Las pastillas moradas

Recuerdo perfectamente al doctor Limó. Señoron. En otras citas siempre me recibía con una lacónica sonrisa. Sus grandes lentes cuadrados, como los que ahora usan los seudo hipsters, me dejaban ver sus diminutos ojos. Era como un personaje de cómic en blanco y negro. Impoluto en su vestir

Funny Situations – Uso de pastillas reveladoras de placa (YouTube)

POR Marlon Albores Colín

Recuerdo perfectamente al doctor Limó. Señoron. En otras citas siempre me recibía con una lacónica sonrisa. Sus grandes lentes cuadrados, como los que ahora usan los seudo hipsters, me dejaban ver sus diminutos ojos. Era como un personaje de cómic en blanco y negro. Impoluto en su vestir

Era una tarde naranja. La luz del día cambiaba de color cada vez que entraba al cuarto de mis padres. Los tonos de las paredes se tornaban morado claro, casi transparentes. Brillos amarillos de los rayos provenientes del sol pasaban a través de las cortinas manchando la púrpura niebla que flotaba por el cuarto. Voces de actores, la risa de mi hermano hablando con mi tía. Se carcajeaba en cada corte comercial del programa que veían absortos. Era un especial de Navidad a los Osmond.

Sin que me vieran me escabullía de sus miradas para meterme al cuarto de colores. Una vez adentro me fijaba que no me observaran para poder abrir el cajón de mi mamá donde guardaba todo tipo de cosas. “Cosas de Madres”. Entre todas ellas había un frasco transparente de tapa blanca. En su interior convivían alegremente varias pastillas de color morado brillante. Con sus pequeñas boquitas las pastillas me  gritaban a toda voz: “¡Cómeme!”.

Yo nunca fui un niño que me negara a esos impulsos. Así que abrí el frasco y tomé una. La guardé en mi manita gorda. La escondí bien. Ahí apretadita. Cierro el frasco sin hacer ruido, lo guardo de nuevo entre los “chones” y playeras de mi madre. Salgo del cuarto, disimuladamente entro al baño para sentarme en la orilla de la tina. Cierro con seguro y me dispongo a saborear la luneta gigante. Me imaginaba el sabor de esas cosas tan lindas. Moraditas. Apetitosas. Mi lengua sintió el sabor. Uva concentrada. Cada vez que la chupaba se le quitaba el color morado y su sabor se hacía amargo. El placer se acabó. Me sentía extraño escondido en el baño. Decidí ir por otra.

El poder de la televisión tenía a mi carnal y a mi tía La Chaperona-Cuidadora de sobrinitos bajo su influjo. Nunca vieron cuando de nuevo entraba al cuarto para sacar otra deliciosa pastilla MORADA. El color me volvía loco. Me obsesioné durante años con ese color. De nuevo me escabullo al baño. De nuevo esas extrañas sensaciones de color-sabor-estupor. El sabor amargoso casi ya no se siente. Ahora le doy mordiditas a la pastilla. “¡Venga, aún faltan otras seis!” No creo que mi mamá se encabrone porque  me coma sus dulces. Tiene un montón.

Al final del sexto viaje del cuarto ondulante morado naranja al baño selvático sin que me vieran, me valió madres esconderme. Me senté a lado de mi hermano saboreándome una pastilla. Mi tía me observaba acercando su carota. Quería ver que devoraba yo con tanta suculencia. Se enfocó los lentes.

— ¿De dónde sacaste ese dulce? — preguntó.

— “No sé” —respondí.

—¿Está rico? Dame uno.

—Nel. Ábrase, tía.

—¡Chamaco insólentrico!

Traté de moverme pero no pude. Su manotazo me alertó. Quise esquivarlo pero no pude. Me acurruqué para ver mejor a los bailarines del show de la tv. Se veían súper borrosos. No entendía nada de lo que decían. En eso, llegó mi mamá. Dejó las bolsas que cargaba para acercarse lo más posible a mi cara.  Apretando mi cabeza contra su pecho gritó alarmada: -“¿Pero que tiene el niño?” “Mírenlo, está todo aguado!” “¿Qué te estás comiendo?” “¿De dónde las sacaste?” “¿¿Del cajón?? “¡Del cajón!” “¿Qué estos dos no te estaban cuidando?” “¡¡Son pastillas para la presión!!” ¡Te vas a morir, cabroncito!”

Obviamente no morí. Recuerdo cómo mi madre me dio leche cortada para vomitar, me lavó la garganta con petróleo, hasta me sentó encima de un nido de hormigas. Pero ni así reaccionaba. Me llevó de plano y con urgencia al centro médico. A la Clínica Tres. El taxi es un vocho amarillo. El chofer es moreno con bigote. Parece de la Familia Burrón. ¡Cagadísimo! La ventana me deja ver la ciudad descolorándose a toda velocidad.

—Oiga, señora, si su niño vomita, me paga la lavada.

“¡Chingue su madre, acelere, mejor!”; grita mi madre mientras me mete los dedos para vomitar. Toca mi campanilla raspándola con sus uñas. Me seca la garganta. No tengo saliva, me siento ahogar. Una arcada hace que mi mamá retire los dedos para dejar salir  baba roja con burbujas. Una leve convulsión de mi parte hace más emocionante el viaje. -“Ya casi llegamos”. Dice mi preocupada jefecita.

-¿Cuánto le debo… ¡Buargggghhhh! Mi vómito llena el asiento trasero y parte del conductor. Sus pantalones de pana se llenan de pedacitos de comida chatarra, leche, pastillas y petróleo. Sonrío. Mi risa hace que el chofer se enoje. Vomito otro poco por la nariz. Jaja.

—No manche, señora, qué le dije. Parece el exorcista su niño. Mire cómo me ensucio el taxi.

—Ay viejo mamón ¿Qué no ve que es una criatura enferma? —, mi madre le aventó 50 pesos.

Roar of silence by Stephanie Pfriender Stylander (Dodho Magazine)

Salimos los dos del taxi. Me tambaleo como si estuviera borrachito. Mi madre me carga llevándome a la entrada de emergencias. Su mirada me espanta un poco. Casi llora la mujer. Una enfermera sesentona me sienta en una silla de ruedas, groovie hair se carga. Huele raro. A viejito, mezclado con aroma a hospital. Arrugas mil su cara surcan. Espero unos minutos en el pasillo largo de tonos marrones junto a mi madre. Me sostiene una mano y toca mi frente, como toda madre haría, mientras balbuceo cosas con mucho sentido. Aún no tengo noción de lo que me sucede. Por fin la figura delgadísima del doctor Limón se hace presente. Lo recuerdo perfectamente al doctor. Señoron. En otras citas siempre me recibía con una lacónica sonrisa. Sus grandes lentes cuadrados, como los que ahora usan los seudo hipsters, me dejaban ver sus diminutos ojos. Era como un personaje de cómic en blanco y negro. Impoluto en su vestir. Bata blanca con el eterno estetoscopio de hielo y pluma fuente de negrísima tinta. Me daba golpecitos en el pecho para saber mi estado físico. “Tose”; me decía con su fina y al mismo tiempo grave voz. La receta siempre eran kilos de supositorios. Y me despedía con una paletilla de sabor limón con una pasita enterrada.

Pero esta vez su rostro marcaba preocupación y enojo. Me llevó a su consultorio y me pidió que me sentara en su camilla. Me dio unas pastillas para vomitar. De nuevo. Mi mamá preguntó si sería necesario un lavado de estómago. El doctor tomo una lamparita para apuntar la luz directo mis ojos y al interior de mi garganta. “No creo, tiene las pupilas bien”, respondió el doc-doc. “Sólo póngalo a reposar como trapo mojado en su cama. Un caldo de pollo con mucho ajo. El niño está bien sólo fue una leve intoxicación por consumo de opiáceos”. ¡Bolas! Antes de irnos el doctor se acercó a mi oreja para decirme en voz baja, de secreto: “¿Verdad que están ricas?”

Nunca supe por qué me dijo eso.