Mi madre

No estaríamos tan solos en este mundo si pudiésemos retener a las personas que realmente son importantes para nosotros. Todas las noches encenderíamos con ellos una fogata y seguramente habría risas y muchas historias de vida, amor y muerte para contar

(Segunda parte)

POR Óscar Garduño Nájera

No estaríamos tan solos en este mundo si pudiésemos retener a las personas que realmente son importantes para nosotros. Todas las noches encenderíamos con ellos una fogata y seguramente habría risas y muchas historias de vida, amor y muerte para contar

Madre: quisiera hablarte de frente. Suspirar. Leerte este texto que no habla de otra cosa sino de lo que en estos momentos vives. Quisiera atravesar por los instantes de tu congoja, de tu dolor, de cada uno de tus sufrimientos y salir ileso. Pero eso es imposible. No estaríamos tan solos en este mundo si pudiésemos retener a las personas que realmente son importantes para nosotros. Todas las noches encenderíamos con ellos una fogata y seguramente habría risas y muchas historias de vida, amor y muerte para contar. Pero las personas que son importantes para nosotros terminan por abandonarnos, y en la constante y certera estela que dejan al irse nosotros buscamos nuestras huellas, porque mañana también terminaremos por abandonar a las personas para las que en algún momento fuimos importantes. No somos sino parte de un demoledor silencio que nos fustiga hasta arrodillarnos frente a lo que dejamos de ser cada día. Si esta es una pista para entender a la muerte es lo que menos me importa: escribo porque de otra manera tendría que llorar, y a ti no te gusta ver que alguno de tus tres hijos llore.

He visto tu mirada, madre, y la luz de los vivos que en algún momento guardaste ahí ahora no hace sino morir despacio junto contigo; es esa luz la que te toma de la mano y te lleva de paseo cuando te pierdes en el enorme cielo azul que se observa desde tu ventana; es esa luz la que parece bailar cuando compartes historias, alegrías y risas, pero también fastidio, cansancio, hartazgo. Hace poco vi cómo se apagaba esa luz y quise darte un poco de la luz de mi mirada para contagiarte un entusiasmo frente a la vida que lentamente se te escurre entre las manos. Y me sentí el hijo más ridículo porque en realidad nunca comprendemos a los que están por marcharse. No somos sino el engaño de alguien que juega con nosotros a la vida y a la muerte.

Madre: quisiera leerte estas líneas en voz alta. Y al finalizar seguramente a los dos se nos nublaría la mirada lo mismo que se nubla la madrugada cuando empieza a amanecer en la mañana más fría de invierno: aquí, por ejemplo, volveríamos a hablar de tu ascenso al volcán Popocatépetl . Y tan afectada está tu memoria que pronto te ibas a olvidar de mis palabras. Con las deficiencias de una memoria que se ve afectada por falta de oxigenación tú, madre, aún tienes las posibilidades de descubrir el mundo nuevamente cada minuto, cada hora, cada día y luego volver a olvidarte de él. Y pienso que esa podría ser una muy buena receta para vivir: olvidarnos no sólo del mundo sino de nosotros mismos, de lo que somos, de lo que quisimos ser, y de lo que nunca más seremos. He leído más de cinco libros acerca de la memoria y aún no sé cómo carajos funciona. No sé dónde comienzan los más bravíos recuerdos y dónde comienzan los más aterradores olvidos. Hoy, madre, quisiera olvidar que estás enferma, que vives en una cama, frente a una ventana, y que noche tras noche te persignas antes de dormir y das gracias a un inclemente Dios que acaso también se ha olvidado que existe. Es tarde y tengo frío. Cada noche me despido de ti y lo hago sin mucho amor, sin mucha ternura, quiero creer que así activo un estúpido mecanismo de desapego que me lleve a dejarte partir con el corazón tranquilo; sin embargo, es imposible.

Madre: no sólo a ti se te va la vida sino también se nos va a los que estamos a tu lado porque de alguna manera nos contagias la peor enfermedad del ser humano: la muerte. Eres valiente y cuando hablas de ella, de la muerte, dices que nadie es eterno, que todos tenemos que irnos algún día. Entonces me acuesto en tu regazo y espero a que pases tu mano por mi cabeza. Y se hace el silencio, madre, y bien sé que los dos en ese momento pensamos lo mismo. Y quisiera hablarte de frente, decirte que vamos a estar bien, que tú vas a estar bien aunque sea mentira, porque hemos aprendido que buena parte del mundo se compone de mentiras, de las que te cuentan y de las que te cuentas, de las que te crees para avanzar en un páramo donde lo único real es la muerte.

Nos mentimos, madre, día con día. Lo hacemos frente a tus dolencias y creemos que mañana vas a estar mejor cuando no haces sino empeorar. A ti, por ejemplo, te miente la feroz enfermedad y te dice que no te preocupes, que tratará bien a tu organismo, cuando en realidad ella misma sabe que devorará tus entrañas, que ya lo hace, que no saldrá de ti hasta que seas una hermosa flor inerte. Nos mentimos, madre, día con día. Lo hacemos frente al “rato nos vemos”, “qué tengas buenas noches”, “qué tengas un muy buen día”, cuando en realidad el tiempo en estos momentos es una lámpara de aceite que se consume a mitad de la noche más oscura que está próxima por derrumbarse.

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