En el futuro todos seremos mudos

Otra vez volvía a sentir la velocidad. Star Wars, me acordé de todas las películas de ciencia ficción que había visto. Me sentí adentro del Halcón Milenario. El reguetón se volvió dulce melodía del mal. Salía por las bocinas embarrándose por el techo. Caía para arriba la música. Carlitos ya era un trozo de montaña

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POR Marlon Albores Colín

Otra vez volvía a sentir la velocidad. Star Wars, me acordé de todas las películas de ciencia ficción que había visto. Me sentí adentro del Halcón Milenario. El reguetón se volvió dulce melodía del mal. Salía por las bocinas embarrándose por el techo. Caía para arriba la música. Carlitos ya era un trozo de montaña

Carlitos vivía una existencia muy placentera dedicada a sus vicios, alegrías y placeres. Los fines de semana le duraban meses, meses en los cuales se hacía invisible.  Pasado ese tiempo de pronto aparecía tirado en la sala o platicando cosas sin sentido a tu lado. Era casi un mago. Tenía el poder para desaparecer cosas en cualquier lugar donde fuera: relojes, videocaseteras y hasta microwaves. Cuando reaparecía lo encontrabas todo tonto o demasiado feliz. Nunca nadie logró descubrir a dónde iba o qué hacía durante sus actos de desaparición voluntaria. El misterio lo envolvía.

Pero lo que nadie sabe es que yo si lo sé. De muy buena fuente. Demasiado buena. Una noche me lo encontré a la salida de un concierto de los MataPuercos, banda punk inexistente.

—¡Qué onda, ese mi Carlitos! ¡Que milagro!

—¿Qué onda, cómo estás? Vente, wey.

De la nada apareció la invitación. Les digo que era mago. Para empezar nos fuimos con unos compas de Venezuela, todos jodidos pero muy locos, a un departamento de por la zona. Perros muertos justo en la entrada de la casa. Los brincamos, alcanzo a oler la putrefacción de los animales muertos. La casa era amplía y roja.

Carlitos me dice “tómate un trago”. Obedezco a Charly. Tomo el vaso lleno de cerveza ardiente, observo el contenido del vaso, no parece cerveza, es como atole de chela. Pero sabía muy bien. El cuarto rojo y amplio se hace azul ondulante. Brujas y duendes por todos lados. Sexo entre animales. Gallinas y lechones corren por la sala. Sin embargo Carlitos se aburre. “Vámonos”, dice. Creo que seguirlo es lo mejor.

Carlitos pide un Uber, el cual llega de inmediato. La chofera, una güera despampanante nos abre la puerta, toda cursi, moviendo su culote. Vaya culo. Otra venezolanalga. Abundan esos sudacas. Nos subimos al Sedan 2021, agradable música, asientos reclinables, luz cachonda, quiero follarme a la chofera, pensamientos en cascada. Como es costumbre ella nos dice la dirección a la que vamos. Su acento me enciende el lívido a mil. Me la quiero follar. Pienso que es imposible. Sube el volumen de la música. Reguetón. Carlitos snifa coca tranquilamente a mi lado. Se mete sendas rayas. Suda copiosamente. Se afloja la corbata. Respira otra raya.

—Métele pata, mami, cosa rica; acelera, amor mío; métele, métele, así como te la voy a meter, así, duro. ¡Pinche Carlitos!, pienso.

Ante mí, Carlitos era una nube borrosa de colores gritando a mi lado. Voces en onda. Serpentinas de luz con blur salen de su boca. Afuera, tangibles ráfagas se desvanecían una tras otra. Un chingo de viento me azotaba la cara, entendí que la chica manejaba a toda velocidad. El velocímetro iba en 180 km. En una zona de 35. El horror de morir se apoderó de mí.

—Bájale, cabrona, nos vas a matar!– le gritaba pero no escuchaba, el reguetón se imponía. Tuve que darle un empujón  para que volteara a verme la muy cabrona. Era bellísima. Ojos verdes, boca roja, nariz de Sasha Montenegro, senos adorables por eones. Cosa rara, tenía voz de hombre.

—¡Bájale tú, cabrón! – me gritó la chofer enojadísima. “Si no aguantan el servicio para qué llaman,  maricas hijodeputa. Vea a su partner, él viene bien tranquilo, sólo sude y sude, ya lo vi periqueándose. Pero usté, varón, cálmese o lo bajo y lo reviento. ¡Faltaba más, regañarme en mi propio auto, habíase visto tal cosa! Dio mío”. Vozarrón.

Guardé silencio de inmediato. Mejor me fundí en el asiento. Me tragó como cuando una serpiente se engulle a un venado bebé. Lento. Carlitos ni se inmutaba. Me convidó de su polvo. De repente el asiento me escupió. Otra vez volvía a sentir la velocidad. Star Wars, me acordé de todas las películas de ciencia ficción que había visto. Me sentí adentro del Halcón Milenario. El reguetón se volvió dulce melodía del mal. Salía por las bocinas embarrándose por el techo. Caía para arriba la música. Carlitos ya era un trozo de montaña. Padrísimo. Él era una montaña con ríos, bosques y animalitos corriendo. Bellísimo.

—Ya llegamos, dudes–, esa voz nunca la olvidaré. Tan profunda y ronca con ese acento tan inmisericorde. Aún me lo quería follar, sólo para escuchar esa voz otra vez.

Dimitri Tenezakis (EyeEm)

Carlos tomó mi mano justo cuando se esfumaba el Uber con todo y la chofer. Corrimos para meternos en el parque. Había un parque con cientos de juegos. Carlitos se puso a hacer parkour en ellos. Brincaba seis metros desde la resbaladilla, flotaba en el pasamanos, daba giros en el aire saliendo del columpio. Me sorprendió bastante su habilidad, pues nunca lo había visto moverse más rápido que una tortuga ciega. Me senté en una banca, abobado por su destreza. Justo entonces llegó Ramira. La pinche Ramira.

—¡Te vas a caer, Charlys!– le decía con esa voz nasal judía ñera que tanto me excita. Para más cliché mascaba un chicle, cuál chicle, era un globo. Un globo rojo que se mete por la boca y lo saca por la nariz. Pinche Ramira. Le encanta seguir los retos de Internet.

—¿Qué haces aquí, Rami?, te van a robar– le digo, viéndola de arriba abajo. ¿Sabrá que la deseo?

—Nel, me la pelan– contesta Ramira sin ningún tono de voz que me diga que yo le gusto.

El rímel se le escurría por los ojos, había llorado Ramira. No me la imagino llorando. Ella siempre trae la pilota. Además creo que ama a Carlitos. Por eso se preocupa por él. Se sube al pasamanos y comienza a columpiarse colgada de las piernas. Su largo cabello desteñido refleja las luces de mi cámara. Le tomó como mil fotos. No me importa que ame a Carlitos. Me la voy a ligar un día de estos.

Por fin Carlos deja de andar de mamón. Se baja de los juegos para acercarse a Ramira. Le ayuda a bajar del pasamanos cargándola como si fuera su hija de cinco años. El muy galán. “Celooooso”, gritan por ahí. Se sientan enfrente de mí, sudorosos.

—¿Qué onda, Ramerita. Qué andas haciendo por aquí? – pregunta Carlitos, abrazándola.

—Casi nada, voy rumbo a mi casa.

Esa voz. Un tono completamente diferente de cuando se dirige hacia mí. Todo el deseo encerrado en la boca de Ramira. Arrastra las vocales, las consonantes son suaves y dulces. Unas ganas brutales de cogerse al Carlitos. Pero, ¿cuál es la respuesta del susodicho? Carlos le jala los cabellos. Los suelta inmediatamente. Ramira no le dice nada. Son raros. Pero hace que me guste más Ramira. Carlos saca algo del bolso de su saco. Es una rana. Una maldita rana. La lame como si nada. La puta rana chilla. La rana CHILLA: se me enchina la piel. Ramiracuai se la arrebata de las manos y también la lame, pero muy sexualmente. Ahora la rana ronronea. Carlitos sonríe acercándome la ranita, verde brillante con destellos. La ranita abre y cierra sus ojos que parece que lagrimean. La tomo con asco. La acerco a mi boca, sale mi lengua que roza la raspobabosa piel del animal. Creo escuchar a la rana decir: “¡Gracias!”. Me sonríe diabólicamente. La aplasto con mi pie. Asco, la rana grita y se convulsiona. Ramira sonríe dándome un cigarro. Un New Chesterfield. Humo del cigarrillo que me hace olvidar cómo Carlos saca una pistola. ¿De dónde? No lo sé. Apunta a la cabeza de Ramira. Dispara.

Seguimos caminando por el parque. No siento las manos. La cabeza me punza. Luces flotan emanando un color amarillo denso que hace que las sombras se sientan como si nosotros fuéramos ellas. Me confundo más cuando Ramira llega por detrás de mí.

—¡Qué pedo! ¿Por qué se van?

Carlos se carcajea. Yo también. “¿Qué no te acuerdas que te acabamos de  dar un tiro?” Ramira nos ve confundida.

—La verdad, no.

Al parecer las balas eran de salva. O chance ocurrió lo de Pulp Fiction, quién sabe. Poco después pasó lo de siempre. Carlos desapareció. Pero esta vez ya nunca más lo volví a ver. A Ramira, de vez en cuando al pasar al mercado con su esposo y su hijo. Tampoco le hablo. Nos hemos hecho mudos.