Mi madre

Tras de cada gesto de escritura hay un proceso de sanación, se busque o no. En ocasiones se da de manera inconsciente. Lo mío no es así. Quiero escribir de cómo me acerco a mi madre y al proceso destructivo de una enfermedad pulmonar que ha conseguido arrebatarle casi todo menos la alegría

(primera parte)

Lonely Window, by Julien Mauve (julienmauve.com)

POR Óscar Garduño Nájera

Tras de cada gesto de escritura hay un proceso de sanación, se busque o no. En ocasiones se da de manera inconsciente. Lo mío no es así. Quiero escribir de cómo me acerco a mi madre y al proceso destructivo de una enfermedad pulmonar que ha conseguido arrebatarle casi todo menos la alegría

Para mi hermana Claudia

Para Mario

Primera escena: en la casa de mi madre te recibe una respiración entrecortada, repta por el piso, se detiene en una silla del comedor, pasa al lado de los tanques de oxígeno, trepa las escaleras, lo hace paso a paso, tan despacio como le sea posible, parece que se cansa, se sienta en uno de los escalones, ahí las nalgas de la respiración entrecortada, prosigue, otro escalón más, se confunde de recámara, entra en la equivocada, abre la ventana, parece que va a saltar, pero no, echa la cabeza hacia atrás, algo dice, pero no alcanzamos a escucharla, vuelve a caminar, lo hace con la seguridad de quien ahora sí sabe hacia dónde se dirige, pasa frente a viejas fotografías y admira sus ocres colores, pregunta por los que ahí aparecen, como nadie le contesta sigue paso a paso, se cruza con dos perritas, le ladran, siempre ladran a desconocidos, aunque la respiración entrecortada no lo es, llega hasta la otra recámara, se encoge, se tira al piso, es un ovillo, luego mi madre suspira y traga la respiración entrecortada, ya está; mi madre pide que le abran la ventana: cae el atardecer.

Segunda escena: hablamos del paso del tiempo. Lo que fuimos de lo que somos. Las embarcaciones que nunca nos trajeron de vuelta y los navíos que terminaron por hundirse ahí donde simbólicamente el mar representa los tres puntos y seguidos al final del camino. En ocasiones también lo hacemos de la vida. Aunque quizás no habría que hablar de la vida sino festejarla, orinarse de la risa y admirarnos de lo bien que no hemos sabido administrarla, porque a fin de cuentas la vida nunca nos importó hasta que alguien se encontró con la muerte de frente, como un infranqueable muro.

También hablamos de la vida cuando inevitablemente llega a la muerte. El camino no sólo es real en el devenir del tiempo y la ociosidad de los instantes: un cuchillo que parte en dos una jugosa sandía, de un lado la vida y sus negras semillas; del otro la muerte y sus negras semillas. Tanta similitud (tan natural como el vaivén de las hojas de los árboles) entre los dos pedazos que cuando comemos de uno y de otro los distinguimos tan sólo porque en uno dejamos de respirar. Aunque los dos pedazos se entierran y de una u otra forma sólo persiste la oscuridad. Quisiera explicarle que nos hemos equivocado, que en Occidente asociamos la muerte con la oscuridad quizás porque en algún momento vimos a la muerte directamente a la cara y nos encontramos con las cuencas de sus ojos vacíos. Quisiera explicarle que así como hay luz en la vida también la hay en la muerte. Y lo quisiera hacer lejos de cualquier prejuicio religioso. Mira estos dos pedazos de sandía: los dos guardan tanta luz como quepa en las palmas de nuestras manos. Mi madre pide que le abran la ventana: comienza el amanecer.

Tercera escena: quiero escribir de mi madre y de los esfuerzos que hace frente a los que parecen ser sus últimos días, meses. Lo hago como un remedio y con la más absoluta de la insensatez. De niño aprendí que si la escritura sirve de algo es precisamente porque consigue salvar a quien escribe. Pero también a un agradecido lector. A mí me salvó de niño. Lo hace ahora mismo. Si miro hacia atrás admiro un hermoso y devastado paisaje donde los recuerdos más florecientes tienen que ver con la literatura, con sus personajes, con sus memorables historias, con las realidades alternas que te crea, con vidas jamás vividas, con países jamás visitados, con labios jamás besados; más allá de la vileza del poder, de los brutales chacales y del dinero la literatura florece siempre en un hermoso y devastado paisaje donde ni siquiera la palabra consiguió ponerme a salvo, pero me preparó para el naufragio, para la aventura de saltar como rata del buque antes de su hundimiento cuando las tropas de la irracionalidad, el salvajismo, la ignorancia y el poder primitivo del ser humano ya nos habían ganado la batalla haciéndonos parecer “normales”, incluyéndonos en su jauría de monos enlatados puestos a la venta en cualquier exhibidor de una pantalla de celular y de computadora.

Tras de cada gesto de escritura hay un proceso de sanación, se busque o no. En ocasiones se da de manera inconsciente. Lo mío no es así. Quiero escribir de cómo me acerco a mi madre y al proceso destructivo de una enfermedad pulmonar que ha conseguido arrebatarle casi todo menos la alegría. Por eso sonreímos. Por eso ella aún bromea y nos arranca las carcajadas. Por eso por las mañanas me traigo en los hombros su límpida sonrisa. Porque creo que si algo la mantiene con vida es que no ha perdido el entusiasmo para sonreír frente a la catástrofe. Si el mundo se cae a pedazos, sonríe. Si estás frente a la muerte, sonríe. En la vida una sonrisa hace la diferencia. Mi madre lo sabe. Es experta en sonrisas y en decir cosas que nos hacen reír. Sólo nos queda sonreír.

Asumo día con día su partida como un camino lejano donde la ausencia se refleja y al cual cada vez más me acerco. Y ni siquiera tengo idea de cómo sobrevivo a imaginarme la vida sin su cariño y su comprensión hasta que un recuerdo me llega como galope a señalarme que en la finitud del ser humano está el verdadero sentido de su existencia. Si nos maravillamos frente a las flores cuando florecen en primavera, si nos entristecemos frente a las flores cuando fallecen en invierno, ¿por qué no admirarnos de la vida en su totalidad?, ¿por qué no incluir a la muerte en la vida como el proceso más bello al que puede acceder un ser humano? No lo entiendo. Mientras tanto reímos. Mi madre, Saturnina, Claudia y yo. Junto con las dos perritas que fieles permanecen al pie de la cama. Reímos. El futuro quizás nos traiga funestas noticias, pero, insisto, la muerte es únicamente el silencio que precede a una gran sonrisa, y en la vida, insisto, hay que hacerlo, sonreír. Mi madre pide que le abran la ventana: cae el anochecer, el cielo se adorna con luminosas estrellas.