La noche era tranquila

Antes de entrar le pido se quite los zapatos para que no haga ruido con esos tremendos taconzotes. Chlac, chacl, chacl, ruido tan extraño que hacen. Observo sus pies que no están nada feos. Yo esperaba otra cosa. Dedos deformes, pero para nada. Es más, los quiero besar con angustia loca

Woman walking into fog while the wind blows her hair (filmsupply.com)

POR Marlon Albores Colín

Antes de entrar le pido se quite los zapatos para que no haga ruido con esos tremendos taconzotes. Chlac, chacl, chacl, ruido tan extraño que hacen. Observo sus pies que no están nada feos. Yo esperaba otra cosa. Dedos deformes, pero para nada. Es más, los quiero besar con angustia loca

La noche era tranquila, mi depresión intensa. Por aquellos años solía dispersar mis malos pensamientos visitando puteros de mala muerte, atascarme de drogas y alcohol. Esa vez no fue diferente. En el antro me ligué a una puta barata, de las más baratas. Imagino que tiene como 55 años, quizás 60. Además cuenta con el detalle de que una  joroba adorna su espalda, la cual de inmediato llamó mi atención. Esta noche tiene que ser mía. Me acerqué y descaradamente le pregunté que “de a cómo y de a cuánto”. Ella me miró con sorpresa, pues obviamente nadie le había pedido sus servicios en años. Era como una especie de neo virgen. Me miró fijamente buscando mi honestidad.

De seguro quería saber si no la estaba cotorreando. “Para ti, 1,500”, “¡1,500! Sí sólo te voy a coger, no me quiero casar contigo”, le dije. Ella me contestó que sus medicinas no eran nada baratas y que a ese precio me garantizaba placeres nunca antes conocidos. “¿A poco?”… “En serio”. Ok. Acepto.

Pagué la tarifa, ella se fue a despedir de sus compañeras y obtuvo la salida del antro. Su padrote y amigas se asomaron para ver al méndigo que había pagado por ella. Al darse cuenta de que yo no era ningún payaso se sorprendieron. Risitas y murmullos nos acompañaron mientras salíamos del lugar. El valet parking también nos observó asombrado. Al darme las llaves me susurró al oído: Pinche perro.

En el viaje para mi casa ella estuvo callada. Únicamente asentía a mis comentarios llenos de picardía soft y de alusiones a su joroba. Ella miraba fijamente el camino. De vez en cuando soltaba una risita o un comentario que sólo era la repetición de lo que yo había dicho. Eso me sobrecalentaba el morbo. Pinche vieja misteriosa: o se quiere hacer la misterios 2000 o de verdad sí oculta grandes verdades. A lo mejor es una diosa disfrazada. Es una prueba de Dios.

En un alto le pregunto si puedo acariciarle la joroba. Ya no podía resistir más, tenía que sentir esa joroba con mis propias manos. Intentando ser sexi baja su blusa, se acomoda de tal manera que su protuberancia queda expuesta para que mis manos la soben. Vaya textura. Es un gran hueso, yo me imaginaba algo suave y carnoso.  Pero es dura y rasposa. La piel la tiene reseca. A pesar de los brochazos de maquillaje el acné es evidente. ¡Se maquilla la joroba! Es una coqueta sin lugar a dudas. Le ordeno que se ponga crema de la que traigo en la guantera. “Así te va a quedar bronceada” le digo. Ella se ríe. “Okei, deja te la pongo”. Aprieto el tubito de crema, eyacula y me froto la crema en mis manos. Rápido la unto en su deforme espalda, pues el alto ya se va quitar. Verde.

Llegamos a mi casa. Nos quedamos un momento en el auto. El estéreo nos deleita con música suave. Chet Baker. Le doy de mi cerveza para que se le quiten los nervios. Será una veterana pero aún así la noto nerviosa. Nos terminamos un doce de indios. Creo que es el  tiempo suficiente para que mi padre ya duerma. Desde que es viudo no duerme el señor. No quiero pagar un motel. En la casa no gasto tanto. No me gusta que un desconocido sepa que andas cogiendo con tu novia en tal cuartito; la cama toda llena de secreciones invisibles y las colchas lavadas millones de veces; camaritas secretas grabando para que gente desconocida te vea en videos de los que venden en los puestos del metro Cuatro Caminos, “Cogidas bizarras en el DF”, no gracias. Prefiero  mi cama, mis mecos, mis pedos, mis sangres, pero míos. Cero desconfianzas. Puro placer.

Ella permanece seria. Bebe moviendo la cabeza al ritmo de la trompeta mágica de Chet. Yo traigo una pinche barra de metal entre las piernas, no lo puedo evitar. De soslayo ella se da cuenta  de mi erección. Me mira a los ojos… seductora. Salimos del auto. La veo sin el escándalo y las luces borrachas del antro. Es chaparrísima. Corrijo: es una enana. Muy anciana. ¡Y esa joroba! No mames Jaime te pasaste, pienso. Pero ni modos. Ya pagaste. Te chingas. Me fumo un Manchester ex Delicado viejo antes de entrar con ella a mi casa. Venga, a ver qué placeres me puede ofrecer el esperpento ese.

Antes de entrar le pido se quite los zapatos para que no haga ruido con esos tremendos taconzotes. Chlac, chacl, chacl, ruido tan extraño que hacen. Observo sus pies que no están nada feos. Yo esperaba otra cosa. Dedos deformes, pero para nada. Es más, los quiero besar con angustia loca. Por supuesto que entramos por la cocina. Antes de pasar a la sala aviento mi chamarra para taparle los ojos a la virgen lupita. Es el último recuerdo de mi madre. Una virgen de yeso de 1.80 centímetros que adorna el pasillo que conecta la cocina con la sala. Luces de Navidad la adornan. Las luces de colores crean un efecto tal que parece real la muñecota. La virgen muñeca. Mi “amiga” se persigna en cuanto la ve. Para su sentido guadalupano es vital  hacerlo. Antes de putear hay que encargarse a las deidades crisantemas. Como todas esas personas que rezan un Padre Nuestro cada vez que pasan por una iglesia. Pero son putas y putos. Deformes. Tal y como la chica que me voy a follar hoy.

Sad unhappy woman sitting on bench in loneliness and looking away… (Freepik)

Caminamos despacio y sin hacer ruido. Subimos las escaleras. Entramos a mi cuarto de control. Mi depresión casi se ha ido. Regresa un poco cuando ella comienza a querer desnudarse. Antes de que complete su strip tease le pregunto su nombre. “Alejandra, pero me dicen la Jorobita”. ¿La Jorobita? “Sí, la jorobita”. “Qué poca. A ver Alejandra, aguanta. ¿No quieres un chupe antes de coger?”, “Va, me lo echo”. Saco el pomo y le sirvo varias cubas. Ahora sí ya te puedes encuerar, Ale. Despacio se quita su faldita, su playera, todo lo demás. Le ayudo un poco. Sus manos tiemblan no sé si por nerviosismo o por efecto parkinson. Tantas veces que ha cogido y se hace la inocente. Pinche vieja.

Literal. Se para enfrente de mí. Sus tetas le cuelgan cual collares. Con la lengua tanteo el terreno. Se las chupo. Sabor a viejo. A piel vieja. Sudor de anciano. Perfume imitación Avon. Sal, tierra, agua. De cierta manera lo disfruto. Es un olor raro que me trae recuerdos. Un nuevo sabor.

También me desnudo. Empujo a Alejandra a mi cama y la cobijo. Ella me soba la verga con sus manitas arrugadas, huesudas. No lo dudo ni un segundo: es muy placentero. Soba mis testículos como si fueran de esas bolas chinas para quitar el stress. Me dice que puede leer el futuro viendo mis huevos. En serio. Los acurruca en sus manos, me cuenta los vellos con sus uñas largas. Me hace trenzitas y susurra: “tendrás una larga vida, tres hijos. Pero tu esposa morirá al dar a luz al cuarto. Que no lo será”. “No mames”. “En serio”. Mejor mama. Ok. Su lengua es prodigiosa. Al no ser muy agraciada físicamente saber el arte de la felación es una prioridad, me lo dice dándome unas succiones milagrosas. Ya no hay depresión en mi. Sólo una tremenda ansia de follarme a esta señora. Sus ojos se cierran delicadamente mientras se mete mi verga en la boca. Qué bella es. No parece lo que en verdad es. Rejuvenece. Le brillan sus ojos. Sus pestañas eternas. Llora ahora. Lágrimas sucias de rímel se embarran en sus mejillas rojo sangre.

Mocos acuosos salen de su nariz. Se los limpia con el dorso de la mano. Sin embargo no deja de mamar. Su cara me recuerda a una mujer japonesa. Mitzuko la llamaré. Ya no hay Alejandra. Sólo Mitzuko. Mi jorobada de oro, mi reina de las lenguas, Anciana llena de orgasmos.

Procuro brindarle placer del bueno. Ella me lo está dando así que debo de ser recíproco. Encuentro su clítoris muy metido en una selva caótica capilar grisácea. Olores raros, míticos y paganos se desprenden de su vagina. Antigua residencia de 20 hijos de cuando el aborto no estaba en boga. Incontables pitos de machos desesperados han atrevido meterse ahí. Chance de joven era apretada y brillante, bella puchita cuando aún no le salía esa joroba. Hacia allá me dirijo. Me recuesto a su lado. La acomodo para que su joroba quede de nuevo enfrente de mí. Me froto un rato ahí. Esa sensación es única. Siento vibraciones de ella. La joroba vibra, se expande, respira y suda. No puedo más. Me corro ahí. Es bueno para la piel. Con sus manos lo esparce por toda su espalda. Se rasca debajo de la joroba. Tiene una costra. Sangra. Ahí pone más semen. Es curativo me dice.

Nunca me habían dicho eso del semen curativo. Supongo que se lo creeré. Me acuesto sobre ella. Ella me dice que así no, porque se le puede romper la espalda. Morir asfixiada, como Jhon Merrick. Entonces ella se sube en mí. Se peina. “¿Listo para el que sigue?”, venga. Sube y baja a su ritmo. La joroba se ha ido. Gime. Pinche vieja sabrosa. Fea pero sabrosa. Lo está logrando. Se acerca sin miedos. Me encharca el abdomen. Peces de sudor y mugre nadan ahí. No es posible. Se pedorrea durísimo. Es lo máximo. Un calor de madre se esparce por el cuarto. Por mis piernas. Un amor imposible. Fantasmas acuden a mi cuarto. Pinche orgasmo tremendo. Hasta alucino. Ella se derrumba. Se escucha un tronido que proviene de su espalda. Crak. No mames. Ya se murió.

La sacudo violentamente, le grito, la escupo, la dedeo de nuevo. Mitzuko esta ida. Poco a poco regresa en sí. “No me hagas esto Mitzuko, pinche susto”. “Ay mijo, es que te pasastes. Hace años que no cogía con nadie. De hecho se me hizo rarísimo eso de que me escogieras. Ya estaba yo desesperada, ya hasta quería dejar la puteada. Ya sólo me querían para ir a fiestas bien feas, ni me cogían sólo se burlaban de mí, hasta en una película salí de ese director mexicano famoso Aurelio Algo creo se llama. Y pues ahorita sentí bien bonito, amor. Me gustó mucho. Ay, mi joroba, siempre hace eso. O hacía, porque ya ves que te digo que ya no cojo. ¿Nos echamos otro?”. “No gracias” contesto asombrado.

Ella se viste. La imito. Salimos del cuarto pero la luz de la sala nos toma desprevenidos. Mi padre está sentado en su sillón favorito. Nos mira. Parece reconocernos. “Elvira, qué gusto verte”, nos saluda así. “¿Un cafecito, un vinito?, ¿Que quieres, mamacita?”. “Ya se va, papá”. “No mames, Jaime, esta vieja se ha desquintado a medio pueblo. Es una vieja amiga, muy vieja, más que yo”.  Elvira lo saluda con la cabeza. Aún ante el asombroso reconocimiento ella se va sin decir algo. Resignado la acompaño a la puerta. Me da un beso antes de irse. “Te cuidas, hermoso”, me dice. Yo también la beso. Cierro la puerta. Sus tacones hacen eco en el pasillo. Desaparece tras un portazo del zagúan. Siento una terrible comezón en los huevos. Puedo ver como mi  papá sonríe al ver la foto de mi mamá. Yo también sonrío.