Mujercitas, literatura y machitos

Las mujeres no se recluyen ya en los conventos, pues estos, como Dios, y copiando a Renato Leduc, han pasado de moda. Lo de hoy es recluirse en la academia y desde ahí, desde esas pequeñas ratoneras llamadas cubículos, combatir a capa y espada al machismo que impera de las puertas de la academia hacia fuera

ÚLTIMAHORA contra el machismo literario /PlayGround

POR Óscar Garduño Nájera

Las mujeres no se recluyen ya en los conventos, pues estos, como Dios, y copiando a Renato Leduc, han pasado de moda. Lo de hoy es recluirse en la academia y desde ahí, desde esas pequeñas ratoneras llamadas cubículos, combatir a capa y espada al machismo que impera de las puertas de la academia hacia fuera

“Las mujeres calladitas se ven más bonitas… y si no tienen bolígrafo ni libreta mucho mejor”. Cito de memoria las palabras de un autor mexicano. Hizo una pausa. De esas en las que piensas que el que está enfrente reflexiona, sopesa cada palabra. Encendió un cigarro incluso cuando lo suyo no era fumar sino beber whisky barato del Oxxo de la marca de los dos perritos. Sacó el humo. Estábamos en la presentación de la novela de una famosa autora mexicana de unos sesenta años. Afuera del lugar. Nos salimos porque a los dos la presentación nos resultó fastidiosa, como uno de esos aburridos programas de concursos.

La gente aplaudió, se puso de pie. “Hasta parece que les pagan por hacerlo”. Fue lo que dijo el autor mexicano. “Es como si los hubiesen traído con la promesa de darles una torta y un refresco al finalizar la presentación”. Otra vez expulsó el humo. Nos metimos y ocupamos nuevamente nuestros lugares. Antes de hacerlo, él agregó un comentario respecto a la novela que se presentaba: “Su novela es el clásico diario de una mujer mexicana clasemediera. Primer capítulo: en la mañana cocino, en la tarde cocino y en la noche cocino. Segundo capítulo: llega mi marido, le sirvo la cena, vemos televisión, leo una novela de la Poni, nos damos un beso antes de dormir y sueño que sueño otra vida donde no tengo marido y consigo leer la obra completa de Poni. Tercer capítulo: mi vida está vacía, creo que mi marido me engaña con la vecina del siete, ayer se lo pregunté y me dejó hablando sola luego de gritarme que leer a la Poni me estaba dejando loca. Cuarto capítulo: lo descubrí atrás del zaguán de la puerta de entrada, la besaba como hace mucho no me besa a mí, no dije nada, guardé silencio, esa noche soñé con mi libertad. Y fin de la novela”. Reímos. Lo hice por seguirle la corriente.

Luego de cenar en compañía de la autora e invitados seleccionados regresé a casa medio borracho y me dije que ese autor era un cabrón misógino… hasta que leí la novela (me la acababan de regalar) y comprobé que era el clásico diario de una mujer clasemediera. Soporté 70 páginas, 110 con muchos esfuerzos, de las 160, y se la regalé a la que entonces era mi novia, quien no sólo me agradeció efusivamente sino que me dijo que le había adivinado el pensamiento, pues se moría de ganas de leer esa novela: en un programa de televisión del Canal 4 (con un hombre obeso, calvito, y con unos horribles lentes de pasta blancos) había escuchado que era una novela muy buena, de lo mejor que se había publicado en el año. “¡Pero si es el clásico diario de una mujer clasemediera!”, pensé en decirle. Callé. ¿Quién era yo para romper sus literarias ilusiones? ¿Quién era yo para echarme encima a una mujer que además era defensora a ultranza de todos los postulados feministas?

A los quince días rompimos en la estación del metrobús Reforma. Actualmente esa mujer escribe poesía, es poeta, así se llama, así se pone como segundo nombre en su perfil de Facebook (hasta que me bloqueó), escribe, así lo pone en su perfil de Facebook, suntuosos poemas, así los presume en sus fotografías de Facebook… y sí: sus poemas son el clásico diario de una mujer clasemediera.

Ganó dos premios, uno por una universidad del norte del país; otro de jóvenes autores, resultó seleccionada para una beca del FONCA en la categoría de poesía y, aunque en realidad me odia, hace poco me hizo llegar por DHL (su odio es tanto que ni siquiera se atrevió a entregármelo en las manos), lo que es formalmente su primer poemario con uno de los títulos más cursis de los que tengo memoria, con la portada en rosita bermellón, el cual coloqué en mi mesa de centro luego de hojear las 50 páginas, y hasta la fecha espero que alguien me haga el enorme favor y se lo robe.

Escritoras y editoras ‘se rebelan’ y frenan el machismo en Wikipedia (La Vanguardia)

No hay que darle muchas vueltas: la literatura mexicana es en esencia misógina. La literatura del siglo XXI, sin embargo, consigue lo que apenas pudo la literatura del siglo XIX: hombres que alardean de las mujeres a través de sus textos, se habla y se escribe mucho de ellas como si se tratasen de marcianos, se conoce lo que piensan, se juega con ellas a las manitas calientes, se les invita al cine, al teatro, al circo o a ver a los changuitos a Chapultepec, pero en realidad los autores mexicanos del siglo XXI no tienen mayor presencia femenina que la de sus madres, sus abuelitas (mecedoras de bejuco, chocolatito caliente y churros del Moro incluidos), y sus tantas y tantas amigas, las cuales disfrazan en sus propuestas literarias de amantes que a su vez adquieren distintas categorías, todas ellas deleznables: esposas resignadas, putas que se niegan a serlo, novias desesperadas, novias frustradas, etc.

El párrafo anterior trae consigo el siguiente apartado: las mujeres desaparecerían como por arte de magia de la narrativa masculina si las autoras mexicanas del siglo XXI cesaran en su empeño de aparecer así en los textos literarios, o lo que es peor: en describirse así en su propia obra literaria, lo cual no sólo es triste sino lamentable… ¡para las autoras mexicanas del siglo XXI!, no es que a los hombres nos toque salvar el mundo… al menos no a mí, ¡y el literario menos!

Hay una teoría para explicar parte de la obra de muchos autores mexicanos del siglo XIX, XX y XXI: son unos cabrones machos que desprecian la literatura hecha por mujeres, en secreto hablan mal de ellas, minimizan sus trabajos, sólo se interesan por la parte sexual (la obra es buena si previamente han cogido con la autora), mientras que, por otra parte, en el lado opuesto, muchas de las mujeres escritoras del siglo XXI se empeñan en seguir los estereotipos cursis y melosos, nos hablan de ángeles y querubines, de rosas marchitas, de cositas lindas y de eternos amores y eternas despedidas, cuando no de gatitos y perritos.

“Las viejas no sirven para escribir”. Me dijo en una cantina del Centro Histórico un editor que hoy está tres metros bajo tierra. Dio un trago a su cuba libre de Barcardi Blanco y prosiguió: “Tengo una pregunta”. En realidad, ya muchos en la mesa lo habían ignorado desde hacía unos cuantos minutos. “¿Quiénes son los que han hecho la literatura mexicana?” La pregunta se la hizo al mesero, quien le dio la espalda y lo dejó hablando frente a un tazón lleno de cacahuates, mientras yo me entretenía con un mal partido de futbol en la televisión. “¡Pues los hombres!” Silencio. El marcador iba cero a cero y casi finalizaba el segundo tiempo. A la cantina entró un vendedor de películas piratas, se acercó a nuestra mesa, el editor le dijo que si traía de Cantinflas, el vendedor dijo que no, ofreció otras opciones, el editor dijo que no y remató su primer comentario: “Sí, hay excepciones: Josefina Vicens era una chingona, pero era lesbiana (remarcó lesbiana como quien dice tiene lepra); Rosario Castellanos, más o menos, porque luego le salía lo sentimental… ¿qué me dices de Inés Arredondo?, cabrona como ella sola, aunque también se rumora que era lesbiana (otra leprosa), ¿qué me dices de Guadalupe Dueñas?… hasta que les sale lo de amas de casa frustradas, lo de madres reprimidas, ahí se jode todo, todo, ¿a poco no?”. Miré el reloj del lugar: faltaba aún media hora para encontrarme con Alicia en la plancha del Zócalo; habíamos quedado de ir a comer. “Hay dos o tres más que ahora están en el olvido, que se las tragó la tierra, ¿te acuerdas de Margarita Michelena?, la literatura mexicana es de machos, y no sé si sólo la mexicana”. Aún no se terminaba su cuba cuando llegó por él un mujer fea y genérica vestida con unos horribles huaraches rojos de pata de gallo, pantalón de mezclilla ajustadísimo (se le salían las lonjas por encima de lo que parecía un cinturón de piel con la bandera de México en la hebilla) y una playera del tour de ese año de Emmanuel en el Auditorio Nacional. Abrió las puertas de persiana de la cantina de un chingadazo, llegó velozmente hasta el editor, lo encaró y le dijo: “¡Ándale, cabrón, afuera están tus hijas!” El editor inclinó la mirada lo mismo que un niño regañado, dejó su parte de la cuenta más su propina y salió con su antología de Jaime Sabines y su Jornada debajo del brazo, metidas en el sobaco. “Luego le seguimos…”, nos dijo a manera de resignación y despedida.

8º Concurso de microrrelatos contra la violencia de género (Ayuntamiento de Ejea de los Caballeros)

Las mujeres aceptan que el mundo está en su contra cuando se trata de escribir y de literatura, pero les perdonan todo a los autores que frecuentan y de las que muchas son acérrimas admiradoras. Así, por ejemplo, perdonan que en sus cartas Juan Rulfo llame a su amada Clara Aparicio, “Clarita”, “tontita mía”, o “chiquilla”. Perdonan que en muchos de los poemas de Jaime Sabines la mujer se parezca a un florero: tan sólo sirve para ornamentar el poema, las intenciones del que domina, del hombre que sólo se quiebra cuando las cosas se le salen de control. Perdonan a Alí Chumacero, quien ve a la mujer como quien va al circo a ver a la mujer barbuda y tomar apuntes, de lejitos, como un extraño ser poético. Perdonan que Pablo Neruda tenga una grandiosa voz poética gracias a que en sus poemas la mujer debe callar, obedecer e inclinarse ante el mandato de quien la admira, otra vez, como un florero, a quien se considera tan ingenua y tan estúpida que soporta pasivamente la infidelidad, la traición, siempre y cuando se le conquiste con lindos versos. Perdonan a Pedro Infante.

“Como mujer es difícil escribir”, me comentó en alguna ocasión una compañera de la Universidad. “Si no te encuentras con un editor que sea maricón y que realmente le guste tu propuesta literaria, el que te quiere publicar no duda en decirte que para hacerlo, lo de publicar tu libro, primero te tienes que acostar con él. El mismo caso aplica para publicar en revistas. ¿Y a cuántas editoras buenas conoces? Se conocen de sobra casos de acoso sexual de escritores famosos… ¿y sabes qué? Nadie hace nada, no les importa”. Años más tarde esta amiga publicó un libro con introducción de Carlos Monsiváis, se casó en tres ocasiones y tuvo cinco hijos, uno de los cuales se llama Pablo (por Neruda, se entiende).

En la literatura mexicana del siglo XXI ocurren fenómenos con los cuales uno se encuentra de manera cómica: las mujeres escritoras buscan sus propias voces narrativas en temáticas explotadas hasta el hartazgo por los hombres. Y cuando lo hacen de manera distinta son ellas mismas las que no dudan en calificarse de “putas”, “calentonas”, “deseosas”, “melancólicas”, “cursis”, “tristes”, por lo que, acaso sin querer, les dan las armas a los mismos que critican la literatura mexicana del siglo XXI escrita por mujeres.

Es un hecho: actualmente las mujeres no se recluyen ya en los conventos, pues estos, como Dios, y copiando a Renato Leduc (otro gran misógino), han pasado de moda. Lo de hoy es recluirse en la academia y desde ahí, desde esas pequeñas ratoneras llamadas cubículos, desde esa soberbia disparatada, combatir a capa y espada al machismo que impera de las puertas de la academia hacia fuera (porque si lo hacen hacia dentro se quedarían sin cubículo, se entiende). Hay un pequeño problema: entre ellas se meten el pie cada que pueden, se empujan, unas cuantas caen, otras más están en boca de las otras, se arman sabrosos chismes donde se emplean adjetivos que ni el más cabrón de los misóginos emplearía, se cierran los espacios, se aíslan, consiguen un feminismo sectario y cuando llega la hora de publicar ni siquiera entre ellas se leen, porque en el fondo temen que el poemario de la “queridísima amiga” sea mejor que la última novela que ellas con trabajos y con apoyos gubernamentales terminaron.