Norma

Pienso en lo que está por llegar. Sé que es ocioso hacerlo. Aceptemos que somos expertos en ociosidades de ese tipo. Hay un hombre. Hay una mujer. Hay una estación de trenes en ruinas. Cientos de palomas disecadas y palabras de esas que dicen se atoran en la punta de la lengua. Pienso en lo que está por llegar

Paintings. Alfred H. Engel (Australian Art Auction Records)

POR Óscar Garduño Nájera

Pienso en lo que está por llegar. Sé que es ocioso hacerlo. Aceptemos que somos expertos en ociosidades de ese tipo. Hay un hombre. Hay una mujer. Hay una estación de trenes en ruinas. Cientos de palomas disecadas y palabras de esas que dicen se atoran en la punta de la lengua. Pienso en lo que está por llegar

Suspiro. Lo vuelvo a hacer. Alguien debería escribir un tratado acerca de los suspiros. Y proporcionarnos los resultados. Los suspiros están ahí desde hace siglos para beber de ellos cuando nos persiga el desasosiego. Ahora mismo junto a los suspiros recuerdo el sonido de tu voz. No tan lejana. Tampoco tan cerca. Tu voz como un equilibrista en mitad de la cuerda floja. Hace poco hablaste acerca de los castillos de arena. He de confesarte que tenía mucho que no había vuelto a escuchar de ellos. Me gustó que lo hicieras. Algo hay de misterioso en los castillos de arena y seguramente el tuyo tiene una ventana por donde entrar cuando haga frío, cuando nada nos pertenece del mundo sino el cuerpo que habremos de llevar a la tumba para que posteriormente lo conduzcan por un camino sinuoso atascado de arena del desierto.

Quizás ahora que lo pienso soy un caballero de arena enamorado dentro del más grande castillo de arena. Me gusta. Permite, chinita, que me emocione. Ya eres parte de un sueño amoroso donde cae la tarde, abordo una de las palomas disecadas, están en un bosque cuyas raíces están, a su vez, en un luminoso poema de García Lorca. Imagino que despacio lo leo a tu lado. Y que en cada sílaba nos damos un beso para alcanzar a contar la métrica del poema. También imagino que lo leo a tu lado en el autobús que nos conduce a Oaxaca. Saco el libro. Quiero decir que saco el poemario de García Lorca.

—¿Te acuerdas que te hablé de un poema de García Lorca? –te pregunto. Hay dos versiones musicales. Una es del gran Leonard Cohen; otra de la cantante española Ana Belén.

Trepo por la paloma disecada. Le pido como un gran favor que me lleve a tu casa. Emprendemos un misterioso vuelo donde vamos de subida y de bajada. Llegamos. Aunque yo desconozco la dirección exacta de tu casa, la paloma disecada me dice que es ahí. Las palomas disecadas saben mucho de direcciones puesto que se la pasan volando. Entro sin que te des cuenta. Acaso escuchas un ruidito. De esos que son capaces de pasar desapercibidos y que luego compruebas que son suspiros. Escuchas “Pago mi renta con un poco de blues” de Real de Catorce. Me gustaría saber qué es lo que te mueve dicha canción pero prefiero callar. Escuchar el latido de tu corazón cada que vuelves a repetir la canción.

Lleno tu casa de suspiros. Los acomodo de tal forma que de alguna manera u otra des con ellos. Los dejo debajo de tus almohadas. Los dejo en los cajones de tu ropa interior. En tus zapatos. En tus medias. Suspiros. Cada uno. Sé que en estos momentos quizás tu memoria conserve aún los rasgos de otro hombre y no me importa: me arriesgo. Debemos cruzar los puentes.

Dejo a la paloma disecada en tu casa. La alecciono. Le pido un enorme favor. Mueve su cuerpo. Es señal de que sí, lo hará. Que trepe sin que tú te enteres por tu espalda, que llegue a tus hombros, que se acomode lo mismo que si fuese la sombra de un gran árbol. Y que desde ahí me haga el favor de enamorarte. No sé cómo, pero especialistas en palomas disecadas me han dicho que son buenas para enamorar. Para decirle a la mujer con la que quieres iniciar una amorosa historia que empiezas a quererla. No hay por qué mentir: ningún amor es repentino; no obstante, cuando se dan los primeros pasos algo nos puede asegurar que se llegará a buen fin.

Lo sabe Federico García Lorca. Lo sabe Leonard Cohen, quien se quitaba el sombrero cada que interpretaba el poema de Lorca. Lo sabe Ana Belén. Por ahora son mis únicas referencias. Una especia de bibliografía compuesta de palomas disecadas. Le advierto: trepa con cuidado. Le pido: de vez en cuando, conforme la veas de qué humor se encuentra, pídele al oído que piense un poquito en nuestra historia. En aquella que aún tenemos pendiente como dos enamorados que piensan subir a una embarcación que los habrá de conducir a un mar bravío de hermosa incertidumbre. Le he dicho a la paloma disecada lo anterior. Me dice que también se dará a la tarea de cuidar de ti y le agradezco el gesto. No lo hagas, me contesta, es lo menos que puedo hacer por un hombre enamorado.

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Pienso en lo que está por llegar. Sé que es ocioso hacerlo. Aceptemos que somos expertos en ociosidades de ese tipo. Hay un hombre. Hay una mujer. Hay una estación de trenes en ruinas. Cientos de palomas disecadas y palabras de esas que dicen se atoran en la punta de la lengua. Pienso en lo que está por llegar. Y no precisamente porque esté al tanto de que la fortuna amorosa me habrá de sonreír cuando llegue el momento. Nada de eso. Sólo lo pienso. No tengo más expectativas que aquellas que me sostienen con suspiros en el día a día. Pero lo hago. En ti es que pienso. En cada una de tus fotografías dispuestas en una pared. En el color de esa pared. En la forma infinita de tus chinos. En tu mirada. También en tus labios. En todo eso pienso mientras la mañana interrumpe con su sol violento por la ventana. Escribo para ti y me paro de puntitas en la orilla del abismo. Ahora hay un hombre. Ahora hay una mujer. Una estación de trenes en ruinas y cientos de palomas disecadas. Agreguemos el abismo. Ahí estoy. Alzo los brazos. En realidad soy un mal nadador.