¿Por qué no me interesa escribir?

¿Para qué escribo? Créanme, no soy ingenuo, y sé bien que en la actualidad hay más escritores que lectores. De hecho, los escritores se reproducen en su propio hábitat: son como cucarachas que se esconden en las tuberías, ahí se encuentran unos con otros, se celebran, se homenajean y se reparten las becas

POR Óscar Garduño Nájera

¿Para qué escribo? Créanme, no soy ingenuo, y sé bien que en la actualidad hay más escritores que lectores. De hecho, los escritores se reproducen en su propio hábitat: son como cucarachas que se esconden en las tuberías, ahí se encuentran unos con otros, se celebran, se homenajean y se reparten las becas

Excepto mi novia, uno que otro conocido de infancia, mis familiares, uno que otro amigo, mi madre, mi tía, mi abuelita (ahora recuerdo que no tengo ya), suegra, cuñada o cuñado, nadie más entiende lo que quiero decir con eso que presumo como cuento, capítulo de novela, poema, por lo que me fijo bien cada que, feliz, llego, abro mi Moleskine, con David Bowie en la portada, y leo con una voz de maestro de ceremonias un lunes en la escuela.

Claro: ellos dicen que entienden lo que les leo, pero yo sé que eso que entienden no es en el fondo lo que yo quería que entendieran, sino todo lo contrario, por lo que estoy en un grave problema si les pregunto acerca de lo que entendieron de lo que no debían haber entendido así. Ellos mienten. Lo sé. Me lo ha dejado ver en ocasiones mi terapeuta. Lo hacen para que me sienta bien o para que me sienta el más intelectual de la familia. Somos de las tantas familias mexicanas que asocian la escritura con la inteligencia. Quiero decir, el más inteligente.

Si se trata de mi novia quizás estoy acostumbrado. Hasta nos ayuda a una que otra escena romántica en la cama. Se entiende que ella prefiera hacer el amor a seguir escuchándome. Pero no soporto que me miente mi madre, mi abuelita (ahora recuerdo que no tengo ya), mi suegra y mi tía. Es decir, tampoco deseo que ellas se conviertan en críticas literarias de la noche a la mañana y que desmenucen mis textos lo mismo que se desmenuza la pechuga de pollo para las enchiladas; pero tampoco quiero darme cuenta que lo que en el fondo desean es que termine pronto de leer en voz alta (con una voz de maestro de ceremonias un lunes en la escuela), para encender la televisión (Smart TV) y ver cómodamente La Rosa de Guadalupe o lo que dice el dicho. Escribo así los títulos porque no sé si van entre comillas o en cursiva. Basta con que me calle, basta que llegue ese anhelado silencio y sí, la felicidad llega a casa junto con un anuncio de crema para infecciones vaginales.

Todas las mañanas me paro frente al espejo y me hago la siguiente pregunta: ¿para qué escribo? Créanme, no soy ingenuo, y sé bien que en la actualidad hay más escritores que lectores. De hecho, los escritores se reproducen en su propio hábitat: son como cucarachas que se esconden en las tuberías, ahí se encuentran unos con otros, se celebran, se homenajean y se reparten las becas. También tengo la certeza de que lo que digo yo a través de la escritura ya lo dijeron otros y de una y mil formas más interesantes que la mía. También sé que ellos sí ganaron premios y, lo más importante, ganaron dinero (algo impensable en el oficio de la escritura), dinero, sí, señores, algo a lo que se resiste mi espíritu romántico y miserable: que cobren los otros, que se repartan el presupuesto cultural los otros, yo escribo por vocación (repito cinco veces la palabra frente al espejo antes de cepillarme los dientes). Escucho usted bien: di-ne-ro. Hasta hace algunos años nos parecía imposible: literatura y dinero. Ese bien monetario que ayuda a tener al estómago feliz y llevar a la novia de vez en cuando a un hotel de tres estrellas.

Hay muchos escritores mexicanos que tienen el reconocimiento de una sociedad que no los lee, pero que los reconoce, y a mí no: soy el patito feo de la historia. Hay muchos escritores mexicanos que escuchan aplausos, se conmueven, se emocionan como si escuchasen canciones de Cuco Sánchez. Repito frente al espejo: son un montón, ellos, los escritores mexicanos que son reconocidos. ¿Tiene caso escribir?

Un día decidí que tenía que ser escritor y compré en línea Cartas a un joven novelista de Mario Vargas Llosa y le dediqué una tarde completa en una banca del Parque de los Venados. No me hice mejor narrador, pero sí me hice un narrador tierno, de esos que inspiran compasión y lástima.

Ahora creo en la vocación (aprendí la etimología de la palabra) y en el sacrificio. Repito: no me he hecho mejor escritor, pero al menos he conseguido ligarme a una que otra chica guapa en una que otra fiesta intelectual. Les prometo nombrarlas en mi próximo cuento. Les aseguro que son personajes de novela. Mejor aún: cuando me cuentan su vida les reitero, sorprendido, que cómo no me la habían contado antes, que de esa vida puede salir no sólo una gran novela sino un guion para un cortometraje.

Luego llego a casa y abro mi Facebook: en el fondo comprendo que mi intención de escritor se reduce a mi habilidad de publicar en el Facebook. Y si algo falla cuando abro mi Facebook tengo a la mano un libro de Selecciones (cuando aún existía) de cientos y cientos de epígrafes de autores famosísimos, transcribo uno, obtengo likes. Tengo un recurso extra: inventar epígrafes y atribuirlos a autores chinos o japoneses. Si realmente estoy inspirado hasta invento el nombre del libro de donde saqué el epígrafe. Si realmente estoy inspirado hasta pongo el nombre de la editorial. También me da por inventar estudios respaldados por estadísticas. Los hombres que fuman cinco cigarros Marlboro al día tienen mejores erecciones que los hombres que fuman dos Camel. Según un reciente estudio de la Universidad de Pensilvania donde se puso a cien hombres a fumar. Las mujeres estreñidas tienen mejores probabilidades de quedar embarazadas después de los cincuenta. Según un reciente estudio de la Universidad de Okinawa.

También hubo un tiempo en que me sentí Bukowski. No en lo literario sino en la actitud. Pensé que entre más bebiera mejor me iban a salir mis textos. Así que durante muchas tardes de viernes me dediqué a beber y a escribir. Sin embargo, no conseguía ni medio párrafo antes de quedarme dormido sobre el teclado de la computadora o antes de hablarle a un amigo para que me invitara a su casa a seguir bebiendo cerveza. Luego me enteré de las drogas que utilizaba Hunter S. Thompson. Seguro se imaginan en resultado.

No sé lo que es escribir. Tengo vagas nociones gracias a mis clases de literatura en la secundaria y en la preparatoria, pero no paso de ahí y creo que ya es hora que acepte mi derrota: no soy escritor, no sé escribir.

The Pen and I. (How I write, why I write, and how it all began/ Glenn Berkenkamp)

Segundo punto frente al espejo. Esa mañana era fría y aunque me estaba congelando luego de salir de bañarme, me paré frente al espejo, limpié el paño, y me dije lo siguiente: mi nombre es Óscar Garduño y a nadie le importa lo que hagas o lo que dejes de hacer, así que deja de atormentarte por ese inexorable (la palabra la aprendí de una novela) dolor que te provoca cada palabra que sale de tu corazón (las palabras salen del corazón igual que los pedos) cuando está comprobado científicamente (hay un estudio reciente realizado por la UNAM) que del corazón no salen más que latidos.

Dejé de beber. Una vez que decidí dejar de escribir busqué en Internet un grupo de autoayuda y comencé a preocuparme por mi futuro. El director del grupo me dijo algo durante la primera sesión, justo cuando servían té de manzanilla y repartían galletas Oreo: amigo, la escritura pronto se va a olvidar de usted, de eso puede estar seguro. Al lado de él estaba sentada una señora gordísima que había llegado al grupo porque no podía dejar de comer hamburguesas y Chocorroles (ambos alimentos mezclados), quien alzó la mano para pedir la palabra y dijo: usted ya está grandecito (recalcó la palabra) para escribir, deje eso a los jovencitos, a los de secundaria… ¡usted ya es adulto!

Cuando comencé a escribir y a presumir que lo hacía los demás me veían como a un extraño que tenía cinco ojos en el culo y el culo en la frente. Era ese enigmático extraterrestre que se había escapado de alguna serie de Netflix y que repentinamente confesaba que le gustaba escribir.

Mi novia un día me volteó a ver. Estábamos en la cama, acabábamos de hacer el amor y me preguntó: ¿y qué escribes? Me quedé pensando: ¿y qué escribo? Hasta que mi novia me advirtió que la ceniza del cigarro estaba a punto de caer sobre las sábanas que ella había comprado en Zara. Luego comprendí que si escribes muchos te van a hacer la misma pregunta: ¿y qué escribes?

Fue cuando inventé respuestas de corte filosófico. La primera de ellas es que escribo porque mi conflicto ontológico va mucho más allá de la semántica de mi existencia. Me funcionó en cuatro ocasiones, hasta que me topé con un maestro de filosofía de la UNITEC. Escribo porque no confío en la libertad plena y absoluta de la palabra hablada, por lo que necesito torturarla con el látigo incesante de la escritura. Me funcionó en seis ocasiones, hasta que me encontré con una poeta, quiso más detalles y terminé por comprar su libro. Escribo porque Jesucristo se me apareció, me tocó la frente, dijo: hijo mío, hijo mío, hijo mío (deben ser tres veces, ni una más) y me gritó: ¡tú vas a ser escritor y de los buenos! A propósito de esto hay un cuento de Jorge Ibargüengoitia donde describe a un joven Jaime Sabines y dice que ya desde entonces, hablamos de los años en la universidad, se sentía tocado por Cristo.

He pensado en los demás. Ellos no son los culpables de mis habilidades artísticas. Hablo de evitarles un sufrimiento. Los escritores siempre esperan ser leídos, de otra forma no escribirían. Ricardo Garibay aseguró que eran vanidosos. Tanto que creen que lo que les pasa merece ser contado. Yo agrego: merece ser escuchado o leído. Y yo soy la persona más vanidosa del mundo. Tengo cremas para las ojeras. Tengo cremas para la barbilla. Apenas me quiere salir un grano y me lo exprimo. De vez en cuando me aplico mascarillas de aguacate con miel. Procuraba comer sano… hasta que me hice amante de la señora gordísima: ahora comemos hamburguesas de Burguer King mientras me echa encima sus más de cien kilógramos. Sé que la quiero. Y los compras por paquete, los Chocorroles salen más baratos.

Why I Write: To Be Better In Absence Than I Can Be As A Presence (SheThePeople.TV)

Hace algunos meses terminé mi primera novela. Busqué en Internet el contacto de las editoriales más importantes. Ninguna de ellas aceptaba manuscritos, estaban hasta el tope de publicaciones. No obstante, una tarde de domingo, la señora de las hamburguesas me sugirió publicar en alguna de las tantas editoriales independientes que hay en la ciudad. Ella había escuchado de una que otra en las mesas del Burguer King y un tío lejano que vive en Zitácuaro había publicado sus memorias con una editorial independiente.

Así que tomé mi primera novela, subí al metro y llegué a una editorial independiente cuyas oficinas se ubicaban en el Centro Histórico. Lo de oficinas es un decir, en realidad se trataba de una bodega con cientos de libros apilados cerca de las tiendas donde venden vestidos para novias y para quinceañeras. Me recibió quien dijo ser el editor de la editorial. Un hombre enclenque, de pelo cano y barba semejante a la axila de una jovencita. Vestía como pachuco, lo sé porque he visto todas las películas de Tin-Tan. Me dijo que tomara asiento y puso frente a mí parte del catálogo editorial. Vi el nombre de unos cuantos amigos y me dio gusto poder publicar en la misma editorial. Me emocioné. El hombre enclenque, su nombre era Mario Rosas, me habló de la importancia de publicar a un escritor como yo. Pensé en la señora gordísima de las hamburguesas: seguro ya le había hablado de mi obra. Los siguiente diez minutos fueron de halagos hacia mi persona, mi obra literaria, mi peinado, mis pantalones y mi valentía al andar en bicicleta en una ciudad llena de bestias (recalcó bestias mientras encendía el segundo cigarro).

Hizo cuentas. Me habló de tipos de portadas y me mostró ejemplos. Dos de ellas eran de amigos. Me habló de tipos de papel. De gastos de producción. De maquetación del libro. Hasta ese momento supe lo que era maquetar, yo siempre había pensado que era una materia de secundaria donde les enseñaban a hacer maquetas. De corrección de estilo. De diseños. Y de tirajes. Mil ejemplares. Luego Mario encendió el tercer cigarro y me prometió lo siguiente:

  • Cuatro reseñas del libro (obvio, reseñas buenas, promocionales).
  • Una entrevista con Fernanda Tapia (no, no hace falta que ella lea el libro, sólo lo promociona, habla bien de la editorial, del título, de la portada).
  • Cien menciones en Facebook con fotografías incluidas.
  • Dos menciones en La dichosa palabra, donde también se regalarán tres ejemplares a quien conteste dónde compra el autor sus hamburguesas.
  • Moderar una mesa donde se hable de la literatura mexicana del siglo XXI y del análisis poético.

Y lo mejor de todo: la presentación del libro en la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo con mezcal incluido. Me habló de los probables presentadores. En realidad, no tenía amistad con ninguno de ellos por lo que me preocupó que pudiesen hablar mal de mi novela. No se preocupe, con trabajos leen las cuartas de forros, me aseguró Mario mientras tosía tras apagar su tercer cigarro; tomó una libreta, hizo cuentas y me dijo que por mil ejemplares con las características que ya me había explicado pagaría 22 mil pesos. Si se pagaba con tarjeta de crédito se podía diferir a meses sin intereses. Fue la opción que escogí. Doce mensualidades.

El libro salió al fin, estuvo en la mesa de novedades unos cuantos días, se vendieron unos cuantos ejemplares (luego me enteré que los compró la señora gordísima de las hamburguesas) y poco a poco fue bajando de nivel: de estar hasta arriba en la mesa de novedades, pasó a la parte de en medio, luego bajó más y ahora está del lado donde se ofrecen los remates de libros.

La presentación fue un éxito. Los presentadores hablaron bien de mi novela y uno de ellos incluso celebró la muy buena capacidad que tenía para crear personajes tan reales y acordes con la realidad mexicana; otro sugirió que ya me hacía falta otro libro, ahora de cuentos, y pensé en las diez mensualidades que aún me faltaban por pagar.

Han pasado varios años desde entonces. Aunque ustedes lo duden soy un poco famoso y en ocasiones la gente me detiene porque quiere tomarse una selfie conmigo. De los mil ejemplares se vendieron 100 y los 900 restantes se encuentran cada año en el remate de libros. Al fin he conseguido un trabajo. Gano diez mil pesos mensuales, tengo prestaciones de ley, estoy sentado ocho horas al día, bebo café y cada mañana llega a mi ventana un pájaro color amarillo que canta como si tuviese lástima de mí.

FOTO Portada: S.A.Farnham – Creative Writer. Story Consultant. Content Editor (safwriting.com)