August Strindberg: entre la muerte y las brujas

Strindberg, quien debutó con la novela corta El cuatro rojo a los 30 años, llegó a París sufriendo manías persecutorias, visiones y delirios, y así transitó las calles parisinas viendo señales en todas partes hasta convencerse de que la muerte le perseguía, obsesionado por la telepatía y la brujería mientras paseaba por los cementerios

Strindbergsmuseet Hem & Museum (www.strindbergsmuseet.se)

POR Toni Montesinos

Strindberg, quien debutó con la novela corta El cuatro rojo a los 30 años, llegó a París  sufriendo manías persecutorias, visiones y delirios, y así transitó las calles parisinas viendo señales en todas partes hasta convencerse de que la muerte le perseguía, obsesionado por la telepatía y la brujería mientras paseaba por los cementerios

En 1894 llegó a París un sueco que escuchaba voces y chillidos a su alrededor: el químico y escritor August Strindberg, quien se consagró a la soledad, a la miseria, a una crisis que luego cobró forma en un libro titulado Inferno.

Así, sufriendo manías persecutorias, visiones y delirios, Strindberg transitó las calles parisinas viendo señales en todas partes hasta convencerse de que la muerte le perseguía, obsesionado por la telepatía y la brujería mientras paseaba por los cementerios.

Había debutado con éxito con la novela El cuarto rojo a los 30 años, en 1879, y en aquella década de los 90 –pero cuándo no– buscaba alejarse de todo, incluso de la familia.

Este Strindberg celoso en lo sentimental (se casó tres veces y sus relaciones fueron tormentosas) y atraído por todo lo concerniente con lo ocultista y la brujería se concentró en la novela corta, inédita hasta ahora en español y original de 1890, Una bruja, que Hermida Editores sacó a la luz hace unos días (traducción de Elda García-Posada).

En ella, conoceremos la vida, en pleno siglo XVII –momento en que las leyes de Suecia dictaminaban la prohibición de ejecutar a las consideradas brujas-–, de Tekla Clement, nacida en el seno de una familia dentro de una posada-burdel de Estocolmo.

Es inevitable suponer que para sus personajes femeninos el autor de La señorita Julia tuviera en mente a sus parejas, en este caso, a Siri von Essen, la noble y actriz que se convirtió en su esposa entre los años 1877-1891, como acababa de hacer en la novela Alegato de un loco, donde contaba sus tormentos matrimoniales.

Algún detalle al respecto, como la alusión a un teatro y, sobre todo, a un desliz de infidelidad trufado de desequilibrios nerviosos, da pistas sobre el trasfondo biográfico de Strindberg, que además dota al relato de un fondo religioso.

La formación católica por parte de Tekla, que trabaja de sirvienta y a la vez no puede asimilar el mensaje de la iglesia de que todos los seres humanos son iguales, se mezcla con estados de trance y sueños románticos y una actitud lunática se abre paso: “Hallaba un recién descubierto placer en mortificar su cuerpo, mientras contemplaba la vida que se extendía ante ella odiosa, como un hostil poder oscuro que morara en su interior”. Al casarse con un hombre de la alta sociedad, su existencia dará un giro absoluto y la pondrá a los pies de sus visiones de infancia, su demencia y el dictamen de los que acabarán juzgando su comportamiento.

Tomado de: La Razón (España). Agosto 31, 2018.