Suspiros y otra manera de destruir el mundo

Hace mucho que deje de creer en los procesos terapéuticos de la escritura. Y tampoco me interesan. Pero si consigues plasmar el odio que sientes hacia el mundo y la muerte tienes un paso adelante. Tampoco es que te vayas a salvar o que dejes de ser el mismo animal moribundo, pero al menos tendrás una escritura honesta

Los suspiros. – Apuntes y monografías (taringa.net)

POR Óscar Garduño Nájera

Hace mucho que deje de creer en los procesos terapéuticos de la escritura. Y tampoco me interesan. Pero si consigues plasmar el odio que sientes hacia el mundo y la muerte tienes un paso adelante. Tampoco es que te vayas a salvar o que dejes de ser el mismo animal moribundo, pero al menos tendrás una escritura honesta

Suspiro. Me detengo un momento y lo vuelvo a hacer. Ahora pienso cuánto es lo que cabe en un suspiro y cuánto es lo que nos representan como seres humanos. En estos mismos instantes el suspiro del moribundo debe ser totalmente distinto al mío. Lo hace desde la cama, pienso. Y apesta a medicamentos. Si se va a morir antes del mediodía tal vez piensa que no sería lo mismo irse sin un buen suspiro.

También pienso en el suspiro ridículo e indecente de los enamorados. El odio que se guardan cabe en cada uno de esos suspiros. Pienso en los distintos suspiros que hay en el mundo y sé que de alguna manera el mero acto de suspirar significa que sigues con vida.

Dejo de escribir. Escucho. Desde algún lugar de la casa mi madre tose con dificultad. Así es como da la batalla a una enfermedad que es capaz de ganar todas las batallas. Me dan ganas de correr a ella y preguntarle cómo son sus suspiros, si es que aún conserva uno. Me siento el hombre más imbécil del mundo por asociar suspiros con una enfermedad incurable. Y entonces reconozco que así como el moribundo posee una arquitectura de suspiros desde su apestosa cama, también hay suspiros que nos son dolorosos. Ese tipo de suspiros son heridas abiertas. Aquí cabría todo el odio que tenemos hacia al mundo. Y aquí podríamos meter a todas las personas que odiamos luego de mostrarles nuestro gesto más humano: el odio.

En un acto ocioso e imbécil alguien debería escribir un tratado acerca de los suspiros. Lo debería hacer con aire. Con la tinta que se interpone entre el bolígrafo y el papel cuando el primero decide arrastrarse como reptil por el desierto. Nuestra existencia se compone de miles de suspiros. Pienso que este es uno de los motivos por los que nos encierran dentro de una caja de madera cuando los suspiros se extinguen. Por si las malas. No sea que se vayan a salir y anden por ahí de vagos. Vuelvo a escuchar la tos de mi madre. Pregunto si se siente bien. No lo está. Pero es fuerte, por eso contesta que sí. Hago otra pausa y vuelvo a dejar de escribir: le subo el periódico. Mi madre es ávida lectora de periódicos. No le ayuda mucho su memoria: la está perdiendo. Aunque viéndolo desde otro ángulo quizás no sea tan malo: hemos visto cine de la época de oro, cine que ella conoce mucho más que yo (y que incluso admiró en la pantalla grande), y se vuelve a sorprender, porque dentro de los mecanismos torpes de su deteriorada memoria es la primera vez que conoce a Marga López, a Carlos López Moctezuma, a David Silva (de quien asegura está muy joven). Me pregunto cómo será eso: volver a descubrir aquellos momentos que te proporcionaron dicha. Me pregunto cómo será eso: volver a descubrir aquellos momentos que te proporcionaron el peor de los desasosiegos.

Los suspiros. A través de ellos podemos darnos cuenta si la persona aún vive. En realidad soy un niño aterrado que se esconde tras de la puerta y tan sólo pide que su madre no se vaya. Pero ocurre. Con los suspiros uno no puede detener el tiempo. De hecho no hay nada que lo detenga. Escribo. Hace mucho que deje de creer en los procesos terapéuticos de la escritura. Y tampoco me interesan. Pero si consigues plasmar el odio que sientes hacia el mundo y la muerte tienes un paso adelante. Tampoco es que te vayas a salvar o que dejes de ser el mismo animal moribundo, pero al menos tendrás una escritura honesta, eso ya es suficiente en este mercado de mercachifles y mercenarios literarios.

Nostalgy (Verónica Mulió)

Cuando los suspiros se mezclan con lágrimas dan por resultado algo que desconocemos pero que es brutal. Sólo conoce una parte del dolor quien ha ejecutado tal mezcla. Es como si las lágrimas intentaran parar los suspiros o es como si los suspiros intentaran parar a las lágrimas. Ayer desayuné con una mujer. No era cualquier mujer. Era especial puesto que de alguna manera me sentía inclinado a enamorarme de ella. Ya antes le había escrito algunas líneas de esas que en realidad son basura desechable que únicamente se usan con la finalidad de comunicarle a alguien lo que no te atreves a hacer en persona. Mientras desayunábamos la admiraba. En esos momentos quería decirle que el mundo era una porquería pero que si nos dábamos la oportunidad podíamos aún sembrar flores antes de que las orinaran los perros. Quise decirle tantas cosas. La miré y tomé sus manos. Supongo que jamás volveré a hacerlo. Y repentinamente me quedé callado. Quiero decir que suspiraba. Pero ella no comprendía que hacerlo era una manera de decirle: esto que conocemos como mundo se está cayendo a pedazos, y los tiempos que vienen sólo nos dejan ver más desgracias, más muertes, la sinrazón de un país que hace mucho tiempo dejó de existir, ¡vámonos!, en verdad, hagámoslo, compremos una botella de whisky y pidamos una habitación: vamos a llenarla de suspiros, desnudos los dos, desnudos también los suspiros, con mis manos en tus caderas, frente a cualquier ventana que dé a la calle, en silencio, admiremos la destrucción como si admiráramos una obra de arte: lo más bello del ser humano es la destrucción, es ahí donde pone todo su empeño, como una imagen de lo más blanca, de lo más negra de Wim Wenders. Pero ella sólo comprendió (o es lo que quiso comprender) que me había quedado callado; se despidió de mí, supongo que no la volveré a ver o que nos volveremos a encontrar pero ocurrirá como aquel verso de Neruda: ya no seremos los mismos.

Escribo desde la desesperación y la amargura. Ignoro si existen procesos terapéuticos en la escritura pero de no contar con ella ya me habría pegado un tiro. Hace más de quince años, durante un taller de cuento, el escritor Miguel Ángel Leal Menchaca nos hizo una pregunta a los talleristas antes de comenzar. ¿Por qué escriben? Y es justo en ese momento donde todos mienten, se dan golpes de pecho, nadie se atreve a afirmar que porque quiere ser famoso lo mismo que una estrella de rock, nadie se atreve a afirmar que porque quiere cogerse a tantas mujeres como sea posible, nadie se atreve a afirmar que porque quiere ganar un chingo de dinero, vivir entre los mejores vicios y volverse a coger a un chingo de mujeres. Todos mienten y ven en la escritura algo así como un viacrucis que terminará por canonizarlos. Uno de ellos contestó que porque no podía dejar de hacerlo. Otro más dijo que porque le gustaba. Una mujer dijo que porque lo hacía en sus ratos libres (lo mismo que si tejiera chambritas para bebé, pensé). Y yo, que era el más mediocre de los talleristas, me quedé pensando, suspiré (aquí la relación de la anécdota con los suspiros) y contesté que si no lo hacía, lo de escribir, seguramente ya me habría quitado la vida. Parecía un payaso sacado de cualquier programa de televisión. Y así fue como me vieron los demás. Pero yo en el fondo sabía que era cierto, que la escritura me iba a poner a salvo, y aunque no fuera una vida que valiera mucho la pena tal vez en un futuro tendría una importante misión que cumplir. Han pasado más de diez años desde entonces, cuido de mi madre enferma, escribo acerca de los suspiros y de vez en cuando me acerco a la ventana, observo el patio, el cielo, los árboles, y maldigo mil veces a la vida, y lo hago con las tres cuartas partes del odio que guardo para mí, con las tres cuartas partes que me suministro a diario en dosis de suspiros bien administrados, eso: bien administrados, tal y como debe ser la vida, pero también tal y como debe ser la muerte: administrada a gotitas.