Mi madre: lecciones imprescindibles

Tanto la vida como la muerte son lecciones imprescindibles que el tiempo y la mortalidad entretejen a tu alrededor para recordarte que todo tiene un principio y un final. Pero no lo hacen de la mejor manera. Eso de recordarte. Te agarran desprevenido y es cuando tienes que aprender la lección

POR Óscar Garduño Nájera

Tanto la vida como la muerte son lecciones imprescindibles que el tiempo y la mortalidad entretejen a tu alrededor para recordarte que todo tiene un principio y un final. Pero no lo hacen de la mejor manera. Eso de recordarte. Te agarran desprevenido y es cuando tienes que aprender la lección

Cada una de ellas. Sus palabras. Las que se tuercen como fierro oxidado y se aferran a su entrecortada respiración: ahora ella vive en una manguera de plástico que conduce y empuja oxígeno hasta sus pulmones. En ocasiones ella se quita la manguera y la deja a un lado. Es que no la necesito. Nos sorprende cuando nos lo dice. O la necesito durante un rato solamente. Insistimos: tienes que volver a ponértela. No somos capaces de decirle que es esa manguera donde sobrevive y agoniza el fatídico equilibro entre la vida y la muerte. Y acepta a regañadientes. Vuelve a meter las puntas de la manguera en su nariz. Y vuelve a respirar.

Contrario a lo que se pueda pensar no vuelve a vivir: el tiempo a la distancia corre, nos atropella, pasa de manera vertiginosa y cada día tiene un significado distinto. Por ejemplo, el beso en sus mejillas por las mañanas. Hay besos que los das y no sabes si serán el último beso. De hecho, hay ocasiones en que vives y no sabes si será el último día que lo hagas.

El sonido del oxígeno es mucho más nítido cuando te acercas a ella. Si la abrazas lo escuchas. Un sonido semejante al rumor de un quieto mar que estira sus brazos y abre las manos: el sol se desdibuja en las palmas lo mismo que las primeras sombras cuando empieza a caer la tarde. Una de tantas sombras empaña su frente cuando habla. Tarda en hacerlo. Cada una de las palabras que pronuncia parece que llevan siglos atoradas en su garganta. Intenta explicar el mundo a partir de lo que a ella le ocurre. Asegura que la muerte guarda una estrecha relación con la forma en que vives. Si actuaste mal durante tu vida seguramente tendrás una muerte dolorosa. Si actuaste bien seguramente tendrás la más tranquila de las muertes. Y es aquí donde ella sale de sí misma, se extravía en la tarde que se desmorona y regresa una vez que se ha visto lo mismo que si se tratase de una persona ajena que recién ha llegado a la casa. Me gustaría morir mientras duermo. Cada palabra, cada acentuación, cada cambio de tono golpea lo mismo que el más feroz y desgraciado martillo hecho de acero. Una y otra vez. Y entonces comprendo que la muerte se abre paso de esta manera: el feroz y desgraciado martillo hecho de acero golpea incesante, persistente, necio, el camino sinuoso de la vida. Una vez que consigue la destrucción completa de aquello que antes fue camino, así sea sinuoso, planta un páramo cuyas raíces tan sólo son los escasos recuerdos con los que momentáneamente habitaremos hasta que la misma muerte se encargue de echarnos al olvido. Asegura: he sido buena, no le he hecho el mal a nadie. Y en su arrodillada mirada aparece un salvaje torbellino de esperanza que tarda en desaparecer lo mismo que el sonoro eco de sus palabras.

Poco a poco cae. La vida en ocasiones se convierte en un constante sufrimiento que aceptas porque crees que es parte de la vida, cuando en realidad sufrir la vida no es vida sino muerte. Pero aún respiras. Ella lo hace y la manguera conectada al tanque de oxígeno es una larguísima culebra que atraviesa el piso de la casa, las escaleras, el camino al baño, a su recámara: si un desconocido entrase en la casa podría guiarse a través de esa manguera hasta dar con mi madre. Y quisiéramos cerrarle la puerta a quien no se trata de un desconocido, pero que, sin embargo, se presenta como si lo fuese: la muerte. Pedirle que se vaya lejos o que al menos se dé otras cientos de vueltas por las calles de afuera de la casa. Pedirle que se lleve a los malos porque seguramente son muchos más que los buenos.

Pero no. Entre todos aprendemos de esa hoguera que en ocasiones se enciende y en ocasiones se apaga. Cuando reímos juntos nos ilumina el rostro. Cuando lloramos juntos nos lo oscurece. Aprendemos. Tanto la vida como la muerte son lecciones imprescindibles que el tiempo y la mortalidad entretejen a tu alrededor para recordarte que todo tiene un principio y un final. Pero no lo hacen de la mejor manera. Eso de recordarte. Te agarran desprevenido y es cuando tienes que aprender la lección. Porque pensamos que la vida se trata de lecciones que aprendes cuando en realidad nadie sabe bien de que se trata la vida. Quizás existan algunas nociones. Momentos en que creemos que la entendemos y que ella nos entiende. Y una mañana todo pierde sentido porque desde sus orígenes nada lo tuvo. Hay que agregar: ni siquiera la existencia tiene sentido.

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El proceso de su enfermedad tiene regalos sorprendentes. Por ejemplo, que con mucha frecuencia ella, mi madre, olvida las cosas. Y debe ser grandioso descubrir el mundo a cada instante, permitir que pasen unos cuantos minutos y volverte a hundir en el significado de las cosas y las personas que te rodean; también de las emociones. El olvido ahora es un fiel aliado contra su enfermedad porque ella no es consciente de que está enferma. Mucho menos de que su enfermedad es incurable, que avanza a agigantados pasos, que la devora entre sus sarrosos colmillos y que terminará por envolverla con un silencio que se prolongará durante varios días. Y piensa que se pondrá bien. Que bastan unos cuantos días de reposo. Que en realidad no se ha parado de la cama por floja. Insisto: que ese oxígeno que respira a través de una maldita tubería no es tan indispensable, que se lo puede poner y quitar según crea ella conveniente. Y por supuesto que nadie de los que somos cercanos a ella nos encargamos de decirle la verdad. Porque no tiene caso tan infeliz crueldad. Porque lo mejor es que no se entere de nada. Porque ese engaño en el que ahora vive quizás alimenta las que podrían ser sus últimas esperanzas.

A través de estas entregas para Opera Mundi es que intento aclararme muchos puntos. Ignoro si se trata de un proceso terapéutico; sin embargo, sé que la escritura es parte de no sólo de una sanación de tus más enfermas emociones, sino que a través de sus mecanismos y herramientas consigues expulsar tus más arraigados demonios. Y lo hago porque en algún momento la vida para mí también perdió su gracia: si se trata de un contagio directo por parte de mi madre es algo que aún no consigo descifrar. Esto que escribo se debería titular la memoria del olvido de una madre enferma. Pero también se podría titular el recuerdo incesante de un hijo que se empeña en escapar del olvido.

Y cuando miras a tu alrededor compruebas que cada vez es más frecuente que la gente muera. No sé si la vida tendría que ser así o no, sólo sé que entre más preguntas le hagas a la vida menos respuestas encuentras. Y si das con ellas es a través de procesos dolorosos que ponen en riesgo tu capacidad de disfrutar de algo tan absurdo como la vida del ser humano. Ni siquiera sé si alguien allá me lee. Si alguien me lee y se familiariza con lo que digo como si se tratara de un ritual o de una misma comunión.

Ella es una guerrera. De eso no me cabe la menor duda. Ha resistido los más duros embates. Fue así como resistió la muerte de mi padre, quien hace unos días habría cumplido ochenta años. En una ocasión ella nos contó que lo había soñado, que le decía ven, ven, ven, y que ella le hizo cuernos con las manos: aquí fue donde nos quedó aún más claro cuánto ama la vida. No obstante, para la vida no basta ningún amor porque siempre termina por ceder a las tempestades. Por eso pasamos del mismo mar en calma del principio a un mar bravío donde las olas se azotan contra los pensamientos. Y quiero creer que muy arriba de ese mar intentamos todos volar y estrellarnos contra un cielo azul enorme y jugar entre las nubes y atravesarlas y reírnos y volvernos a reír y guardar nuestras horribles alas y justo cuando parezca que vamos a estrellarnos contra el bravío mar volver a las alturas y repetir los mismos movimientos hasta que ese mismo cielo azul enorme se desplome sobre nosotros y caigamos al agua, asustados, mal heridos, tragando agua y agua e intentando nadar sin que en verdad lo consigamos.

Cuando nuestros cuerpos lleguen a la arena todo habrá terminado para entonces. Es lo que quisiera explicarle a mi madre, quien ahora duerme y yo la miro dormir porque me gusta pensar que sueña con mi padre, que él le dice ven, ven, ven, mientras mueve la mano en el aire, a lo lejos, en una distancia brumosa, y ella le hace cuernos con la mano, le hace cuernos y ríe, porque a fin de cuentas en los sueños se puede prescindir de todo, hasta del tanque de oxígeno, hasta de la maldita tubería, hasta de la vida misma.

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