Siga hablándonos de amor, Mr. Barnes

Con La única historia, el escritor británico se consagra como uno de los mejores narradores contemporáneos de las vicisitudes de los sentimientos humanos. ¿Su fórmula literaria? Honestidad, inteligencia y sensibilidad, por fuera de toda cursilería y complacencia

 

POR Nicolás Mavrakis

Con La única historia, el escritor británico se consagra como uno de los mejores narradores contemporáneos de las vicisitudes de los sentimientos humanos. ¿Su fórmula literaria? Honestidad, inteligencia y sensibilidad, por fuera de toda cursilería y complacencia

“¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos?” Entre los escritores capaces de articular una pregunta como esa al empezar una novela, sólo el más francés de los escritores británicos, Julian Barnes (Leicester, 1946), puede lograr los tonos y las concavidades narrativas necesarias para que, primero al escribirla y después al leerla, el sentido no suene tan cursi, tan ridículo o tan farsante como sonaría en las páginas de otros. Pero, ¿cómo es que Barnes “esquiva” los inconvenientes que hundirían a casi todos en lo más pueril de un melodrama? La respuesta está en lo que La única historia representa, como novela: una síntesis meditada e inevitablemente autobiográfica de lo que a través de los años se convirtió casi en el gran tema de su vasta obra como novelista, cuentista y ensayista: el amor.

El amor acerca del cual escribe Barnes no es una forma de la persecución egoísta ni tampoco una amable ofrenda sentimental, ni mucho menos un recurso panfletario en favor de una u otra perspectiva social. El amor que le interesa a Barnes es el que formula una pregunta sobre el sentido de la vida humana. Si novelas como Hablando del asunto (1991) y Amor, etcétera (2000), libros de cuentos como Pulso (2011) o memorias como Niveles de vida (2013) pudieran transformarse en preguntas, las más repetidas serían: ¿por qué los seres humanos necesitan del amor para vivir? ¿Será porque no podrían soportar la vida si no creyeran que el amor tiene un sentido oculto? ¿O es que la exigencia de un sentido para el amor deriva del hecho de otorgar demasiada importancia al lenguaje y creer que nuestras vidas son libros que aún no hemos aprendido a leer?

A los 19 años, Paul, el protagonista de La única historia, reformula estas inquietudes con otra típica intuición enamorada. “A menudo no había palabras para nuestra relación; al menos, ninguna que encajase. Pero quizás esto sea una ilusión que todos los amantes tienen sobre sí mismos: que escapan a toda categoría y descripción”. Paul piensa en Susan, la mujer que acaba de conocer en un club de tenis y que, para escándalo de su madre, tiene más del doble de su edad.

Pero antes de saber si Paul habrá de encontrar las palabras para definir su amor (como habremos de encontrarlas todos, incluso a riesgo de preguntarnos en algún punto “si vale la pena sentir menos”), es importante conocer qué piensa al respecto el propio autor. En principio, Barnes está entre quienes consideran que las fuerzas emocionales y sexuales que orbitan sobre el amor no deben extender su caos a las reglas del arte. “Lamentar amores con una métrica sin pulir”, como señala con unos versos del poeta inglés Arthur Hugh Clough en el libro de ensayos A través de la ventana (2012), puede parecer la opción genuina, pero también es la más impropia, al menos para quien pretenda tomarse la escritura en serio. Al fin y al cabo, no conviene olvidar cuál es una de las pequeñas ventajas de quienes escriben sobre quienes no escriben: los momentos dolorosos pueden almacenarse para usarse luego. Y Barnes es un escritor que lo sabe muy bien, porque eso es lo que pasa en El sentido de un final (2011) y sobre todo en Niveles de vida (2013), el libro escrito tras la sorpresiva muerte de su esposa Pat Kavanagh (1940-2008) y con el que casi eleva la viudez a una de las formas más románticas del amor.

Julian Barnes Composes a Shostakovich Novel (The Wall Street Journal)

Para que esta delicada hazaña funcione, Barnes combina lo mejor de su prosa como novelista con lo mejor de su prosa como ensayista. Y esto significa: su máxima capacidad para imaginar y su máxima capacidad para pensar. El resultado es una historia breve de los primeros y a veces letales vuelos en globo entre Inglaterra y Francia que, de a poco, se combina con la vida y la muerte matrimonial de Barnes y Kavanagh (un vínculo que, al igual que los globos aerostáticos sobre el Canal de la Mancha, tuvo también algunos serios cambios bruscos de altura y presión).

Por supuesto, detrás de las palabras está la tristeza (“¿cómo te sientes? Como si te hubieras caído desde una altura de 60 metros, consciente en todo momento, y hubieras aterrizado con los pies por delante en un cantero de rosas”), pero la elección estética de Barnes es clara y se repite en La única historia: el dolor propio no arroja luz sobre el ajeno, así que no tiene sentido evadir el hecho de que nuestro duelo se ajusta a nuestro carácter. “Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizás no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante”. Y si al final sólo “las viejas palabras servían: muerte, congoja, tristeza, pesar, sufrimiento”, ¿por qué no tomarse las palabras en serio?

Si La única historia sirve como prueba de la consolidación de Barnes como uno de los mejores escritores románticos de su generación –junto al francés Michel Houellebecq, que por medios muy distintos concluye casi en los mismos fines, por lo que Barnes lo considera con ironía un novelista “que funciona en la práctica pero no en la teoría”—, esto sólo es posible porque su obra evita confundir los sentimientos con los sentimentalismos. Y la diferencia es importante. Si uno aprende a escucharlos, los sentimientos nos hablan acerca de la vida real, mientras que los sentimentalismos solo ofrecen un parloteo insustancial acerca de nada.

Barnes clarifica este punto al escribir sobre la novelista estadounidense Edith Wharton (1862-1937) y señalar que el sexo, por ejemplo, es una manera bastante real de no tener que hablar y “también de no tener que escuchar”, un asunto sobre el cual insiste al escribir sobre (su admirado) Ford Madox Ford (1873-1939) para destacar que si “uno seduce a una mujer joven para lograr ponerle fin a sus charlas con ella” (como dice uno de los personajes de El final del desfile), entonces el problema inevitable entre hombres y mujeres está a la vista: ¿de qué hablar después?

La respuesta es hablar del amor. Pero el paso del tiempo y el peso de la realidad vuelven a complicarlo todo. Dividida en tres partes a través de un período de varias décadas, La única historia cuenta en primera persona el descubrimiento virginal del amor y en segunda persona el descubrimiento adulto del amor, para finalizar contando en tercera persona el descubrimiento del duelo del amor. Al igual que Pat Kavanagh, Susan es mayor que Paul (aunque Kavanagh le llevaba a Barnes 6 años; en la novela la diferencia es sustantivamente mayor) y aunque ella está casada y tiene dos hijas de su edad y él es apenas un estudiante de derecho que todavía pasa los veranos en casa de sus padres, su amor repentino y algo escandaloso parece la manera más sensata de comunicarle a un mundo en plena “revolución sexual” que ninguna vida está prescripta.

Lo que ocurre después entre Susan y Paul es lo que el propio Barnes le atribuye en sus ensayos sobre arte compilados en Con los ojos bien abiertos (2018) a Delacroix. Intentar apoderarse de la mirada y del corazón antes de que la mente pueda plantearse cuestiones relacionadas con el dibujo y el tema sin dudas funda una imagen romántica, pero de poco sirve para sobrellevar las complicaciones de la vida. Entonces, ¿cuáles llegarán a ser las certezas más maduras y pesimistas de Paul? «Que la cura para el sexo era el matrimonio; para el amor, el matrimonio; para la infidelidad, el divorcio; para la desdicha, el trabajo; para la infelicidad extrema, la bebida; para la muerte, la frágil creencia en la vida de ultratumba».

Lo que sostiene a La única historia como la genuina novela de un romántico es la conciencia de este pesimismo aún dispuesto a sobrellevar su amor. Porque, ¿acaso no sería una pérdida de tiempo demasiado banal creer que el amor flota por sí mismo sobre nuestras vidas como un límpido arcoíris perfectamente despejado? En este punto, lo que Barnes nos recuerda es que todo el mundo tiene su historia de amor. “Aunque fuese un fiasco, aunque se quedara en nada y nunca funcionase, aunque de entrada todo hubiera sido puramente mental: no por eso era menos real: Y era la única historia».

(IMAGEN: Barnes 1 Julian Barnes y la historia más triste jamás contada/ ABC.es)

Tomado de: Infobae. Abril 20, 2019.