La biblioteca, ese tesoro íntimo que nos permitió conocernos

Henry Miller Memorial Library, Big Sur, Monterey County, California USA (Blaine Harrington III)

POR Daniela Pasik

El perfume de un libro viejo, que es un poco parecido al de los amarettis, y el tacto de las hojas amarillentas, que es quebradizo aunque resistente. En tiempos de eBooks, las bibliotecas analógicas le siguen ganando a las digitales. Son el escenario perfecto para encontrar lecturas, y también historias, propias o ajenas

Cada ejemplar puede esconder un secreto. Flores secas, fotos viejas, boletos ya caducados, postales. Y amor, romance, inspiración. A fines de los 70, la veinteañera Brenda Venus, actriz en ciernes, compró un libro que fue de Henry Miller, y encontró una carta manuscrita del escritor, en ese entonces octogenario. Decidió hacérsela llegar y comenzaron una relación, primero epistolar, que la llevó a ser su amor platónico y última musa.

El autor de Trópico de Cáncer le escribió a la joven unas cuatro mil misivas, que terminaron siendo un libro en el que narra sus días como si fuera un treintañero apasionado, encerrado en el cuerpo de un anciano de 84 años. Querida Brenda: las cartas de amor de Henry Miller a Brenda Venus se publicó en 1986, seis años después de la muerte del escritor.

No siempre la pasión, libros de por medio, llega a buen puerto. Antonio Santa Ana, escritor y editor, autor de entre otras novelas, Los ojos del perro siberiano –best seller de literatura infantil y juvenil– cuenta que una vez se enamoró de la biblioteca de una chica, y tuvo que romper la relación con su gran amor cuando la dueña se dio cuenta que no era ella el objeto de su afecto, y entonces se enojó.

“En los 90 la pasé muy mal. Empezaba a editar libros, pero me pagaban pésimo, trabajaba los fines de semana en librerías para cubrir el alquiler y me acababa de separar, así que estaba sin casa ni dinero. No accedía fácil a los libros más nuevos, salvo de prestado. Y esta chica tenía todo lo de Anagrama, Tusquets y la literatura contemporánea. Cuando fui a su casa por primera vez y me encontré con esa biblioteca, lo único que quería era leer. Así que iba a verla y empezaba libros. Ella quería estar conmigo y a mí me molestaba un poco, porque necesitaba seguir leyendo”, señala.

El que había encontrado un remedio contra la tentación de los visitantes era Alberto Laiseca. Vivía en un monoambiente con las cuatro paredes cubiertas de libros forrados de blanco. Cada ejemplar estaba numerado y él anotaba la referencia en un cuaderno. “Era el método que tenía para encontrarlos si los prestaba o para no prestarlos, a nadie le daba curiosidad porque no se veían los lomos. O capaz era de obsesivo”, explica Mariana Enríquez, que cuenta que esa es una de las bibliotecas que más la impresionaron, porque además compartía muchos gustos literarios con el autor de Los Soria.

Enríquez, autora de Las cosas que perdimos en el fuego, una vez salió a buscar el reducto de libros que creyó la iba a impactar más y se llevó una desilusión. “El año pasado estuve en Lisboa. Supuestamente, la biblioteca de la Cruz Roja portuguesa es fantástica. Tres horas me llevó encontrar el lugar. Y como no es abierta al público fue un lío que me dejaran pasar. Finalmente lo logré, llegué, estaba ahí. Y la verdad es que es muy linda, pero decepcionante. Hay ejemplares antiguos, pero nada que llame demasiado la atención. En Internet se la veía increíble, pero en persona no es para tanto. Conclusión, es más linda en fotos, como una modelo”, abunda.

Biblioteca de la Cruz Roja, Portugal. As cinco bibliotecas mais bonitas de Portugal (Conexão Lusófona)

“Nada más prometedor y divertido y que excite más la curiosidad que curiosear bibliotecas ajenas”, indica Sylvia Iparraguirre, que acaba de publicar La vida invisible, una suerte de diario en el que repasa su vida a través de sus lecturas.

Laura Wittner, poeta y traductora, solía compartir esa pasión, pero dice que desde hace un tiempo ya no tiene más esa avidez. “Me pregunto por qué, me da un poco de pena. Se me ocurren dos respuestas: primero la obvia, que el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos y las pasiones son diferentes. La otra es más tirando a que el tiempo pasa y nos vamos poniendo tecnos. Antes yo no conocía qué libros existían, qué editoriales, de qué países, toda esa información era mucho más misteriosa y la adquiría curioseando bibliotecas, pero ahora la información se me cruza por Internet, sin que la busque”, añade Wittner.

Lo que sí comparten todavía Iparraguirre y Wittner es un registro amoroso, constitutivo, de las bibliotecas familiares. “Fue definitiva la de la casa de mis abuelos. Ahí estrené mi curiosidad por los libros”, señala la escritora. La poeta, por su parte, recuerda: “Mi mamá y mi papa tenían su biblioteca, que estaba en el living, y aunque yo tenía la mía la de ellos era la que me fascinaba. Una vez, a los ocho años, armé un fichero, catalogué todo con un sistema que me habré inventado y puse qué libros había, en cuál de los estantes estaban, y hasta de qué lado”.

Entre otras joyas encontradas, en distintas épocas de la vida, y en diferentes bibliotecas, Santa Ana rescata como su mejor experiencia la de una pública en Caseros, cuando terminó la secundaria. “Empezó la guerra de Malvinas, no podía conseguir trabajo y tampoco entrar a la universidad, así que me pasé seis meses leyendo. Fue una gloria absoluta. Descubrí la literatura latinoamericana, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos. Además, ese año Gabriel García Márquez ganó el Nobel, así que fui muy popular con las chicas porque lo había leído completo”, recuerda.

“Uno de esos grandes descubrimientos en casa ajena fue El exorcista, de William Blatty, y no pegué un ojo en toda la noche. Pasa incluso en hoteles. Con Abelardo Castillo descubrimos, para nuestro absoluto placer, que la biblioteca del hotel La Cumbrecita, en La Cumbrecita, Córdoba (de la que nos dieron la llave), no sólo era una gran biblioteca sino que contenía esos libros raros y antiguos que se encuentran pocas veces”, indica Iparraguirre.

“De la biblioteca familiar iba sacando libros por el lomo o el título sin tener la menor idea de qué eran. Así un día a los 12 leía Casa de muñecas de Ibsen, entendiendo vaya una a saber qué, y al otro un policial de Ross Macdonald. También muchas veces libros de química, que eran de mi papá. Y a los nueve me aprendí unos párrafos de memoria, como quien se aprende un poema, con la música y los ritmos, pero sin tener la menor idea de lo que decían”, expresa Wittner.

El perfume de un libro viejo, que es un poco parecido al de los amarettis, y el tacto de las hojas amarillentas, que es quebradizo aunque resistente. En tiempos de eBooks, las bibliotecas analógicas le siguen ganando a las digitales. Son el escenario perfecto para encontrar lecturas, y también historias, propias o ajenas.

Tomado de: Clarín. Septiembre 18, 2018.