Literatura y mierda: razones para escupir

Hay un momento en la vida en que frente a una mujer tienes dos opciones: escapar, morderte los labios, patalear, llorar con la cabeza en la almohada; o morir ahí mismo, frente a su mirada y su lástima, como ese mismo perro que queda en medio de cualquier avenida bañado en sangre

HUMANS (statimcaptus.com)

POR Óscar Garduño Nájera

Hay un momento en la vida en que frente a una mujer tienes dos opciones: escapar, morderte los labios, patalear, llorar con la cabeza en la almohada; o morir ahí mismo, frente a su mirada y su lástima, como ese mismo perro que queda en medio de cualquier avenida bañado en sangre

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Pienso ahora mismo en Scott Fitzgerald. En las últimas palabras que le dijo a Zelda antes de morir. Tan joven él. Tan brillante. Literariamente hablando. Como tantos, arriba del potro indomable del mismo alcohol que mató a las almas más nobles de muchas generaciones. Desecho él. Pero luminoso. Jodidamente luminoso. Sus últimas palabras. Aquellas que el moribundo pronuncia entre dientes. Quizás y ni siquiera alcanzó a decirlas. Pienso en su entierro. Una de las grandes figuras de la literatura estadounidense de mediados del siglo XX muere como un perro. Parece la cabeza de un periódico. En la más completa de las soledades. Agreguemos.

En algún lugar leí lo siguiente (cito de memoria): “Al morir, Scott Fitzgerald no contaba más que con un baúl lleno de libros, sobre todo poesía, poesía de Yeats, y unos cuantos dólares en el bolsillo”. Scott muere durante uno de los inviernos más duros y cuentan que al echar la última palada de tierra, el enterrador exclamó un “¡pobre hijo de puta!” para quien había adquirido fama con una novela tan extraordinaria y hermosa como lo es The Great Gatsby.

Si se despidió o no Scott es algo que ahora mismo ya no importa. Si uno sigue el rastro de su obra se percatará que al final, antes de morir de un paro cardíaco, la creatividad era sustituida por el rencor. Bastan algunos fragmentos de su célebre ensayo The Crack-Up para comprobar que hasta antes de fallecer Scott se vio en la más grande de las soledades que sólo puede dejar la escritura.

Así murió Fitzgerald: lleno de rencor hacia una generación literaria que lo había consagrado para luego hacerlo una mierda. Cuentan que ya nadie quería comprar sus últimos cuentos, los cuales, además, eran muy malos, pues Scott escribía ebrio.

En una ocasión lo invitan a cenar Zelda y Scott. Esa noche beben hasta emborracharse, Scott se duerme en la mesa; al despedirse de Zelda, Hemingway le confiesa lo que piensa de quien hasta entonces es uno de sus mejores amigos: ve en el alcohol uno de los principales impedimentos para que Fitzgerald destaque. Aquí me detengo. Hago una pausa. Miro por la ventana. Frente a mí hay un jardín. Pienso en la palabra que acabo de escribir. “Destacar”. ¿Qué significa destacar en literatura? ¿Ganar premios o becas? ¿Contar con el reconocimiento y la aceptación de los demás? ¿Ganar dinero? ¿Vender libros? Ser tan ridículo como García Márquez y confesar que escribes para que te quieran. “Destacar”. ¿Hasta cuándo dejas de ser candidato para destacar? ¿Hay una edad? ¿Vanidad, orgullo, ego? Pienso: somos carroña. Principalmente. Nos devoramos sepultados bajo ideales ajenos de fama. Y de una vida perfecta. Y de un amor de novela. Y de un sistema que nos dice cómo es nuestra alma, qué debemos comprar y cómo debemos comportarnos. No digo nada nuevo, lo sé, y tampoco es que me importe mucho. Hay días como este en que la mierda aparece en cuanto pones los pies en la tierra. Es hora de escupir. Eso si es que quieres continuar.

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Beautiful Makeup Thinking Sad Woman Looking Down With Short Hair (123RF.com)

Mi madre está al borde de la muerte. La vivimos a diario. Parece que respira tras de nosotros. Ni siquiera te haces a la idea de una ausencia tan profunda. No sabes lo que vas a sentir, cómo vas a reaccionar, hablas con ella, sopesas cada palabra, la observo, me admiro de su fortaleza, me admiro de haber sido una mujer capaz de soportar a un hijo como yo, y está ahí, en cama, ríe, hace bromas, reímos, sabemos que la vida dura un minuto y nos esmeramos en que ese minuto se convierta en una hora.

Hace algunos días falleció la madre de un amigo. Como acostumbramos a decir, éramos compañeros del mismo dolor. A través de mensajes por el messenger tratábamos de consolarnos. Lo mismo cuando los dos nos quedamos desempleados y nos veíamos en apuros económicos. El día de mañana no nos acordaremos de esto. Era lo que me decía mi amigo cuando nos confesábamos que apenas si teníamos para comer.

Ahora yo me despido de mi madre. Pero quizás ella hace lo mismo y lo hace mil veces mejor. Pienso que despedirse es una tarea que aprendes con el paso de los años. Hay despedidas que son eternas; hay despedidas que son temporales. Lo vuelvo a pensar. Si te despides tanto de alguien que quieres es porque en realidad no quieres despedirte. Hay despedidas que caen a cuentagotas. Hasta que te desesperas y rompes la tubería. A la mierda con las despedidas. No entiendo por qué uno tiene que despedirse de sus muertos. Si es un “hasta luego” me parece mejor. Cuando me despido de ella por las noches en ocasiones le digo: hay que dar gracias por el día de hoy. Y me siento el ser más despreciable por generar esperanzas ahí donde hace mucho quedaron sepultadas bajo huesos. Las esperanzas. En el ser humano las esperanzas son absurdas. Vuelvo a escupir. Ahora piso nuevamente la mierda.

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En estos momentos escucho algo del soundtrack de la película La leyenda de 1900, basada en la novela 1900 del narrador italiano Alessandro Baricco. La recomiendo ampliamente: son lecturas de una sentada. Lo confieso: tras de mí se esconde un hombre cursi que llora a la menor provocación. Aún no alcanzo a comprender si se trata de una virtud o un defecto, de cualquier manera no es algo de lo que me sienta orgulloso.

Hace algunos años sostuve una relación extraña con una mujer. Hasta ahora ignoro qué era lo que me hacía separarme de ella y regresar. Así durante un año. Hasta que ella se fastidió, encontró un hombre más noble y me mandó a la mismísima mierda. Ni siquiera se me ocurre que me expongo frente a ustedes como víctima. No me vean así, por favor. De los momentos más amorosos que conservo ella tiene un buen ramo. Así como las rosas. Si ahora ella es feliz es algo que celebro. Y no siempre fue así: durante meses existió entre los dos tanto odio que no podíamos pronunciar palabra alguna sin causarnos daño. Al parecer, el amor de a de verás es el que deja lesionados. Como si se tratara de un huracán.

Junto con el poeta José María Álvarez siempre he creído que lo mejor de las mujeres es que cuando se aparecen alteran tus sentidos, tus emociones, trastornan tu mundo lo mismo que si lo agarrarán a patadas por el culo, te dedicas a ellas, les haces reverencias, reconoces que puedes morir luego de coger todo el día o toda la tarde con alguna de ellas, ellas, que cambian y reverberan a través de tu insignificante existencia. Mis más intensos momentos han sido al lado de ellas. Las mujeres. En plural. Cuando compartíamos historias en las noches. Cuando al llorar me confesaban algún suceso que las había dejado marcadas para mal. O si sonrían para bien.

UBS Libor Rigging Like Crime Thriller (Business Insider)

Las mujeres. Hasta el punto de perderme el respeto. Todas las locuras posibles he hecho por ellas; también he escrito los textos más deleznables y para mi fortuna sólo se quedaron en el muro de Facebook o en un mensaje de Whats que ni siquiera encontró respuesta (porque estaba claro que no la merecían). Las mujeres. No sé si a estas alturas de mi vida puedo hablar de ellas. Tengo aproximaciones. Acercamientos que se disparan en busca de algo que jamás sabré qué es. Pero ellas. Ahí encontré lo que puedo asegurar se encuentra cerca del cielo. Y del infierno. Porque más de una mujer me llevó a las mismísimas puertas donde arden las almas en pena. Si es que existe un lugar tan jodidamente ridículo.

Rogué. Supliqué. Lloré. En sillones. Frente a ventanas. En las camas de hoteles de paso y acompañado de los gemidos de las habitaciones contiguas. Frente a vasos de cerveza. Embrutecido y melancólico como sólo Malcom Lowry y Dylan Thomas nos enseñaron se puede estar. Frente al humo del cigarro encendido. Cuando las veía alejarse. Cuando al desaparecer parecían golpear con más fuerza el barco hasta dejarlo a punto del naufragio. Y naufragué. En lo más solitario de mis pensamientos. Y padecí la angustia de las despedidas. Porque algo me decía en esos momentos que no volvería a ver a esa mujer. Era una despedida para siempre. En ocasiones así piensas que debería existir un remedio para borrar una parte de tu memoria. Apretar un botón. Ya está. No volverte a acordar de aquella mujer que para mal se cruzó en tu paso. Tampoco de la desesperación. Y pisar con firmeza la mierda. Escupir. Así como dicen escupen por última vez los que van a morir. Siempre se puede morir de tristeza.

Y al final perdí frente a ellas. Y me despedí. Cuando sabía que ya no existía futuro alguno para nosotros. Cuando sabía que ella seguramente daría con un mejor hombre que yo. Eso está en cualquier sitio. Y si escribe mejor, también. Hay un momento en la vida en que frente a una mujer tienes dos opciones: escapar, morderte los labios, patalear, llorar con la cabeza en la almohada; o morir ahí mismo, frente a su mirada y su lástima, como ese mismo perro que queda en medio de cualquier avenida bañado en sangre, cuando ella sabe que conviene pisar con seguridad la mierda, escupir para que en el brillo de la saliva aún alcance a reflejarse una figura que habrá de perdurar hasta su funeral.