Los pinches poetas jóvenes

Ignoro si hay un mercado negro de palabras, pero al parecer los jóvenes poetas acuden a él los domingos, luego de curarse la cruda en el puesto de barbacoa del tianguis. Ahí compran veinte o treinta palabras que sólo ellos entienden (porque el que se las vendió les explicó su significado) y luego las emplean en sus admirables y desastrosos versos

Black and White (Darren Moore)

POR Óscar Garduño Nájera

Ignoro si hay un mercado negro de palabras, pero al parecer los jóvenes poetas acuden a él los domingos, luego de curarse la cruda en el puesto de barbacoa del tianguis. Ahí compran veinte o treinta palabras que sólo ellos entienden (porque el que se las vendió les explicó su significado) y luego las emplean en sus admirables y desastrosos versos

Los poetas jóvenes se parecen mucho a los raperos mexicanos. Cuando escriben cuentan experiencias de a mentiritas, quieren vendernos el cuento de que son muy malos o muy buenos, muy borrachos o muy abstemios, muy amantes de los gatitos o aficionados de corazón a los Pumas, muy inteligentes o muy idiotas, muy académicos o muy banqueteros. Y se inventan tremendos dramones. Lo hacen todo el tiempo. Le lloran a la novia en lo que ellos creen es un poema erótico, a la madre (antes que consultar a un psicoanalista), a la patria o al gatito, siempre al lindo, tierno y amelcochado gatito.

Los poetas jóvenes nos aseguran que se van a cortar las venas y nunca lo hacen (se entiende que mancharían su invaluable obra literaria); y si los segundos, los raperos mexicanos, hacen de cada letra balaceras con balas de a mentiritas, robos con billetes de Pancho Pantera y homicidios con maniquís de silicón dentro de fastuosos féretros, los primeros hacen de sus poemas (siempre intentos de) auténticas leyendas ilegibles que van del cuaderno o libreta Moleskine (con un mandala en la portada) a la Macbook, de la Macbook al muro de Facebook, del muro de Facebook a una impresora (luego de realizar el conteo exhaustivo de los likes, de las caritas, de los corazones y de los comentarios), de la impresora a unas manos callosas, de unas manos callosas al bote de basura, y del bote de basura a la mismísima mierda (porque hasta los intentos de poesía son reciclables).

Paréntesis: dejé de escribir durante unos cuantos minutos porque repentinamente, mientras intentaba hilvanar ideas en torno a nuestra joven poesía, tembló, salí a la calle, no sonó la alarma, no pasó a mayores, regresé, me senté nuevamente frente a la computadora y llegué a una poética y teológica conclusión: Dios también está en contra de los poetas jóvenes.

La poesía que escriben los jóvenes es de lo más soporífera. Si uno de los tantos poetas se diese a la tarea de registrarla como remedio contra el insomnio se haría millonario. Veamos: si quien la escribe ronda entre los veinte o treinta años, se esmera porque sus versos parezcan escritos por un abuelo de setenta; si quien la escribe ronda entre los setenta o ochenta años, se esmera porque sus versos parezcan escritos por un joven con acné en el rostro que ronda entre los veinte o treinta años. Ignoro si hay un mercado negro de palabras, pero al parecer los jóvenes poetas acuden a él todos los domingos, luego de curarse la cruda en el puesto de barbacoa del tianguis. Ahí compran veinte o treinta palabras, de esas que sólo ellos entienden (porque el que se las vendió les explicó su significado) y luego las emplean en sus admirables y desastrosos versos. No sé si exista la poesía sencilla, pero lo poco que he leído de poetas jóvenes me parece excesivamente arrogante, marrullera, hipócrita, deleznable y justiciera de cualquier resquicio que nos quede de la poesía que se llegó a escribir, por ejemplo, a mediados de la década del siglo XX.

Shooting (for) the Moon… (moviemaker.com)

Cualquier joven que escribe poesía (siempre intento de) lo hace porque es huevón. Ha sabido adaptarse muy bien a un género literario que engaña a los demás con conceptos tan idiotas como el de las musas, el de la inspiración o el de la iluminación. Un poema se escribe poco a poco, dicen. Un poema hay que trabajarlo, esperar a que el tiempo haga de él lo que desee, dicen. Un poema es una estructura muy compleja donde hay que tomar en cuenta las medidas silábicas de cada verso, dicen. Ayer troné con mi novia, tal experiencia me va a servir para escribir un poema, sólo debo hundirme en mi desgracia y desde ahí sentir la fuerza de la inspiración, dicen. Obvio, un autor tan importante como Rilke contribuyó mucho a que los poetas sean huevones desde que presentó sus tan laureadas Cartas a un joven poeta, pues a partir de ese momento cientos de jóvenes podían justificar su existencia con la misma arrogancia de quien se sienta en una piedra durante cinco horas a la espera de que le llegue la inspiración o lo toque en la frente el mismo Cristo que se nos apareció durante el temblor.

Uno de los problemas más graves de la literatura es que cierra opciones de supervivencia. Hay, por ejemplo, cientos de jóvenes inútiles que lo único que saben hacer es leer y escribir, y lo hacen mal, son mediocres, tienen dos que tres poemarios publicados, ediciones chafísimas, por lo que cuando se enfrentan al mercado laboral se quedan con una mano por delante y otra por detrás, no consiguen trabajo, y si lo consiguen es de obrero, oficinista, encargado de una tlapalería o papelería, sacando copias, manejando para Uber, y de las aspiraciones de convertirse en un gran poeta poco a poco no queda sino un ciudadano resentido con la sociedad y con la cultura, la cual no supo valorar los diez cuadernos Scribe con lo que es su obra poética completa. Visto de esta manera el país genera un problema que no tardará en agudizarse: tendremos muchos poetas, muchos novelistas, muchos cuentistas, y pocas becas, pocos premios, por lo que muchos de ellos tendrán que incorporarse a las ofertas laborales que se ofrezcan a las aptitudes que tienen ¿Cuáles? ¿Tener buena ortografía y ser muy inteligente? Ah, claro, Sr. Martínez, le vamos a dar ahora mismo el puesto de director de marketing para que lleve todas nuestras campañas con buena letra, pues uno de los objetivos de la empresa para este año es precisamente la ortografía, ¿no le parece una coincidencia casi divina?

De los poetas jóvenes que se encuentran hundidos en la academia ya no tenemos que preocuparnos. Ya están en su zona de confort, se escriben entre ellos, se leen entre ellos, se besan el culo entre ellos, y si algo no les parece siempre tendrán las puertas abiertas de sesudas y aburridas revistas académicas que sólo conocen en la Universidad donde se publican. También hay excelentes planes de vacaciones para ellos: hay seminarios, congresos, otra vez seminarios, otra vez congresos, encuentros de poetas, otra vez seminarios, otra vez congresos a lo largo y ancho de toda la república mexicana y, lo que es mejor, en otros países, a donde se puede llegar con el gafete de joven poeta sin que se burlen de ellos o les saquen la lengua.

For Youth (The Porch)

La diferencia entre los poetas académicos, los de lentes de pasta y barbita finamente arreglada (de a chivito, de a mujer bigotona), los tímidos y obsesos, los que compran sus bolígrafos en Sanborns, los que fuman con filtro, los eyaculadores precoces (eso dicen), los que participan en todas las antologías (incluso en las que nadie los invita a participar) y los poetas corrientes, los de a calle y caguama banquetera (cuando no Tonayán), los de libretita de a cinco pesos, los de antología de poesía mexicana del siglo XX vieja, amarillenta, y bolígrafo Bic, es que son igual de mamones y de ridículos, pero los poetas académicos tienen más citas a pie de página y más referencias bibliográficas (sobre todo de ancianos poetas que sólo ellos y los asilos conocen), un poco más de estabilidad económica y más citas a pie de página y más referencias bibliográficas (sobre todo de ancianos poetas que sólo ellos y los asilos conocen).

Por los poetas jóvenes académicos ya no tenemos que preocuparnos: ni sirven ni dañan a la patria, están en su burbujita, ahí viven, su castillo de Gargamel, su zona de estabilidad y confort, no se aprovechan del conocimiento sino que permiten que el conocimiento se aproveche de ellos, les robe su tranquilidad, les crispe los nervios, son meros manojos de preocupaciones porque siempre tienen el tiempo encima, deben de entregar trabajos suntuosamente académicos, pedantes, fascistoides, llenos de citas bibliográficas, por lo que no tienen tiempo para ocuparse de la patria, de hacer política, de comprometerse, más allá de Twitter y Facebook, la vida se los come poco a poco, se dedican a engordar, son asquerosos marranos fascistas en la antesala del matadero, se leen entre ellos, se critican entre ellos, se cogen entre ellos y luego se multiplican, como conejos encerrados en cajas de huevo, nadie les ha dicho que su realidad no es la realidad de más de ochenta millones de personas.

Hace algunos meses alguien me contactó por Facebook y me pidió que le diera mi opinión de un breve poemario que, hasta donde tengo entendido, pensaba meter a uno de los tantos concursos, farsas, literarios. Ignoro por qué me lo pidió. Está claro que no me interesa la poesía escrita por jóvenes y que sólo recurro a ella cuando me quiero reír, cuando quiero aprender de lo que se debería considerar uno más de los géneros literarios: la ingenuidad. Lo primero que pensé luego de recibir el mensaje fue mandarlo a la mierda, bloquearlo y ya, punto arreglado. Pero me di una oportunidad. Léase bien: me di una oportunidad. Hasta ahora, luego de algunos meses, no sé qué decirle de su poemario, o de su intento de. ¿Es malo? ¿Es bueno? Francamente no lo sé. Podría calificarlo desde el punto de vista de alguien que lleva más de diez años leyendo y reseñando los libros que se le da su regalada gana, pero eso sería no sólo un acto de mamonería sino de poca ayuda para él, puesto que no se trata de un libro en sí, sino de un proyecto. Su voz poética y sus tonos, no obstante, me parecen honestos. Quiero decir que no suena a nada de lo que le haya leído a algún joven poeta y que al menos se ve que tiene algunas nociones de lo que es la poesía, o de lo que significó en algún momento, antes de que José Emilio Pacheco asegurase que lo que se hacía hoy en día (hablamos de mediados de los noventa) ya no se podía considerar poesía, por lo tanto había que inventar un nuevo nombre. Yo agregué: superación personal, terapia de expulsión de rabia, remedios para no ir al psiquiatra, brujería, no sé. Su voz poética y sus tonos. Agreguen ustedes la temática: es un explorador en busca de nuevas oportunidades y carga durante todo el poemario con las palabras a la espalda para aprovechar el menor asomo de un destello, capturarlo e intentar hacer algo una vez que mezcle los elementos.

De Chiapas es él. Leí detenidamente el poemario, sin embargo, cada que intentaba escribirle alguna crítica, hablarle por teléfono, me lo impedía mi ignorancia. ¿Qué le podía decir que no le habían dicho ya? Quizás que la vida es menos sería de lo que los jóvenes poetas creen. Quizás que procure cuidar su salud porque no hay poeta que se precie de serlo que se siente a escribir con el cerebro idiotizado por cualquier tipo de droga. Quizás que procure restar importancia a los premios literarios. Y sí, cuando eres joven depositas mucha confianza en ellos, piensas que vas a ganar, que tu nombre se dará a conocer en la prensa y que serán muchos los que quieran tomarse una fotografía contigo. No obstante, le diría, el que merezcas algo no significa tenerlo. La literatura es una hoguera de vanidades, y si hablamos de la mexicana la cosa se pone mucho peor. Quizás le diría que procure acercarse a la gente pobre, a la que no sabe leer, que se trepe arriba de una roca, llame su atención y les lea en voz alta alguno de los poemas del libro. Y que luego les pregunte por él, qué les pareció, les gustó o no, esa, me parece, es la crítica más sincera que puede encontrar a su poesía. Quizás le diría que no se exhiba tanto en las redes sociales, que se burle de la vida y le saque las tripas, porque sólo estamos acá tres días y ya vamos por el segundo. Quizás le diría que nada realmente importa: ni el dinero, ni la literatura, ni la academia, ni la fama, ni las publicaciones. Importa dormir tranquilo por las noches. Importa ver a los tuyos sanos y que el cáncer se mantenga lejos. Importar ver el cielo. Le diría que su libro vale la pena que se publique, pero sería condenarlo a una cadena de frustraciones, porque hoy en día son cada vez menos las editoriales que publican poesía porque, lo queramos o no, la poesía no se vende, nadie se acerca a ella en las librerías, y esto en términos económicos representa perdidas para quien decide invertir en ella; y si se autopublica se aprovecharán de él, le dirán maravillas de sus versos, tendrá editores miserables que tan sólo irán tras de sus bolsillos. Sé que le podría decir otro tanto de cosas, pero estoy cansado de escribir, me duele la espalda y es la hora de ir a comer.