Literatura de mujeres: opiniones

Hablar de las escritoras mexicanas… Nuestro colaborador Óscar Garduño Nájera se aventura y pisa los terrenos literarios de Valeria Luiselli, Socorro Venegas, Fernanda Melchor y Eva Castañeda Barrera, a las que denomina “voces narrativas y poéticas que darán de qué hablar”

POR Óscar Garduño Nájera

Hablar de las escritoras mexicanas… Nuestro colaborador Óscar Garduño Nájera se aventura y pisa los terrenos literarios de Valeria Luiselli, Socorro Venegas, Fernanda Melchor y Eva Castañeda Barrera, a las que denomina “voces narrativas y poéticas que darán de qué hablar”

Hace algunos años escribí una colaboración acerca de las escritoras mexicanas. El punto de partida era una anécdota que me ocurrió en compañía de Daniel Espartaco. Creo que en esa ocasión hablábamos de la más reciente novela de Valeria Luiselli. Ahora mismo no recuerdo el título, pero tenía que ver con los dientes: supongo que más de un dentista me lo podría recordar.

Daniel me preguntó que qué me había parecido. Le dije que no era mala, pero que Valeria se habría podido exigir más en cuanto a una trama (se la expliqué) que era entretenida, pero que se caía luego de no recuerdo que número de páginas. Espartaco hizo un ruido con la boca, puso esa cara de chico malo que sólo le cree su mamá, guardó silencio unos cuantos segundos y me aseguró que era lo malo de lo que escribían las mujeres, al menos las de nuestra generación: las que en estos momentos tienen entre 30, 40 y entrados a los 50.

No me atreví a preguntar qué era eso malo; sin embargo, seguramente vio mi cara (una lucha de caras donde él era el guapo, yo el feo) y me aseguró lo siguiente: las mujeres mexicanas escriben de su entorno y su entorno sigue siendo el mismo. Se preocupan por el marido o se están dando en la madre con él. No encuentran al amor de su vida y cuando lo encuentran se sienten utilizadas o maltratadas. Recurren siempre a los mismos tópicos narrativos: la maternidad (incluida la leche), la infidelidad (incluida la que se da entre lesbianas), el amor (lo más cursi y amelcochado posible), otra vez el amor (recurren a figuras literarias ya pasadas de moda), otra vez el amor (uno personal donde no necesitan de nadie), la imitación (cuando no se sienten Rosario Castellanos les da por cortarse las venas a lo Pizarnik, a lo Woolf), el microcosmos femenino (y Violeta Parra, Lucha Villa y Chabela Vargas), el nacionalismo en tiempos de Trump (sí, Frida Kahlo), y los infaltables animales y su fastidioso amor por ellos (los gatos en primer lugar; los perros en segundo; los cerdos van después y hasta el último las cucarachas gigantes). No me dijo todo lo anterior Daniel Espartaco, por supuesto, y no tenía entonces una grabadora, además de que grabarlo sin su consentimiento hubiese sido un delito, pero escribo de memoria, y recuerden ustedes que yo soy viejo, que la memoria mía ya no es la misma.

Me despedí de Daniel luego de beber unas cuantas cervezas y me eché a caminar por el Eje 6 rumbo a casa. Pensé en sus palabras y lo primero que se me ocurrió fue que tenía por amigo a un cabrón misógino. Luego me pregunté si estrictamente hablando se podría hablar de misoginia dentro de la literatura cuando los valores que se juzgan no son los mismos que se emplearían para juzgar, por poner un ejemplo, al más macabro de los feminicidas. No lo sé. Aún hoy me lo pregunto.

II

Socorro Venegas en Agencia EFE (Editorial Páginas de Espuma)

Hace poco acudí a la presentación de un libro de cuentos de Socorro Venegas en la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo. Previamente había asistido a otra presentación, sólo que en esa ocasión no se podría decir que propiamente fuese una presentación, pues fue la misma Socorro la que contó las aventuras y desventuras con su libro de cuentos, el cual, por cierto, la editorial anuncia como un muy buen libro de cuentos.

Llegué a la librería puntual, tal y como se debe llegar a la presentación de los libros de cuentos. Reconocí algunos rostros. Por allá andaba Alberto Ruy Sánchez y David Huerta entró al mismo tiempo que yo. Me acordé del caso de las becas del SNC: un tema que poco a poco se va cerrando ahí donde se tendrían que abrir intensos e inteligentes debates más allá de lo que se pueda afirmar o negar en redes sociales. En fin.

Las puertas del auditorio de la librería se abrieron puntualmente, la gente entró de la manera más correcta, se llenó el auditorio y muchos quedaron de pie, lo cual no fue mi caso. La función, digo presentación, dio comienzo.

Las presentaciones de libros a mí siempre me han parecido como grandes fiestas de XV años. Supongo que lo digo porque yo particularmente nunca he tenido una (no una fiesta de XV años sino una presentación de libro) y quizás la envidia de la mala es la que consume a mi literaria alma. Quien acude a la presentación de un libro es porque ya ha comprado el libro, lo ha leído, lo ha disfrutado, quiere ver a la autora y llevarse una bonita dedicatoria en la primera página para luego presumirla con los amigos cuando lleguen a casa. Me quedan varias dudas: ¿Presumen la dedicatoria? ¿Presumen que saben leer? ¿Presumen que la cultura llega luego de leer un libro de cuentos? En fin.

Lo que no me pareció extraño, y hasta lo celebré, fue que al final de la presentación no se diera vino de honor sino mezcal; sin embargo, no me quedé, por lo que no pude emborracharme a expensas de un libro de cuentos.

Había dos presentadores. El primero de ellos nos habló de la trayectoria de Socorro; hizo unas cuantas bromas (más bien bobas) y enlazó al público con el director en España de la editorial vía llamada de celular sin antes hacer otras cuantas bromas (más bien bobas), sonreír para la foto, hacer unos cuantos gestos graciosos y dejándonos ver que o bien no había leído el libro de cuentos que presentaba o bien lo leyó, le pareció poco relevante y procuró hacer de su presentación un listado de las virtudes narrativas de Socorro Venegas. Hasta aquí la presentación iba más o menos. Ya en el auditorio se respiraba un olor a sudor rancio mezclado con perfumes corrientes, la gente sonreía, emocionada aplaudía: una presentación de un libro es un espectáculo cultural.

En cuanto le tocó el turno a la segunda presentadora de la tarde las cosas se pusieron un poco melosas. Hasta antes de ella yo ya estaba convencido de que tenía que leer el libro que previamente me había hecho llegar la editorial, de que en verdad me estaba perdiendo de un gran libro de cuentos; es más: quise con todas mis ganas llegar lo más pronto posible a casa, desempolvarlo, quitarle el papel celofán y tirarme a la cama a leer el resto de la noche. Y repentinamente… caí, caí en un abismo.

Ahora mismo no recuerdo bien a bien las palabras exactas de la presentadora, pero sí sé que había algunas palabras claves: maternidad, leche materna, cursi, gran prosa, ríos, y algo más. Lo que le quise decir en esos momentos a esa presentadora es que no hacía falta que nos dijera que ella, Socorro Venegas, escribía distinto a las demás mujeres porque no sólo era un comentario muy poco acertado, sino que en literatura las generalizaciones son muy peligrosas. También dijo que Socorro trataba temas como la maternidad abordándolos desde una perspectiva completamente distinta a la de la que normalmente tenía la mujer de la maternidad, de la leche materna, aquí fue donde habló de los ríos, aseguró que estos corren por todo el libro en una suerte de metáfora líquida.

Hasta aquí aún tenía ganas de llegar a leer el libro. Me estoy perdiendo de algo muy bueno. Al término de la presentación se ofreció una lectura dramatizada de dos supuestos actores de los cuales ahora no recuerdo sus nombres, pero les puedo asegurar que sus voces sonaban falsas, impostadas, parecían tomar aire en cada sílaba para luego expulsarlo frente al micrófono como pedo de viejito en parque. Y se inflaban y se desinflaban. Y sí, el cuento que se leyó hablaba de la leche materna. Los ríos, pensé. También pensé en los comentarios de mi amigo. Me hice varias preguntas:

  • No se trata de una generalización, pero, ¿por qué muchas de nuestras autoras se empeñan en escribir de temáticas femeninas?
  • No se trata de una generalización, pero, ¿por qué la maternidad sigue siendo tema recurrente en muchas autoras mexicanas?
  • No se trata de una generalización, pero, ¿por qué las autoras mexicanas se siguen viendo como incomprendidas, asediadas y rechazadas por un medio editorial que sigue siendo esencialmente machista gracias a que ellas mismas reproducen los estereotipos que perfectamente se les ha implantado?

Salí de la presentación sin querer abrir el libro: aún lo tengo con el papel celofán y se lo pienso regalar a una amiga que da talleres literarios para mujeres que tienen que ver con la cocina y con la memoria de los platillos de la cocina. Uff.

III

Fernanda Melchor presenta su libro Aquí no es Miami (Veracruzenlanoticia.com)

Hace algunos años, cuando Fernanda Melchor aún no se peinaba esa melena que traía como a lo Gloria Trevi, aseguré que ella daría mucho de qué hablar por la fuerza contundente de su narrativa. Las damas de honor de la literatura mexicana del siglo XX creían lo contrario: no iban a permitir que una chamaquita les quitara a ellas el puesto, que se hablara más de ella que de sus tan premiados libros. Se hizo una guerrita. De un lado estaban las doñas y del otro lado… del otro lado en realidad no había nadie, pues si algo caracteriza a Fernanda Melchor desde el principio es que no busca publicidad, no es lo suyo, ni siquiera tiene Face, tiene Twitter, sus tweets son muy inteligentes (claro que a mí ya me bloqueó), sus recomendaciones literarias mucho más, Fernanda es una autora que sabe escribir y que llegó para propinarle una patada en el trasero a muchas autoras consagradas con novelitas mal escritas, mal propuestas y con más miel que el frasco mosqueado de Winnie Pooh.

Estamos en la época actual y Fernanda Melchor no sólo ha sido reconocida en Alemania por la mejor obra traducida a ese idioma, sino que su Temporada de huracanes es un auténtico madrazo a la literatura mexicana hecha por mujeres. ¿Saben por qué? Tengo algunas nociones, unas cuantas posibles vías: Fernanda no escribe como mujer sino como hombre (me refiero a la concepción que tienen los narradores en sus libros). Fernanda declina elegir temáticas lindas y va a lo peor de ese México que todos quisiéramos no ver, pero que respira a nuestras espaldas, nos acuchilla, nos mienta la madre cuando a diario damos con otro homicidio, otro robo con violencia, otro feminicidio. Fernanda, además, sabe escribir y lo hace muy bien. No le interesa la publicidad, hay que insistir en ello, porque acaso comprende que los ídolos en la literatura son falsos, que lo que realmente perdura es la obra literaria y que esta se hace a sí misma lejos de las cámaras de televisión, de los periódicos, del dinero y, sobre todo, se hace con mucha inteligencia.

Les tengo otra noticia: Fernanda seguirá dando mucho de qué hablar y hoy por hoy se perfila como lo mejor de la literatura mexicana del siglo XXI. Apostemos porque así sea.

IV

Poemas de Eva Castañeda Barrera (Letralia, Tierra de Letras)

Eva Castañeda Barrera no es académica. Quiero decir que, para los lectores, quienes la vemos desde fuera de su burbuja universitaria, ella no pertenece a la academia sino a la creación. Es poeta. Y para la edad que tiene ya se debe que asumir como tal con todas las responsabilidades que esto implica. Como trabajar más con tus herramientas: las palabras. Como encontrar no su propia voz, que ya la tiene, sino temáticas que reflejen la misma lucidez de las palabras.

Hace unos cuantos días, Eva dio a conocer unos poemas en prosa en una revista cuyo enlace compartió en Facebook. Las conclusiones a las que se puede llegar tras su lectura son varias. A mí me llegaron las siguientes. Como lluvia de estrellas en un descampado.

  • Su prosa es equilibrada. Sabe dónde poner cada palabra. Más allá de cualquier categoría gramatical, las palabras se acomodan, codean, con su propio sonido y ritmo: se lee, se cuenta y se canta.
  • Cada palabra está puesta con una inteligencia suprema y con una sensibilidad de esas que te llevan a creer nuevamente en la humanidad. No se trata de escribir por escribir, se trata de reunir las palabras en un costal, sacarlas, soplar sobre sus lomos, admirar su textura, respirar a través de ella y colocarlas justo como el indio colocaría los cuchillos a toda velocidad en la ruleta rusa, ahí donde gira y gira su esposa.
  • Eva sabe de las temáticas femeninas y les cierra la puerta en las narices. Sabe que ese camino está clausurado para las mujeres que realmente quieren pararse en la literatura mexicana del siglo XXI. Lo mismo que para la novela es Fernanda Melchor, Eva Castañeda lo es para la poesía. A estas dos autoras habría que presentarlas. Creo que tendrían grandes charlas.
  • Eva Castañeda no escribe como mujer. Tampoco lo hace como hombre. Encuentra un punto medio donde el sexo o el género no existe. Lo sabe bien: en la creación literaria el sexo o el género no marcan el camino; el camino quizás se marca a través de ellos, pero no son el camino en sí. Lo sabe bien: la creación no acepta tomaduras de pelo, no acepta charlatanería de lucha de géneros, igualdad, sencillamente porque la creación literaria no se ocupa de eso, se ocupa de crear, de libertad, de palabras: son los otros los que interpretan a través del texto.

Hemos pasado, como resumen final, de Valeria Luiselli, de Socorro Venegas, de Fernanda Melchor y de Eva Castañeda Barrera. Me parece que son voces narrativas y poéticas que darán de qué hablar o que, por el contrario, ya agotaron sus discursos literarios, caerán en picada, no hay mucho futuro en la literatura para ellas; sin embargo, siempre pueden colaborar en periódicos, dando clases, no sé. En dos de los casos la literatura no se escribe desde una voz literaria que deba tener un género especifico. A la literatura le vale un carajo si escribes como mujer o si escribes como hombre. Pero si se te ocurre escribir desde alguna de estas trincheras estás perdido, se nota, repites tópicos narrativos que reafirman la concepción que tú como mujer tienes del mundo. Hemos acabado la clase. Pueden salir del salón.

FOTO Portada: “Valeria Luiselli: habitar entre dos mundos” (The New York Times)