La receta de la ciencia ficción en el siglo XIX

Aunque la producción del prolífico narrador francés Jules Vernes es inmensa y no podemos detenernos en ningún título específico, la colección Viajes extraordinarios, dirigida por su editor, el famoso sansimoniano Pierre-Jules Hetzel, marcó un antes y un después dentro de la literatura fantástica en general

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POR Kurmi Soto

Aunque la producción del prolífico narrador francés Jules Vernes es inmensa y no podemos detenernos en ningún título específico, la colección Viajes extraordinarios, dirigida por su editor, el famoso sansimoniano Pierre-Jules Hetzel, marcó un antes y un después dentro de la literatura fantástica en general

El siglo XIX fue amante de los avances tecnológicos y creó abundantes imaginarios a partir de la primera revolución industrial. La divulgación científica, el socialismo romántico y, finalmente, el positivismo, impulsados por el auge de la innovación, calaron profundamente en la mentalidad de la época y el escritor que mejor encarnó este movimiento fue, sin duda, el francés Jules Verne, prolífico narrador y precursor definitivo de la ciencia ficción.

Aunque su producción es inmensa y no podemos detenernos en ningún título específico, la colección Viajes extraordinarios, dirigida por su editor, el famoso sansimoniano Pierre-Jules Hetzel, marcó un antes y un después dentro de la literatura fantástica en general. Entre los libros publicados dentro de la serie se cuenta, por supuesto, La vuelta al mundo en ochenta días (1873), pero también exploraciones a lugares más lejanos como el Viaje al centro de la tierra (1864) o De la tierra a la luna (1865).

Su influencia no tardó en hacerse sentir en América Latina, donde sus contemporáneos también se cuestionaron sobre su presente y su futuro a través de la escritura. El caso más emblemático de todos ellos lo encontramos, sin embargo, en el Ecuador finisecular.

En efecto, desde enero de 1893 hasta finales de ese año, el prestigioso periódico guayaquileño El Globo Literario publicó por entregas la novela de Francisco Campos Coello titulada La receta, relación fantástica.
Este texto, aunque brevemente olvidado por sus lectores, volvió a ser conocido gracias al interés de investigadores que vieron en él uno de los trabajos mejor logrados de ficción anticipativa en español (pues, es cierto, el idioma de Cervantes se prestó poco a este género).

El relato es bastante simple y sigue las peripecias de R., misterioso protagonista que se ve envuelto en no menos curiosas aventuras. Durante uno de sus viajes por Europa, conoce a X, extravagante escritor que lo invita a resolver un acertijo y, una vez cumplido este desafío, le regala un enigmático brebaje que, según dice, consiguió en una de sus estadías en India. La particularidad de esta “receta” es que permite, a todo aquel que la tome, dormir un año por cada gota consumida.

Por supuesto, R. se excede y bebe cien gotitas que le permiten despertarse en pleno siglo XX. Para ese entonces, muchas cosas han cambiado y el personaje descubre con asombro una ciudad moderna y limpia, en la que triunfaron los preceptos del liberalismo decimonónico.

En este Guayaquil del futuro, las líneas de tren son expeditas y el viajero puede desplazarse desde la Patagonia hasta Nueva York sin tener que cambiar de medio de transporte.

Asimismo, los habitantes tienen acceso al agua potable, importante avance, sobre todo si tenemos en cuenta que fue justamente Francisco Campos el principal impulsor de este proyecto durante su gestión como alcalde de la ciudad.
Sin embargo, Campos no fue el único que vio el potencial ideológico en este tipo de narraciones. De hecho, durante el periodo que nos ocupa, fueron una moneda bastante común. Otro ejemplo icónico es, en definitiva, Lima de aquí a cien años (1843) del peruano Juan M. Portillo, publicada también en formato de folletín por El Comercio, decano de la prensa peruana.

De acuerdo con el profesor Marcel Velázquez Castro, en el prólogo de una reciente edición, “el texto combina una perspectiva política, una visión futurista y elementos fantásticos; tríada que nos obliga a repensar la genealogía de la novela peruana y el hegemónico paradigma mimético-verosímil” (2014: 13).
Es, por supuesto, el aspecto político el que nos interesa, puesto que así como lo hiciera Campos cincuenta años más tarde en el Ecuador, Portillo también utiliza la ficción anticipativa como un alegato a favor de los ideales liberales del momento.

La novela se presenta como un intercambio epistolar en el que un joven de la élite limeña le cuenta a su amigo cuzqueño acerca de las bondades de la moderna capital peruana. El escenario idílico y próspero le permite reflexionar sobre los beneficios de la tecnología, sinónimo de bienestar social. En efecto, en esta Lima de autos voladores, los habitantes gozan de una felicidad que es el fruto directo de la globalización y, sobre todo, de la occidentalización. En ambos ejemplos, el futurismo es, a fin de cuentas, un pretexto para criticar el presente, señalando sus falencias por oposición a una sociedad imaginada que no es sino una utopía.

Este procedimiento, receta predilecta de la ciencia ficción decimonónica, se encuentra a su vez en obras de otros países vecinos, como Chile. Ahí también las élites letradas vieron en el género un poderoso ideológico. Tal fue el caso de Francisco Miralles, artista, ingeniero y autor de una graciosa novela llamada Desde Júpiter (1877), que firmó bajo el conocido seudónimo de Saint-Paul.

El principio narrativo es, más o menos, el mismo que en los otros casos, pues el texto relata la aventura de un joven santiaguino que es transportado, por obra del magnetismo, a un planeta lejano en el que descubre una gran ciudad, compuesta por una “magnífica plaza [y] rodeada de colosales y hermosísimas construcciones arquitectónicas, de un estilo […] muy natural y muy visto; pero diferente en un todo de lo que se usa en la tierra” (5).

Esta capital extraterrestre le permite realizar una crítica ácida del Chile decimonónico, sobre todo porque sus habitantes, los jovinos, se dedican a contemplar las falencias de los otros planetas desde lo que el narrador llama un “microscopio indefinido” y, de nuevo, el relato se presenta a partir de una perspectiva liberal.

Tomado de: Letra Siete. Agosto 12, 2018.