“La cosa del otro mundo”: un fracaso en taquilla, una obra de culto

Los años 80, marcados por la paranoia del sida, fueron especialmente fértiles en body horror, subgénero dedicado a mostrar de manera gráfica y repulsiva la violabilidad del cuerpo humano. La cosa del otro mundo es uno de sus mejores ejemplos, haciendo uso del miedo a perder el control sobre uno mismo

Una noche tenebrosa en casa… (primerahora.com)

POR Elisa Hernández

Los años 80, marcados por la paranoia del sida, fueron especialmente fértiles en body horror, subgénero dedicado a mostrar de manera gráfica y repulsiva la violabilidad del cuerpo humano. La cosa del otro mundo es uno de sus mejores ejemplos, haciendo uso del miedo a perder el control sobre uno mismo

En cierta manera, esta película es y fue muchas “cosas” diferentes. Es un remake de un clásico de los años 50 dirigido por Howard Hawks, fue un enorme fracaso de crítica y taquilla que marcó la carrera de su director durante el resto de la década, fue uno de los últimos grandes estrenos que dependía sobre todo de efectos especiales realizados de manera analógica (se estrena, de hecho, el mismo año que Tron, la película que demostró el potencial de los efectos de animación digitales en el cine comercial), se convirtió con los años en una obra de culto y es hoy considerada una de las mejores películas de ciencia-ficción y horror de la historia del cine.

En este, uno de los más reconocibles filmes de John Carpenter, los miembros del equipo de la estación estadounidense en el Polo Sur se encuentran con una extraña e incomprensible entidad extraterrestre capaz de asimilar y hacerse pasar por otras formas de vida de manera casi imperceptible. A medida que la posibilidad de que alguno de ellos sea “la cosa”, la histeria y la desconfianza los enfrenta unos a otros, creando un insostenible ambiente de tensión, conflicto y terror.

El aislamiento al que se ven sometidos y el silencio atronador de los pasillos de la estación y de los blancos paisajes contrasta con el desasosiego de la situación, que termina por reflejarse en la tormenta exterior que marca la segunda parte de la película. Al fin y al cabo, si bien el terror efectivamente está ahí fuera, el drama procede de su capacidad para penetrar espacios y cuerpos antes considerados sagrados, la idea de que lo que consideramos intocable, nuestra propia integridad física, quizás sea mucho más frágil de lo que pensamos.

Los años 80, marcados por la paranoia del sida, fueron especialmente fértiles en body horror, subgénero dedicado a mostrar de manera gráfica y repulsiva la violabilidad del cuerpo humano. La cosa del otro mundo es uno de sus mejores ejemplos, haciendo uso del miedo a perder el control sobre uno mismo (pero también a la posibilidad de que el vecino no resulte ser quien parece) para crear un entorno opresivo de sospecha del otro que sólo una obra creada en plena Guerra Fría puede transmitir con este detallismo.

Y a pesar de estos claros anclajes al momento de realización, aquello que distingue las obras de las que nos olvidaremos de aquellas que consiguen formar parte de la cultura colectiva para siempre, es precisamente su capacidad de tratar nociones y cuestiones (o, en este caso, horrores irracionales) que siempre han formado parte de nuestra experiencia como seres autoconscientes de nuestra propia existencia. De dónde viene “la cosa” o qué quiere realmente son preguntas innecesarias, por cuanto su presencia nos precede en el tiempo y nos sobrepasa en el espacio. La cosa, película y criatura, estará ahí mucho después de que el metraje haya finalizado, habiendo grabado a fuego las pavorosas imágenes y monstruos que resultan de sus acciones y formando parte irremplazable del imaginario común.

Tomado de: EfeEme. Enero 4, 2019.