizás sea aquí donde brota la vida. Como un torpe y borracho equilibrista que va de lado a lado sobre una cuerda.

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La vida. La nuestra. La mía. La tuya. Buena o mala vida. Quién podría asegurarnos dónde se esconden las vidas malas, dónde las buenas. Pero la vida. Fíjate bien: si no es la vida con la que en algún momento soñaste tampoco tienes que preocuparte tanto. Mucho menos lamentar cada uno de tus errores. Podrías, por ejemplo, escribir libros de superación personal y volverte millonario. Apuesto a que no imaginas una vida así. Nos es más fácil pensar en lo miserable que somos como seres humanos que en lo extraordinario que aún somos capaces de alcanzar. También cabe la posibilidad de que ahorres unos cuantos pesos, acudas a uno de los tantos mercados de armas, compres para la que te alcance, llegues a casa, te vuelvas a mirar en el espejo como aquel maestro de la novela japonesa Soy un gato, pegues el cañón de la pistola a la sien y pum, se acabó: quizás no tuviste la vida con la que siempre habías soñado, pero al menos tuviste la muerte que tú mismo preparaste. Felicidades: será el último de tus logros.

Los que creen que su vida es perfecta no lo harían. Eso, lo de darse un balazo en la sien. Su vida es perfecta como la redondez de una bola de billar. Los que se mienten para alcanzar a vivir con migajas. Los que se hacen de una vida envuelta en papel periódico que antes ha sido utilizado para limpiarse el culo en pulquerías y cantinas. Los que apenas dan la espalda y se burlan de ellos. De sus teorías acerca de la vida de tus sueños. De sus teorías de “tengo lo que siempre quise”: un trabajo de ocho horas al día, una vida sin vida, un tambor de hojalata roto que apenas si alcanza a sonar cuando lo rasga la pata de un perro sarnoso. Los que en su modelo de vida esperan al hombre de sus sueños y se ofenden si les llaman “putas”. Los que en su modelo de vida esperan a la mujer de sus sueños y se ofenden si les dicen “cabrones misóginos”. La casa del modelo de vida de tus sueños a plazos durante un periodo de veinte años. Los que en su modelo de vida creen en la democracia y en los partidos políticos. Y en los candidatos. Pongan aquí todos los etcétera que ustedes quieran.

Los sueños no existen. La mujer de tus sueños tampoco. El hombre de tus sueños menos. No hay relación amorosa que no nazca rota porque está comprobado que el ser humano (en su suprema inteligencia) es incapaz de soportarse a sí mismo si no fuese por las herramientas que tiene a su alcance (Internet, televisión, porno, alcohol, drogas, y todas las exquisiteces mundanas), sino incapaz de soportar a alguien más al menos durante una semana. Los que se empeñan en la perpetuidad del amor son los mismos que, aunque en compañía, al acostarse se sienten más solos que nunca.

La esperanza.

Los sueños.

Si nos dimos a la tarea de inventarlos con restos de nuestro primer desayuno fue porque de otra manera el mundo sería lo que es: una guarida de chacales de la peor especie donde se comen los unos a los otros en un manjar que seguramente habría sido la envidia de Jesús, quien orinado de risa mira desde arriba.

Un cataclismo de embrutecidos caníbales que a cada momento se despiden de lo que les queda de vida. Las migajas saltan por sus dientes chimuelos. Sonríen. Mueven la mano para dar a entender que se están despidiendo. He aquí a nuestros cocineros: en estos momentos inventan una receta para las despedidas. No será la mejor. Pero es el único país que tenemos. No hay otro.