J.D. Salinger: el ensordecedor silencio en la literatura estadounidense

Holden Caulfield es mucho más que la voz de una generación. Es la voz de una etapa de la vida, es la voz de la adolescencia: enredada, fresca, algo maníaca, dispersa, segura y llena de incertidumbre a partes iguales, confundida y ávida. La proeza de Salinger es esa primera persona del singular imposible de igualar, que no tiene fecha de vencimiento

J. D. Salinger: el misterio sin fin (El Periódico)

POR Matías Bauso

Holden Caulfield es mucho más que la voz de una generación. Es la voz de una etapa de la vida, es la voz de la adolescencia: enredada, fresca, algo maníaca, dispersa, segura y llena de incertidumbre a partes iguales, confundida y ávida. La proeza de Salinger es esa primera persona del singular imposible de igualar, que no tiene fecha de vencimiento

J.D. O Jerome David. Es lo mismo. Para todos, es Salinger a secas. El autor de cuatro pequeños libros (y un puñado de otros cuentos dispersos) que influyó a varias generaciones de lectores y que a casi 70 años de su publicación persisten y se mantienen vivos.

Salinger publicó toda su obra en apenas 14 años y luego se calló. Su obra son esos cuatro libros y, qué duda cabe, el silencio. No necesitó mucho más para convertirse en un escritor faro para muchos jóvenes y para la gran mayoría de los escritores de las generaciones posteriores.

Mientras intentaba convertirse en escritor fue atravesado por la Segunda Guerra Mundial. Se alistó en el ejército y su campaña europea fue larga y ardua. Desembarcó durante el Día D, participó en dos de los más cruentos enfrentamientos como las batallas de Ardenas y la del Bosque de Hürtgen, y fue uno de los soldados norteamericanos que se encontró con el paisaje de pesadilla de los campos de concentración (se cree que fue en Dachau) en el momento de su liberación. Imágenes que con su horror inimaginable hacían empalidecer los anteriores tres años de barbarie que había transitado en el frente europeo.

Al regresar a su país intentó publicar sus cuentos en diferentes revistas. Su principal objetivo era el New Yorker pero sus escritos eran rechazados en cada intento. Hasta que William Maxwell, el célebre editor de ficción de la revista, se topó con Un día perfecto para un pez banana, que en ese entonces sólo se llamaba Pez banana. Luego de trabajarlo un tiempo, de múltiples correcciones, el cuento fue publicado. La repercusión fue inmediata. Esos extraños casos en que se reconoce una obra maestra en el mismo momento de su publicación, que no debe pasar un tiempo para que sedimente la novedad, para que se reconozca la destreza y el arte del autor.

En 1951 llegaría la explosión, el big bang. Se publica The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno). La historia de Holden Caulfield, el estudiante de 16 años que se escapa y su fin de semana de merodeo. La novela fue un éxito de críticas y de ventas, encabezó los listados más de seis meses. Parecía que cada adolescente de Estados Unidos debía tener su ejemplar. El fenómeno no se diluyó con los años. Anualmente se siguen vendiendo cientos de miles de ejemplares.

Holden había aparecido en algunos cuentos anteriores. Pequeñas apariciones o menciones de su hermano mayor. Holden es mucho más que la voz de una generación. Es la voz de una etapa de la vida, es la voz de la adolescencia: enredada, fresca, algo maníaca, dispersa, segura y llena de incertidumbre a partes iguales, confundida y ávida. La proeza de Salinger es esa primera persona del singular imposible de igualar, que no tiene fecha de vencimiento. Como un virus, Holden y su voz, se metieron dentro de los escritores de las generaciones posteriores. Su marca es indeleble. Y su estilo imposible de copiar. Quienes lo intentaron cayeron en el ridículo. Muchos, no sin razón, sostuvieron que las secuelas psicológicas que la Segunda Guerra Mundial dejó en el autor se traslucen en el texto. No sería raro por la intensidad de la experiencia y, principalmente, por el tema de la novela. Porque ¿qué es la adolescencia sino una guerra? Una guerra de la que muchas salen con stress postraumático.

The Path to The Catcher in the Rye. Salinger’s Career. American Masters. PBS (Pinterest)

La novela fue publicada en todo el mundo. El título sufrió insólitas variaciones a la manera de las películas Clase B. En Argentina y Latinoamérica hasta bien entrada la década del 80 era conocida como El cazador oculto. Rodrigo Fresán hace unos años compiló muchas de estas traducciones fallidas. Vida de hombre se llamó en italiano; en japonés, Época peligrosa de la vida; los noruegos eligieron el intrincado Cada uno para sí y quien se quede atrás se las arreglará; para los suecos fue El solucionador de problemas; mientras que en Francia se publicó como El atrapa-corazones; en Holanda fue El fugitivo solitario; y en Israel, Yo, Nueva York y todo lo demás. A la luz de estas elecciones, El cazador oculto que nos tocó en suerte fue, sin duda, un gran título.

Billy Wilder, Spielberg, Jerry Lewis y productores como Samuel Goldwyn y Harvey Weinstein estuvieron detrás de los derechos para filmar el libro. Salinger siempre se negó. Sólo aceptó que uno de sus primeros cuentos fuera trasladado al cine, pero eso fue por la necesidad económica y antes de la explosión mundial de Holden Caulfield. Decía que si bien hay escenas que pueden parecer muy “filmables” eso era un engaño, una especie de ilusión. Que quien pensaba eso sólo podía hacer una película artificial, sin vida. Sostenía también que la voz del protagonista, esa primera persona, era imposible de traducir en el cine; por último, no vislumbraba quién podía llegar a ser el actor que interpretara a Holden Caulfield. Salinger pensaba que todavía no había nacido ese talento.

Sin embargo, alguna vez dejó una hendija, un resquicio en el que el futuro (y el dinero) pueda adentrarse. Dijo que una vez él muerto, si sus hijos lo necesitaran podían vender los derechos para una película. Pero el control sobre su obra no sólo pasaba por la prohibición de adaptaciones cinematográficas. Las tapas de cada edición de sus libros debían ser tipográficas, sin ilustraciones, sin la biografía del autor en la solapa, ni fotos del mismo, ni extractos de reseñas ni faja alguna.

Durante décadas cada nueva aparición en el mundillo literario, cada escritor novel que tenía como protagonista de su novela a un adolescente o a un joven era llamado el “nuevo Salinger”. Se sabe (y se sabía al momento en que se proferían esas palabras) que la misión estaba condenada al fracaso antes del inicio. Salinger es imposible de copiar o de ser seguido.

Luego de El guardián entre el centeno, en 1953, vinieron los Nueve cuentos. Una colección de los trabajos que iba publicando regularmente en el New Yorker y algunos inéditos. Otra vez, unanimidad crítica y ventas. Eduora Welty escribió celebrando la aparición de los cuentos: “Su prosa es original, de primer orden, seria y hermosa. Tiene el arsenal de un escritor nato: un ojo sensible, un oído increíblemente bueno, y algo que no puedo definir sin la palabra gracia. No hay un rastro de sentimentalismo en su obra, a pesar de estar llena de niños adorables. No pronuncia juicios de valor: simplemente tiene el don de tenerlos, y de manera apasionada”.

J.D. Salinger, el escritor que amaba no publicar (La Prensa)

Pasarían ocho años hasta la publicación de dos nouvelles en un solo volumen, Franny y Zooey. Dos años después, el último libro que también reúne una nouvelle y un cuento ya publicados Levantad, carpinteros, la viga del tejado/Seymour: una introducción.

Las críticas positivas empezaron a espaciarse. Los cruces de la familia Glass habían perdido la novedad. El éxito también influye en los críticos. Son muchos los que intentan derrumbar lo que ayudaron a encumbrar. La operación es muy fácil: sólo deben sostener lo contrario de lo que escribieron cuando aparecieron los primeros textos. La fila de quienes denostaron el libro era larga y prestigiosa: George Steiner, Joan Didion, Mary McCarthy, John Updike, entre otros. Truman Capote, aceitó su personaje para caerle también con su maledicencia legendaria (aunque lo extraño es que lo ataque con su improductividad, dado que Capote estuvo paralizado literariamente –con excepción de los tres magníficos capítulos de Plegarias atendidas— casi dos décadas): “Me dijeron que no dejó de escribir. Que escribió al menos cinco o seis novelas cortas y que The New Yorker las rechazó, y que él sólo quiere publicar en The New Yorker. Que todas son muy extrañas y que tratan de budismo zen… Es un muerto literario. La verdad podría morirse del todo y así emprolijar su incómoda situación”. John Cheever, otro genial y torturado cuentista que tenía su residencia en el New Yorker, dijo: “Comprendo cuán extraño es su don. Aun así, me parece que Salinger se encerró en el baño; y todo indica que perdió la llave y no puede salir”.

En 1965 llegaría la última publicación. Otro cuento largo para el New Yorker, Hapworth 16, 1924. Fue recibido en silencio, no sin cierta perplejidad. Se notaba la incomodidad de los críticos. Para muchos era un Salinger menor, muy menor. Para otros, sólo se había anticipado a su tiempo varias décadas. A pesar de haber sido anunciada su publicación como libro independiente, este nunca apareció. De ahí en adelante, el silencio.

Nunca más publicó nada. Se dijo que siguió escribiendo en su búnker de cemento cada día de los restantes 45 años de vida que le quedaron. Murió en 2010, a los 91 años. Se sostiene que dejó varios cuentos y novelas inéditos. En el momento de su muerte se especuló que los herederos los irían publicando con el correr de los años. Pero todavía no ha habido novedades. El mercado de inéditos de escritores muertos pero que se mantiene vigentes entre el público es enorme. En algunos casos, como en el de Roberto Bolaño, los títulos póstumos ya son más abundantes que la prolífica obra publicada en vida.

Luego de las primeras repercusiones de El guardián entre el centeno, Salinger abandonó Manhattan y se radicó en Cornish, New Hampshire. Su reclusión fue absoluta. Casi no dio más entrevistas: alguna a principios de los 70 y otra en 1980. Dejó de aparecer en público. El escritor eremita. El ermitaño que en su búnker de cemento producía incansablemente una obra para un solo lector: él mismo. Escapó de periodistas y fanáticos. Tal vez él mismo haya producido este deseo de los lectores por acercarse. Al principio de su novela, Holden quiere que el autor de un libro que le gusta sea su amigo, alguien a quien poder llamar cada vez que lo necesite. Se le debe reconocer una disciplina envidiable. No quebró el aislamiento, no traicionó su decisión en casi medio siglo.

El hijo del enigmático escritor J.D. Salinger rompió el silencio (LaVoz)

Buscar a Salinger, conseguir una foto, sacarle una declaración se había convertido en una actividad de masas. Los fotógrafos merodeaban la casa. Y de tanto en tanto conseguían una foto. Siempre la misma sólo que el protagonista envejecía cada vez más. Salinger de espaldas o distraído con semblante tranquilo. Un saco de cordero y o un sweater de lana, los brazos largos, la cara afilada. Hasta que escuchaba el click del fotógrafo, o lo divisaba. Allí aparecía la furia, las tres arrugas simétricas en la frente, con forma de olas, el gesto agrio, el puño cerrado amenazante, algún golpe contra la ventanilla de un auto en fuga, los ojos desaforados.

Ese ostracismo, ese enclaustramiento autoimpuesto, ese deseo de que su obra hable por sí sola no lo violó ni siquiera en diciembre de 1980. El 8 de ese mes Mark David Chapman se la pasó todo el día frente al edificio Dakota en el Central Park. Saludó a Sean Lennon que había salido a pasear con su niñera, se acercó a John Lennon y a Yoko cuando partían hacia un estudio de grabación y les hizo firmar el vinilo del recién salido Double Fantasy, y se quedó esperando en la puerta del edificio hasta que la pareja volviera. Ya de noche, cuando regresaban a su casa, Chapman se interpuso en el camino de John y Yoko y disparó cinco veces su arma. Cuatro impactaron en el cuerpo del ex Beatle. Mientras se producían corridas, gritos y Lennon se desangraba, Chapman sacó del bolsillo de su campera un libro de bolsillo ajado y leído. Se sentó en el cordón de la vereda a esperar que llegara la policía, mientras leía (releía) el capítulo final de El guardián entre el centeno.

Ese hecho reavivó la polémica sobre el libro que ya tenía casi 30 años de antigüedad. Que el lenguaje soez, que la influencia en los adolescentes, que su visión descarnada del mundo. Nada de eso modificó esos cientos de páginas, ni la actitud de su autor de permanecer recluido y de no permitir que el mundo exterior lo afectara.

Se sabe que Salinger se casó tres veces, que tuvo un hijo y una hija (ella escribió una memoir sobre su padre), que antes de la guerra estuvo de novio con Oona O’neill, hija de Eugene O’neill, que lo dejó para casarse con Charles Chaplin. El padre la había malacostumbrado: Oona sólo se relacionaba con genios. También se sabe que tuvo numerosos amoríos con chicas que apenas rozaban los 20 años. Joyce Mainard relató en un libro su relación de nueve meses con el escritor.

Salinger también salió al cruce y demandó a quienes intentaron quebrar ese silencio longevo. El escritor Ian Hamilton se propuso escribir una biografía de Salinger. Encontró un método para evadir la falta de fuentes directas y el contacto con su protagonista. Recolectó cartas que este le envió durante décadas a distintas personalidades. Salinger logró que los tribunales sostuvieran que el contenido de las cartas le pertenecía a quien lo había escrito. Así Hamilton no pudo usar las misivas y su biografía quedó sin publicar. El obstáculo, como tantas otras veces, produjo otra obra seguramente superior a la anterior. Hamilton en el muy buen En busca de J.D. Salinger cuenta las vicisitudes de su investigación y las dificultades de escribir una biografía.

A 100 años de su nacimiento, a casi 70 de la publicación de su única novela, a más de medio siglo de la aparición de su último cuento, Salinger está vigente. Sus cuatro pequeños libros se mantienen inexpugnables. En esas páginas hay más misterio que en cualquier vida. En esos cuatro libros y en su silencio.

Tomado de: Infobae. Enero 1, 2019.