Mujeres mayores y erótica, romper el tabú

Hay que construir una estética cultural de mujeres viejas y bellas, y recordar que el deseo de sentirse atractivo y gustar no se apaga. Los hombres envejecen exactamente igual pero en cambio la mirada social no es tan aniquiladora, pese a que ellos siguen sometidos al mandato que iguala sexo con coito, difícilmente alcanzable para ellos en la vejez

Sóc gran, i què?”, una iniciativa para desmontar estereotipos (Ajuntament de Barcelona)

POR Cristina Sen

Hay que construir una estética cultural de mujeres viejas y bellas, y recordar que el deseo de sentirse atractivo y gustar no se apaga. Los hombres envejecen exactamente igual pero en cambio la mirada social no es tan aniquiladora, pese a que ellos siguen sometidos al mandato que iguala sexo con coito, difícilmente alcanzable para ellos en la vejez

Un espeso silencio envuelve la sexualidad y la erótica femenina a partir de la menopausia. Una niebla social que la invisibiliza convirtiéndola en un tabú y sobre el que se ha construido la idea estereotipada de que las mujeres mayores son asexuadas. El edadismo –la discriminación por edad en base a falsos criterios— campa a sus anchas, pero detrás de sus prejuicios existen otras miradas y muchas ganas de vivir.

Detrás de este silencio pasan cosas y Anna Freixas, catedrática jubilada de Psicología en la Universidad de Córdoba se ha puesto manos a la obra para explicarlo en el libro Sin reglas (Capitán Swing) dando la vuelta a tantas falsas creencias. “He querido abrir una conversación sobre la sexualidad en la edad mayor –explica—, una conversación que haga visible lo invisible porque el silencio también nos lo imponemos a nosotras mismas. El deseo no desaparece con la edad, un buen número de personas mayores tienen intereses sexuales y disfrutan, diversos estudios demuestran que la sexualidad de las mujeres a partir de la mediana edad mejora”.

Anna Freixas, escritora feminista, no se nutre de estudios realizados, sino que su libro es fruto de una investigación de tres años basada en la entrevista a 729 mujeres, cuyas edades oscilan desde los 50 años hasta pasados los 80. Un amplio universo muy diverso con el patrón común, tanto en las que desean sexo como las que no, de que todas quieren ser agentes de su propia vida.

Hay que empezar por analizar críticamente ese corsé de hierro que la sociedad impone a los mayores, y especialmente a las mujeres. La belleza y el atractivo sexual se vinculan hoy exclusivamente con la juventud, y esto provoca dificultades en la aceptación corporal de las mujeres a medida que avanza la edad y se genera una autoinsatisfacción autolimitante. El canon dominante de belleza es tan estrecho –juventud, delgadez pasado todo por el Photoshop— que muchas mujeres acaban rechazando su propio cuerpo, interiorizando así estos mandatos castradores y limitadores. Patrones culturales que quieren imponer sentimientos de falta de poder y desesperanza llegando incluso a la ridiculización.

Pero el libro y la conversación con Anna Freixas no destilan pesimismo, sino la alegría de esta invitación general a cambiar las miradas, y de descubrir que muchas lo están haciendo. Hay que retar al edadismo, subraya, que sitúa solo al cuerpo joven como el único deseable. Hay que construir una estética cultural de mujeres viejas y bellas, y recordar que el deseo de sentirse atractivo y gustar no se apaga. Los hombres, obviamente, envejecen exactamente igual pero en cambio la mirada social no es tan aniquiladora, pese a que ellos siguen sometidos al mandato que iguala sexo con coito, difícilmente alcanzable para ellos en la vejez.

Por ello, aboga por cambiar algunas cosas y esto debe empezar por explotar la libertad interior que cada uno tiene pese a las restricciones sociales, educativas y religiosas que se arrastran. No se trata de dar una receta común para todos, el universo de mujeres que la catedrática ha entrevistado es basto, y con un abanico cronológico muy amplio. La mayoría de mujeres (65 por ciento) que habla de problemas sexuales los vincula con la relación de pareja, y sólo 7 por ciento dicen que están relacionados con la biología. La disminución de la actividad sexual aparece vinculada así con una serie de elementos sociales, personales y coyunturales. Freixas no quiere dar ninguna receta a nadie, en el universo que ha estudiado hay mujeres que también apuestan por no tener relaciones sexuales, pero lo que sí que considera es que hay que aligerar cargas, dar un tono más “disfrutón” tanto al debate como a las relaciones en sí, y entender que la sexualidad a lo largo de la vida se hace más sensual. Un planteamiento que, según indica, también interesa a los hombres.

Conferencia de Anna Freixas. Actividad de presidencia (Eusko Legebiltzarra)

La sexualidad a lo largo de la vida se hace más sensual, y esto es lo que las mujeres entrevistadas reclaman. Treinta por ciento demanda una unas relaciones más apasionadas y frecuentes, un porcentaje que aumenta entre las mujeres lesbianas. Asimismo, en el grupo de edad a partir de los 70 años, a 15 por ciento les gustaría introducir más pasión.

Este reconocimiento del deseo, indica la escritora, muestra la libertad interior de las mujeres que quieren superar los mandatos sociales que se tratan de imponer. No se habla mayoritariamente de una relación coital sino más envolvente y tierna, aunque en muchas ocasiones este deseo choca con falta de la mirada empática de la pareja hombre.

Cuando hay detrás una larga convivencia con la pareja, en muchas ocasiones se subraya el peso del desgaste, pero Freixas sostiene que si el tiempo desgasta una serie de cosas, también se consolida la parte buena. Y en este contexto de parejas de larga duración –recogiendo la opinión de sus entrevistadas— algunas de las mujeres entrevistadas hablan de la necesidad de reformular el concepto de infidelidad, de intentar separar, aunque sea difícil, la fidelidad amorosa de la infidelidad sexual.

El paso del tiempo aporta a las mujeres esta posibilidad de la que se hablaba de ser agentes de su propia vida, algo fundamental en una sociedad llena de mandatos dirigidos a ellas –ser buenas madres, esposas, hijas, cuidadoras…— agotadores y enfermizos. Todo ello en una sociedad patriarcal que intenta hacerlas desaparecer del espacio público pasados los 50.

“Soy de la liga de las optimistas –subraya—. Creo que las mujeres mayores, de 70 y 80 años, empezamos a estar en el mundo con un discurso y una estética que nada tiene que ver con las barbies”. Y precisamente la investigadora señala que entre sus entrevistadas de más de 70 años son mayoría las que no quieren relaciones estables sino contactos esporádicos, y esto dice mucho de su capacidad de desdramatizar.

La sexualidad y la erótica son así un ejercicio de libertad en una sociedad en la que también se ha medicalizado el cuerpo de la mujer. Denuncia así el “temor” que la industria farmacéutica crea en torno a procesos naturales en la vida de la mujer. Una demostración más de que son ellas las que han de escribir ya sus propias normas.

La vida de las mujeres ha dado un vuelco estructural en las últimas décadas. Hoy no tiene nada que ver tener 65 años con lo que significaba antes. Por ello, Freixas propone modificar las creencias limitadoras y reapropiarse de la sexualidad, revalorizarse en todos los aspectos incorporando el respeto y la dignidad. Y anima a todas las mujeres a que rompan moldes, ejerzan su libertad, y sirvan de ejemplo.

¿Envejecimiento “positivo” o mejor “confortable”?

Mujeres mayores e igualdad, conferencia de Anna Freixas en el Foro para la igualdad (emakunde.blog.euskadi.eus)

Las campañas de envejecimiento positivo están por doquier y tienen sin duda muchas cosas buenas. Pero los excesos y los bombardeos de unos ciertos modelos de vida pueden también suponer una presión extra para las personas mayores, un nuevo mandato de perfección vital. La escritora Anna Freixas aborda también esta temática en su libro Sin reglas, al entender que puede estimular a una lucha por no envejecer, que es un proceso natural. Por ello habla de un envejecimiento confortable, evidentemente activo pero que no signifique que estar bien sea sinónimo de poder ir dando saltos por las montañas.

Una idea que también conecta con una serie de nuevos mandatos especialmente sobre las mujeres, obligadas a seguir delgadas y jóvenes en función de unos determinados cánones de obligado cumplimiento. Lo que no se puede, subraya, es envejecer con nuevas obligaciones.

La Confederación Española de Organizaciones de Mayores (Ceoma) denunciaba precisamente en un informe de 2016 la información directa e indirecta de miles de productos de consumo que ofrecen “milagros” para retrasar el envejecimiento, como si este proceso fuera negativo. Esta “corriente de moda” puede empujar a las personas mayores a tratar de luchar contra su cuerpo en busca de los estereotipos que vinculan juventud y belleza. Es una nueva forma, comenta Freixas, de no valorar ni respetar la vejez, sino de estigmatizarla de nuevo especialmente cuando se camina hacia la “cuarta edad”. Por ello, se considera necesaria la elaboración de discursos complejos partiendo y contando con la gran diversidad de este colectivo.

Una de las cuestiones que da pie al edadismo –discriminación debido a los falsos estereotipos sobre la edad— es que se analiza y se decide “desde fuera”, es decir, sin tener normalmente en cuenta a los protagonistas de un colectivo grande y totalmente heterogéneo. Los expertos en envejecimiento señalan la necesidad de contar con las personas mayores cuando se habla de ellas.

Contar con ellas, se subraya, más allá de cuando se acercan las elecciones y los partidos se ponen manos a la obra a buscar el voto de los jubilados. Las manifestaciones de marzo tenían como objetivo la exigencia de unas pensiones dignas, pero detrás también laten otras cosas.

Tomado de: La Vanguardia. Abril 22, 2018.