Así acabó durmiendo en un parque el creador de Superman

En 1975, Joe Shuster, el creador de Superman ya no era el mismo de antes. Con 61 años, enfermo, agobiado por las deudas y sintiéndose una carga para su hermano, con quien vivía, se fue de su casa y pasó una semana en la calle. Cuando el policía le encontró, llevaba días sin comer

Jerry Siegel and Joe Shuster (Flickr)

POR Paula Cantó

En 1975, Joe Shuster, el creador de Superman ya no era el mismo de antes. Con 61 años, enfermo, agobiado por las deudas y sintiéndose una carga para su hermano, con quien vivía, se fue de su casa y pasó una semana en la calle. Cuando el policía le encontró, llevaba días sin comer

“¿Está usted bien?”, le pregunta un policía. Le zarandea y le ayuda a incorporarse. El hombre se sienta desorientado en un banco de un parque de Queens, en Nueva York. No ha comido en días y su rostro hundido y ropa gastada remarcan su aspecto cansado. El policía le lleva a una cafetería cercana y le invita a una sopa. “¿A qué se dedicaba?”, le pregunta. “A los cómics”, responde el anciano. “Dibujaba a Superman”.

En 1975, el creador de Superman ya no era el mismo de antes. Con 61 años, enfermo, agobiado por las deudas y sintiéndose una carga para su hermano, con quien vivía, se fue de su casa y pasó una semana en la calle. Cuando el policía le encontró, llevaba días sin comer. Joe Shuster (1914-1992) fue el dibujante que, junto al escritor Jerry Siegel (1914-1996), creó al personaje que trastocaría el universo de los cómics allá por los años 30. Superman, el último hijo de Krypton, el hombre de acero, sentó las bases de un nuevo género después de su primera publicación en 1938. “El traje, en especial la capa, la doble identidad, los superpoderes y el hecho de que los superhéroes vivieran en grandes ciudades: todo empezó con Superman”, narra Shuster. Pero todos conocemos quién es Superman. La vida de sus creadores ya es otra historia.

Si Joe Shuster fue la tinta y el color de Superman, Jerry Siegel fue el cerebro. Se conocieron en el Instituto Glenville de Cleveland, en Ohio, siendo jóvenes e inexpertos en lo que al mundo del cómic se refiere, pero con una ambición y una pasión como pocas. Su hambre de revistas de ciencia ficción les dio la base que necesitaban y el ansia por publicar su propia historia les insufló valor para llamar a cualquier puerta que hiciese falta. Joe Shuster, una historia a la sombra de Superman (Dibbuks), de Julian Voloj y Thomas Campi, les hace justicia y, a través de materiales de archivo y fuentes originales, recupera las trabas que estallaron en la cara de los creadores de Superman mientras luchaban por dar vida a su personaje.

El odio a Batman

“Odio a Batman”, dice Jerry sentado en el porche de su casa al lado de Joe una noche de 1939. National Comics (ahora DC Comics) había comprado a Jerry y Joe los derechos de Superman por 130 dólares de entonces —“el pecado original del mundo del cómic”, lo llama Voloj— y ambos llevaban un año trabajando para la compañía. Las historias de Superman habían arrasado entre los niños superando cualquier tirada previa, pero National quería más. “Consíganme un nuevo Superman para el lunes”, había ladrado el editor Vin Sullivan. El resultado fue el hombre murciélago, firmado por Bob Kane pero cuya verdadera autoría descansa en el guionista Bill Finger y en el dibujante Jerry Robinson. Kane se llevó todo el éxito que llegó con Batman. Algo similar pasó con National y los creadores de Superman.

Firmar ese cheque por 130 dólares significaba que Joe y Jerry verían publicado su superhéroe por primera vez. La tentación era demasiado grande como para resistirse a una promesa de ser ricos y famosos y, durante un tiempo, vieron cumplido su sueño. “Para ingresar su primer cheque, Siegel y Shuster tuvieron que firmar un contrato sellado en el dorso, cediendo a perpetuidad todos los derechos al editor”, denunció años después Jerry Robinson, que para entonces era el presidente de la Sociedad Nacional de Caricaturistas. Las estrategias de National Publications eran brillantes y la imagen de Superman apareció en juguetes y ropa y, más tarde, en cine y televisión. Jerry y Joe trataron de reclamar de vuelta los derechos de Superman y en abril de 1947 presentaron una demanda a National por cinco millones de dólares. “En cuanto presentamos la demanda, nos quedamos sin trabajo”.

Los siguientes años, Jerry amenazó con suicidarse. “Sufrió tal trauma emocional que no pudo crear más historias. Pasaba por delante de un quiosco, veía un número de Superman y se ponía físicamente enfermo”, explicó Jerry Robinson. Shuster, por su parte, encontró trabajo como repartidor de correo en California. A mediados de los 60, vieron una oportunidad: los derechos de Superman estaban pendientes de renovación y sus creadores intentaron recuperarlos. Una vez más, la suerte no quiso estar de su lado.

Monstruos hambrientos de dinero

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Superman lleva 37 años generando ingentes sumas de dinero. Durante la mayor parte de ese tiempo, Joe Shuster y yo, los creadores de Superman, no hemos ganado nada con nuestra creación, y durante muchos de esos años hemos conocido penurias mientras los editores de Superman se hacían multimillonarios”. Es un fragmento del comunicado de prensa que el ya sexagenario Jerry, aún incombustible, dirigió a los “conciudadanos estadounidenses” tras el anuncio de la película de Superman en 1978. “La editorial que publica los cómics de Superman, National Periodical Publications Inc, ha matado mis días, asesinado mis noches, ahogado mis alegrías, estrangulado mi carrera. Considero a los ejecutivos de National asesinos económicos, monstruos hambrientos de dinero”.

Como si escribiera un resumen de la injusticia que reconcomía el alma de Jerry y del dolor de ver su creación arrancada de sus manos, el escritor desgranó en una carta todo lo que arrastró durante 40 años. “Los ideales que hicieron de Superman uno de los mayores éxitos del cómic de todos los tiempos y que inspiraron su creación (…) en concreto la compasión y el deseo de ayudar a los oprimidos (…) han sido convertidos en una máquina de hacer dinero por la organización que ha arruinado despiadadamente la vida de Joe Shuster y la mía”.

Joe Shuster, una historia a la sombra de Superman es un homenaje a toda una vida. Revela la injusta historia de los humillados padres del género de superhéroes, pero lo hace con la ternura de quien ha perdonado con el paso del tiempo. Reto a que el lector llegue a la página donde se fraguan los nombres de los personajes principales de Superman, en la cocina de Jerry, y no se le ponga la piel de gallina. La historia está narrada desde el punto de vista de Joe y quizás por eso llama la atención que la lucha por un sueldo digno y por la potestad absoluta de los derechos de su creación cayera sobre los hombros de Jerry. Él, reivindicativo e inconformista, choca con el dibujante, que se resigna con un sueldo modesto mientras observa la desdicha de su vida personal.

Tras la carta de Jerry, ambos consiguieron la empatía de los compañeros dibujantes, un reconocimiento en forma de pensión para lo que les quedaba de vida y su aparición en los créditos de la primera película de Superman. “Leí sobre las facturas médicas impagadas, el miedo al desahucio, las súplicas de ayuda económica a amigos: era un relato desgarrador escrito por el cocreador de uno de los personajes de ficción más famosos del mundo. Al rastrear la desesperación de los manuscritos de Joe, tuve claro que quería escribir la historia desde su perspectiva para brindarle póstumamente una voz que pocas veces tuvo”, explica Voloj. “Superman no viene de Krypton: es de Cleveland”.

Tomado de: El Confidencial. Julio 31, 2018.