Para, papá, para

María casi devuelve la comida de la mañana. Galletas maría y leche, pero se aguanta. Julián no quería tenerla parada. Cerraba los ojos. Él sí sentía asco. Al ver a su hermana mujer ahí. Quería que su papá se aburriera y los dejara tranquilos. Se juraba ya no ir con sus amigos. Nunca más. Sólo de vez en cuando

Controversial Sexual Habits in Ancient Times (Discovery-Zone)

POR Marlon Albores Colín

María casi devuelve la comida de la mañana. Galletas maría y leche, pero se aguanta. Julián no quería tenerla parada. Cerraba los ojos. Él sí sentía asco. Al ver a su hermana mujer ahí. Quería que su papá se aburriera y los dejara tranquilos. Se juraba ya no ir con sus amigos. Nunca más. Sólo de vez en cuando

En algún lugar de la Ciudad de México, 31 de diciembre de 1997.

—Así que sigues de pinche maricón, ¿verdad cabrón?

—Ayy, papá, ¿por qué me dices eso? Yo me porto bien, te lo juro.

— Claro que te portas bien, pero bien puto. Ya me contaron que te juntas con la bola de jotos de la cuadra; con los chotos. ¡Qué no piensas! Carajo, ya te lo había dicho la otra vez.

—Ayy, papá, son mis amigos, nada más. Y nos llevábamos bien, nada más eso.

—¡Ni madres. qué! A mí se me hace que sí eres puñal. De seguro ni a una vieja te has cogido.

—Ayyy, ¿cómo crees? Si si me gustan las mujeres.

—Pero para que te presten sus pinturas y vestidos, si hasta traes como que la boca pintada, pinche hijo. A ver dime a quién, cómo y dónde te la cogiste, dime. A ver, dime.

—Ayyy, eso es privado papá, cómo crees que te voy a contar.

—No vuelvas a decirme “ayyy, papá” porque te volteo un madrazo, cabrón. ¡Te parto la madre!

—Es que, ¡ayyy, pap…!

(MADRAZO)

— ¡Oye, no es para que me pegues!

—Cómo chingados no. En mi familia nunca ha habido putos. Y ahora me salen con que mi chamaco, mi varoncito, al que llevaba a los partidos de fut, es todo un “princesito”. No me chingues, Julián. ¿O te digo Juliancita Brava? ¿De veras te gusta que te pellizquen las nalgas otros cabrones? No me digas, no me digas qué sí.

—Es que no entiendes, papá. No me he “cogido” a nadie porque me estoy guardando para cuando me case. Para mí es una cosa seria.

— ¿Para cuándo te cases? Si, cómo no…Antes te tengo que ver coger. Ahora verás, cabroncito.

— ¿Qué me vas a hacer papá?

—Yo a ti nada. A tu hermana. Espérate tantito.

—Ella no sabe nada jefe, ya así déjalo.

—Nel. A ver. María. Maríaaa. MARÍAAAA, CON UNA CHINGADA, VEN PARA ACÁ.

— ¿Para qué quieres que venga papá? ¡Dime  para qué!

— ¿Cómo que para qué? Pues para que la cojas pendejo, para eso está. Y enfrente de mí para ver qué tan machín eres.

—Estás como loco. No, María. No vengas, no vengas manita. ¡Vete, vete!

—La loca eres tú, pinche chamaco joto. Y nada más me sales con que “no, no quiero”, y a los dos me los cojo yo mero. Faltaba más.

—Espérate papá. ¿Cómo crees que voy a hacerle eso a mi hermanita? ¡Cómo crees! Estás loco, pinche viejo loco, asqueroso.

—Y te calmas. No me digas “pinche viejo loco, asqueroso” qué yo no voy por ahí chupando pollas. ¡Suéltame! María con una chingada, que vengas ya. No te hagas.

(Más golpes, madrazos)

— ¿Qué pasó, apá? ¿Pa’ que me gritas? Ya estoy aquí.

—Ven, pinche chamaca.

—No papá. No te atrevas.

—Tú cállate, pinche puto.

— ¿Qué pasa, Julián, porque mi apá está tan enojado?

—No sé manita, mejor vete, vete ya.

—Ay si, vete manita. A ver pinche María quítate los pantos, los chones y acuéstate ahí.

— ¿QUÉ?

—Tírate ahí, tu hermano te va a coger.

— ¿Qué me va a qué?

—Vete, mana, ¡Qué te vayas!

—De aquí nadie se va. ¡Órale! Mira, pinche Julián, si la vieja no se deja, se los arrancas así.

—No papá, otra vez no.

—Déjala, viejo demente. ¡Tú no eres mi papá, eres el pinche diablo, el puto diablo!

—Que vengas. Así, mira, se los arrancas y le das unos vergazos.

—Nomás no me pegues, papá. Yo solita me los quito. Pero deja a mi hermano que se vaya. Sí quieres tú, sí, pero déjalo ir.

—Ándale, pinche Julián. Ándale, ahorita que esta mansita. Luego se pone bien loca. Ya me la he chingado un chingo de veces.

—No papá, no puedo, no puedo. No puedo.

—Uttta, ya vas a chillar. Órale chingado.

El hombrón coge al muchacho. Lo abraza del cuello. Lo está ahogando. Julián ve a su hermana tirada en el piso con sus ropas a un lado. Puede ver unas cicatrices en el pubis aún sangrante. Rojas brillantes. Llora. No se atreve a moverse. Ya se acostumbró a los temblores. Irse le es imposible. Su padre ahorca a su hermano. Respira con dificultad.

— ¿Quieres que te suelte ya, mariposón de mierda? Pues ya cógetela. Quiero ver.

El chamaco no puede pensar. Sólo mueve la cabeza de arriba abajo esperando que termine el horrible momento, quiere respirar. Se rinde. El fuerte abrazo se calma. Aire.

—Órale, wey, bájese los pantos y sáquese la verga.

Julián obedece lentamente, no tiene noción de lo que va a hacer. Estaba destinado a obedecer.

—Ya métesela, sólo así estaré seguro de que no eres putito. Ándale mijo, sea hombre. Séalo mi’jo.

Hellenic mythology, triggering? (Baring the Aegis)

Los dos saben que si no obedecen les puede ir peor. Ella recuerda las veces en que su padre llega y se mete en su cuarto, para meterle la lengua, para meterle su tripa fea. Él recuerda las putizas que le daba cuando no metía gol. Los dos desnudos.

—Me lleva, lo que me faltaba. Ni parada la tienes, cabrón. Aprende a mí, fíjate como la tengo. Bien paradota.

Señor padre les enseña a sus hijos su paradota. Los niños quieren vomitar. Sudan. Asqueados de lo que ven. A lo que ven. El niño se sorprende del tamaño. Sólo había visto los de sus amigos. Penes pequeños.

—No puedo, papá. No lo tengo erecto, como el tuyo.

—Sí, ya vi. A ver María, jálasela para que se le pare su chingadera. No la tiene “erecta” el mamón.

La niña la jalaba tímidamente. Julián no veía nada. Nada tenía sentido. Nunca se imaginó que esto podía suceder. Se sentía culpable de haber besado a sus amigos. De permitir que le metieran sus pequeños penes. Su hermana lo estaba excitando.

—Ya vi que si sabes María. Ahora con la boca. Ándale.

— ¿Con la boca qué?

—Metete la verga de este wey. Chúpaselo pendeja, córrele. Y tú cállate wey ¿no ves que no quiero putos en mi casa? Es para que aprendan. Los dos. Cómo se hace.

La pobre niña ya no lloraba. Gemía bajito. No sentía asco ante el sabor de la carne de su hermano. Carne insípida. Nulo sabor.

—Toda, María, si te cabe. Para que aprendas.

María casi devuelve la comida de la mañana. Galletas maría y leche, pero se aguanta. Julián no quería tenerla parada. Cerraba los ojos. Él sí sentía asco. Al ver a su hermana mujer ahí. Quería que su papá se aburriera y los dejara tranquilos. Se juraba ya no ir con sus amigos. Nunca más. Sólo de vez en cuando. María estaba haciendo una buena labor.

—Así mero, María, así mero. Mira cómo se lo pusiste. Ahora sí, cabrón. Vas.

—Ya, papá. Ya estuvo. Ya entendí. Ya se me paró. Mira.

—Calmantes montes, si apenas empieza lo bueno.

Don padre aventó a su hijo sobre su hija-hermana. Le agarró el pene a Julián para meterlo en la pequeña vagina de María. Como cuando cruzan a los puercos. La niña chilló un poco. A Julián se le doblaban los brazos. El señor babeaba. Sudaba. Estaba contento. Feliz de ver a su hijo no siendo un marica. Cogiendo como los hombres.

—Ya ves, cómo si puedes. Es bien fácil, sólo mete y saca. Así mero.

—Ya papá, ya se la metí. Ya déjame ir. También a mi hermana. Ya déjanos ir.

—Hasta que te vengas mijo. Síguele. Ya mero acabas. Ahí la llevas.

Julián se quería volver loco. Apretaba los dientes. Quería pegarle  a su hermana. Arrancarle la cabeza a su papá. Arrancarse el pito. Que lo atropellaran. Morirse. Se vino adentro de su hermana. Ni se enteró. Se quedó quieto tras el estertor de su primer orgasmo.

—Bueno, ya vi que no eres tan puto. Ya vete. Pobre de ti si me vuelvo a enterar de que sigues viendo a los mampos esos. Te mato, cabrón. ¿Me escuchaste?

—Si papá, te escuché.

Julián se subió los pantalones. Se paró y se fue. Ya nada le importaba. Su Don Padre Señor se quedó observando a María, desnuda e inerte sobre la cama.

—A ver hija, ahora me toca a mí.

Poco a poco María comenzaba a  desvanecerse…