La cueva de un animal herido

Escribo. Si existen fines terapéuticos para la escritura confió en ellos. Sin ningún tipo de pretensiones. Por favor, créanme. A lo lejos los días son grisáceos y sin sentido. Soy ese animal herido que se hunde en su lúgubre cueva a lamer sus heridas con tal de sanarlas y salir al encuentro de las hienas. Ahí me encuentro. En una cueva

Something very unusual is going to happen in caves around Ireland (TheJournal.ie)

POR Óscar Garduño Nájera

Escribo. Si existen fines terapéuticos para la escritura confió en ellos. Sin ningún tipo de pretensiones. Por favor, créanme. A lo lejos los días son grisáceos y sin sentido. Soy ese animal herido que se hunde en su lúgubre cueva a lamer sus heridas con tal de sanarlas y salir al encuentro de las hienas. Ahí me encuentro. En una cueva

Hoy la tristeza me muerde los tobillos. También me deja en pantalones cortos. Recuerdo unos versos de José María Álvarez: “La tristeza solitaria me está poniendo pantalones cortos”. Ni siquiera sé si es exacto. Creo que no va “solitaria”. Escribo de memoria. No tengo ganas de buscar la referencia. No me importa. A mí me sirve imaginar el verso así. En ocasiones nos es más útil la memoria que tenemos de los versos que los versos mismos. Es un ejercicio que deberíamos exigirnos con rigor. Lo de la memoria lo hago para los fines prácticos de una tristeza que ni siquiera alcanza a ser melancolía. Soy un perro sarnoso en huesos. He llegado al final del puente. Queda cruzar la carretera. Sortear el camino. Aventurarme a no ser arrollado bajo las llantas de cualquier camión. El chofer lee una novela de Murakami. Se distrae.

Escribo. Si existen fines terapéuticos para la escritura confió en ellos. Sin ningún tipo de pretensiones. Por favor, créanme. A lo lejos los días son grisáceos y sin sentido. Soy ese animal herido que se hunde en su lúgubre cueva a lamer sus heridas con tal de sanarlas y salir al encuentro de las hienas. Ahí me encuentro. En una cueva. Me gusta imaginar que afuera llueve.

La memoria del verso de José María Álvarez se une a la memoria de una lluvia pertinaz afuera de la cueva. Es pequeña. La cueva. Antes de que yo entrara en ella la cueva sirvió de refugio a miles de amarillentos gusanos que huían despavoridos de un cadáver. Era el de mi padre. Por las cuencas de sus ojos salían expulsados los gusanos. Es lo que queda de él. De mi padre. Gusanos amarillentos. Sumo a la memoria de la cueva otro recuerdo. Una imagen viva.

Seremos al final gusanos heridos dentro de una cueva. En esa misma cueva se mordieron entre sí las palomas disecadas y terminaron por hacer una sangrienta orgía al agitar sus alas. Eran como las piernas de la última mujer con la que estuve. Casi no las abría. Hasta que una buena tarde lluviosa comprendí a que se debía. No quería emprender un vuelo con un hombre como yo. Pienso ahora que quizás esa mujer sabía en lo que me habría de transformar: un festín para las hienas.

En estos momentos no me interesa nada. Si tuviera una pistola en las manos no dudaría en utilizarla. El sonido de la bala sonaría hueco dentro de la cueva. En una silla de madera está mi madre. Me mira. Lo hace de la misma manera que mi padre: complaciente. Lo hace de la misma manera en que me vio esa mujer la vez que me dijo que no quería nada conmigo porque sabía que me iba a transformar en un festín para las hienas. Primera herida. La rodeó con mi lengua. Conforme me arranco lo que queda de la cicatriz es como si me arrancara la memoria.

Repentinamente llega el olvido. Todo lo que ocurre a continuación dentro de la cueva es un misterio. Un demente misterio. Un misterio de esos que se juegan lo mismo la vida que la muerte. Nada importa en estos momentos. En realidad nada. El mismo animal que se lame las heridas dentro de la cueva sobrevive a tientas en medio de una cerrada oscuridad. Repite de memoria unos versos de José María Álvarez. Espera. Las sonrisas de las hienas acechan en medio de lo negrísimo de la oscuridad.