Mi madre (Tercera parte)

Los mecanismos de cualquier malestar están directamente relacionados con la memoria. Es una de las primeras lecciones. No sólo reconocemos una enfermedad por lo que causa en nuestro cuerpo sino porque la memoria consigue construir sus escasos recuerdos en torno a ella

POR Óscar Garduño Nájera

Los mecanismos de cualquier malestar están directamente relacionados con la memoria. Es una de las primeras lecciones. No sólo reconocemos una enfermedad por lo que causa en nuestro cuerpo sino porque la memoria consigue construir sus escasos recuerdos en torno a ella

Algo muy hondo debe significar la ausencia. Un mensaje cuyo alfabeto aún no desciframos. Un lenguaje que nos es inasible. Sólo así podríamos entender que las personas que más queremos nos hagan falta en algún momento de la vida. Por temor. nadie se atreve a reflexionar acerca de la muerte. Me refiero a reflexionar en el sentido más humano de su significado, lejos de eruditos estudios, que sé que los hay, pero que ahora mismo no me importan.

Sin embargo, aunque no lo parezca, reflexionamos acerca de ella a diario con el mero acto de vivir o de sobrevivir a nosotros mismos. Algo muy hondo debe significar la ausencia. Sólo así podríamos entender que en algún momento nosotros también le haremos falta a alguien que nos quiera, a alguien que nos procurará un bien nutrido recuerdo hasta que nuestra existencia sea únicamente una mera cadena de recuerdos que se desvanecen en la quietud del tiempo. Porque si la vida va de algo es precisamente de desprenderse. Dejarse ir contra ella sin temer lo que ocurra. Un aquí y un ahora que no acepta concesiones de ningún tipo. Lo sabían desde la antigüedad y, no obstante, el hombre “moderno” parece ser contrario a tal sabiduría, de esta forma nos explicamos buena parte de nuestro comportamiento: vivimos como si el tiempo fuese eterno y como si el tiempo contagiase a nuestras vidas.

Tu enfermedad, madre, nos ha dejado grandes lecciones a todos los que estamos cerca de ti. Quiero decir a todos los que respiramos el mismo aire asfixiante que tú respiras a través de una sonda que lo mismo transporta vida que muerte. Hay grandes lecciones que tú, madre, sin saber entretejes. Una de las consecuencias más atroces de tu enfermedad es que progresivamente pierdes la memoria por la falta de oxigenación hacia el cerebro. Así que descubres y redescubres el mundo día con día y, sin que tú te lo propongas, vives al día, cuentas los minutos en tu cama lo mismo que las palabras del periódico que tanto gustas de leer, y te olvidas de tu enfermedad, hasta que un relámpago doloroso te traspasa. Los mecanismos de cualquier malestar están directamente relacionados con la memoria. Es una de las primeras lecciones. No sólo reconocemos una enfermedad por lo que causa en nuestro cuerpo sino porque la memoria consigue construir sus escasos recuerdos en torno a ella. La enfermedad en sí es una especie de memoria condensada. De ahí que despiertas y lo primero que piensas es que te sientes enfermo, que algo no van tan bien con tu salud. E inmediatamente te llegan los síntomas. Por eso el médico pregunta desde cuándo los tienes porque la memoria de la enfermedad no sólo es importante para seguir sus huellas sino para analizar los efectos negativos que ya ha dejado sobre un cuerpo sano. Y la enfermedad es en ocasiones tan cruel que no sólo construye su propia memoria en torno a la salud del enfermo, sino que también construye sus propias esperanzas para luego demolerlas. Segunda lección: la enfermedad es una demolición. Hay enfermedades que consiguen demolerlo todo; otras se conforman con demoler unos cuantos días.

Pero tú no lo recuerdas, madre. De hecho, ni siquiera te reconoces como enferma: crees que pasas los días en cama por una increíble y perenne flojera, tú que tan trabajadora fuiste siempre. Y conforme pasan los días he observado que también pierdes las palabras y que son más los días que permaneces en silencio. Nunca sabremos realmente lo que piensas en esos momentos. Si acaso ya reconoces tu enfermedad y callas por no alarmarnos a nosotros. Si ese silencio se trata no sólo de un acto estoico sino heroico porque, después de todo, lo tuyo nunca fue quejarte. O si ese silencio significa que tu cuerpo reconoce al padecimiento, pero tu memoria ya no es capaz de entretejer recuerdos de tus síntomas, de lo que tienes, de lo que hace ya varios años los médicos diagnosticaron para condenarte a vivir conectada a un tanque de oxígeno 24 horas al día.

Hace unos días ocurrió la siguiente escena. Junto a ti, en la cama, estábamos mi hermana y yo como acostumbramos a hacerlo cada que podemos. Era domingo, hacía un día caluroso, y la luz amarillenta se arrastraba despacio sobre las blancas cortinas de tu recámara. Era un día “bueno”. Reíamos. Nos gusta hacerlo de cualquier tontería. Repentinamente, tras unos cuantos segundos, cambiaste tu semblante y tu voz se quebró lo mismo que se quiebra la tarde para dar paso a la oscuridad de la noche.

—Bueno… yo me quiero levantar de la cama pero ya no puedo salir a ninguna parte sin quitarme esto, ¿verdad?—, señaló la maldita manguera que lo mismo transporta vida oxigenada que muerte irrespirable, como si la pregunta fuese para esa plastificada cosa.

Guardamos silencio los tres. En ese momento, madre, sin que tú te dieses cuenta de ello, un recuerdo traspaso tu memoria de entre los jardines apesadumbrados del olvido. Luego agregaste que los doctores ya te habían dicho hace algún tiempo que estabas enferma de los pulmones, que ya nada se podía hacer y mi hermana te interrumpió para intentar cambiar de tema, luego de decirte: sí, mamita.

La enfermedad deja grandes lecciones de vida. pero también de muerte. Contigo, madre, he aprendido más de la finitud humana, de lo importante que es disfrutar el día de hoy sin pensar tanto en el mañana. Lo que realmente importa de la vida. También callo cuando cuentas historias que tienen que ver con tu pasado. Nos asombramos de lo selectiva que puede ser una memoria enferma. Porque, aunque no lo quieras, ella hace de ti lo que se le antoje, madre, juega con tus pocos recuerdos, los filtra, te deja unos cuantos y los deja en huesitos; otros, en cambio, los sepulta en un sótano ya oscuro, lleno de huesitos: ahí, arrinconados, a la espera de morir junto con quien los produce. Y quizás en uno de esos recuerdos estamos todos juntos. Mi papá. Mis hermanos. Como en aquella amarillenta fotografía donde parecemos tan felices. Ahí quizás vivimos, madre, y ahí quizás también nos inventamos de nuevo para que tú nos puedas pensar de vez en cuando. Así es como nos despedimos de ti lo mismo que hicimos cuando nos despedimos de papá. En ese luminoso recuerdo. Y acaso llegas a él sin que nos lo informes. Acaso desde ahí mueves tu mano y nos dices adiós. Serena. Con la paciencia de quien por fin ha recobrado la memoria. Caminas, madre, lo haces sin el oxígeno; a lo lejos, en las llanuras, te espera papá.

IMAGEN: Mama 3 Canvas, Females, Butterfly, Women, Art, Box, Container, Fantasy (PixCove)