Derroteros y premios literarios

Eso, lo de publicar, es algo que llega por sí solo si eres bueno o si cuentas con los contactos adecuados. Claro que cuentan las relaciones públicas. Quien diga que no, miente. Y hay escritores que lo saben bien porque para publicar han tenido que vender su alma al Diablo

Los concursos literarios que no deberías perderte en diciembre (Imprimir mi libro)

POR Óscar Garduño Nájera

Eso, lo de publicar, es algo que llega por sí solo si eres bueno o si cuentas con los contactos adecuados. Claro que cuentan las relaciones públicas. Quien diga que no, miente. Y hay escritores que lo saben bien porque para publicar han tenido que vender su alma al Diablo

Volví a perder. Suena como a mediocre pelea de box de quinta. Como cuando la cabeza, brutalmente atontada por tanto madrazo, azota sobre la lona. En seco. Y escupes desde allá abajo. Porque no queda nada sino escupir. Con toda la rabia. Con todo el coraje acumulado durante tantos años. Rabia y coraje. No suena tan mal la combinación.
Hace algunos meses escribí una novelita (unas ochenta cuartillas más o menos) en tres días, me divertí al hacerlo (con muchas cervezas de por medio), la metí a uno de los tantos concursos literarios que hay y honrosamente perdí. Véanlo de esta manera: no cualquier imbécil fracasa. Y en literatura es más difícil. Hay autores cuyo éxito no sólo resulta asqueroso sino inmoral. Llega un punto en que se vuelven predicadores culturales y literarios insoportables cuya autoridad creen es superior a la de cualquier ser humano común y corriente; se constituyen en grupúsculos poderosos porque lo primero que aprenden es que los escritores son elitistas, se leen entre ellos, se critican entre ellos, se admiran y se odian entre ellos.

Lo hacen desde sus templos erigidos en torno a una ridícula vanidad. Lo peor es cuando los tienes de amigos porque ni siquiera les puedes decir que apestan, que se han convertido en una caricatura de lo que eran, que iban para ser lo mejor de la literatura mexicana del siglo XXI y las ganas por ser populares y vender libros como pan caliente los consumió lo mismo que el alcohol consume al más infeliz de los borrachos. Es una lástima.

A estas alturas ni siquiera sé quién ganó el concurso y tampoco me interesa, como tampoco me interesa si el premio estaba puesto o arreglado para alguien en especial, algo así como un regalo de Navidad anticipado. Es más: ni siquiera pienso leer la novela una vez que salga publicada. Es mejor así. Bravo por el ganador. Aquí suenan aplausos.

Qué quede claro: no participe con las esperanzas de ganar porque las jodidas esperanzas están en cualquier sitio menos en la literatura. Las esperanzas están en los hospitales. En los moribundos. En los miserables. En los que apenas si alcanzan a terminar la semana. En los alcohólicos y los drogadictos. En los que padecen una enfermedad terminal y confían sus rezos a su buen Dios para que les permita ver un anochecer más. En los que en estos momentos están bajo el desasosiego de una guerra y rezan al mismo Dios para que la guerra finalice. Ahí están las esperanzas. Todas las que sean posibles. Jamás en la literatura. Hay razones de sobra para creerlo así.

En literatura se habla de una obra. De lo que te propones escribir más allá de si se publica o no. Eso, lo de publicar, es algo que llega por sí solo si eres bueno o si cuentas con los contactos adecuados. Claro que cuentan las relaciones públicas. Quien diga que no, miente. Y hay escritores que lo saben bien porque para publicar han tenido que vender su alma al mismísimo Diablo. Y se han podrido atrapados por un medio editorial que les impone las temáticas de sus novelas, la extensión, los tiempos de entrega, los acuerdos implícitos en el contrato. ¿Saben qué es lo peor de estos autores? Que lo han hecho por fama o por dinero, eso es lo peor. Si los jóvenes autores ignoran estos frecuentes vicios quizás en un futuro tendremos autores que en realidad hagan de su obra literaria una razón para creer en la literatura más allá de los valores mercantiles impuestos por comerciantes de quinta, pues eso y no otra cosa son algunos editores hoy en día. Pero se preocupan tanto por publicar. Por la presentación de su libro. Porque se hable de ellos. Por acudir a ferias literarias lo mismo que las estrellas de rock and roll acuden al mejor de los festivales. Cueste lo que cueste.

Antes de mandar la novela al concurso le pedí a tres personas que la leyeran. Dos son grandes amigos y grandes narradores cuya obra, aunque sucinta, admiro. La tercera fue una mujer, conocida en el medio por ser una de las mejores editoras, quiero decir, con la experiencia suficiente para decir si tu texto vale la pena o si es una mierda. El resultado quedó dividido. Los dos amigos me dijeron que la novelita valía la pena dentro de sus posibilidades literarias; por el contrario, la editora me dijo que si bien la novelita estaba bien escrita quizás era mejor esperar, dejarla reposar durante algún tiempo, volver a ella y trabajar en algunos detalles, señaló algunas incongruencias en los personajes, mayor desarrollo. No me importó y la metí al concurso. Perdí. Pienso que tal vez debí hacerle caso. En cambio, le hice caso a mis dos amigos. De cualquier manera gané en el momento en que ellos leyeron la novelita y emitieron su juicio. Sus palabras de aliento cuentan mucho más que cualquier premio literario. Soy un perdedor que ganó un chingo. Parece estúpido, lo sé. Viéndolo bien, la literatura en ocasiones tiene momentos realmente estúpidos y muchos de los premios literarios lo son. También las becas. Sin embargo, llegas a ellos con las esperanzas de ganar o de que te las den. Y aquí es donde volvemos a empezar.